Índice

 

 

 

 

Publicación patrocinada por el Fondo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Fondecyt, Proyecto N° 1970487)

 

Índice de la obra

 

Introducción

Capítulo I La predicción en general Notas al Capítulo I

Capítulo II Predicciones Normales y Anormales Notas al Capítulo II

Capítulo III Los oráculos Notas al Capítulo III

Capítulo IV El ocaso de los oráculos Notas al Capítulo IV 

Capítulo V El horóscopo en la actualidad Notas al Capítulo V

 

Introducción

El señor Le Clerc  y la muerte.

 

Un día en París, el señor Le Clerc fue a hacer algunas compras al  Mercado. Allí se encuentra de sopetón con un individuo alto, vestido de negro, que lo aborda con acento extranjero: -Pero...¿qué hace aquí, señor Le Clerc?

-¿Quién es Ud.? reponde   nuestro hombre.

-La Muerte-

Aterrorizado, el señor Le Clerc vuelve a su casa y empieza a empacar mientras dice a su mujer: -Me he encontrado con la muerte. Me voy a casa de mi madre, a Toulouse. ¡Adiós mi amor!

La señora Le Clerc está furiosa: cree que se trata de una broma de mal gusto. Así, pues, se dirige al   mercado en busca del extranjero. -¿Por qué ha asustado a mi   marido? –le dice.

Y la muerte le responde: -señora, estoy realmente sorprendida: he visto recién a su marido aquí, en París, cuando tengo una cita con él esta noche...en Toulouse (vieja narración de   origen árabe)

 

Averigüar el sentido de narraciones análogas a ésta del señor Le Clerc y la Muerte, constituye el núcleo del presente trabajo.

¿Qué pasa con el señor Le Clerc? Huya o no de la Muerte,  ¿tuvo de todos modos que encontrarse esa tarde con ella en Toulouse?

La respuesta depende de lo que pensemos acerca del poder de  la Muerte, o, en nuestro trabajo, de Apolo, de Dios, en fin, ‘del señor del Oráculo’. Pues, si se piensa que el cumplimiento del oráculo se reduce a un engaño fundado en la autosugestión de quien recibe una noticia (la tesis de Merton), la respuesta de quien piensa será radicalmente distinta de quien cree, por el contrario, que el futuro –cuando es hecho anunciar por una divinidad –se cumple de todos modos incluso a través de la acción libre de un hombre que quiera invalidarlo. Tal era la fe religiosa de los antiguos, claramente expresada en las obras de Esquilo o Sófocles, principalmente.

Lo que está en juego, pues, en la segunda respuesta es el sentido y, sobre todo, los límites, de la libertad humana.

Nuestra tarea inicial, básica, consistirá en determinar con cierta exactitud qué es y qué no es propiamente una predicción. Como veremos, esta tarea implica una reflexión  sobre la temporalidad humana.

Ahora, dentro del extensísimo género de las predicciones, limitaremos luego nuestro campo exclusivamente a aquellas que son emitidas por una voz –la de la pitonisa en trance, por ejemplo- a través de la cual supuestamente un dios se hace presente-; y que tienen por destinatario, a un individuo, a un individuo que toma la iniciativa de acudir a esa divinidad para que le revele algo de su futuro. Quedan, pues, por principio excluídas de este estudio las grandes visiones sobre el futuro de un pueblo o de la humanidad entera: las profecías.

El oráculo de Delfos será el modelo de predicción que responde a la inquietud del individuo creyente. Es dentro de esta especie que examinaremos algunos mitos análogos en parte[1]al esquema propuesto en la narración acerca del señor Le Clerc y su encuentro con la muerte.

En el capítulo III nos proponemos adentrarnos en las fuentes de los tragediógrafos, y probar en los textos mismos la verosimilitud de nuestros planteamientos.

Por último, el capítulo V  está dedicado a examinar, a través de diversas fuentes, la relación que tiene el hombre contemporáneo con la adivinación, concretamente, con los horóscopos.

 

 

[1] 

Pero aquí la muerte en cierto sentido ‘provoca’ al señor Leclerc. En los ejemplos de nuestro estudio,  podría decirse que el señor Leclerc provoca a la muerte. Por eso, la primer es sólo una narración; nuestros ejemplos pretende, en cambio, corresponder a una especie de teología de la historia.

Capítulo 1: La predicción en general

a)  El problema.

Como hemos adelantado, no es nuestro propósito abordar el tema vasto y complejo de los vaticinios en general. Ni el de las profecías. Nuestro interés estará centrado  en ciertos  vaticinios – los llamaremos  ‘predicciones inductoras’- que se cumplen de un modo curioso, inquietante, como en el caso del señor Leclerc, con la participación involuntaria de la víctima. ‘Inductoras’, pues es en  este aspecto –el de inducir-, donde reside la ‘anormalidad’ que motiva nuestro interés. La delimitación definitiva de lo que pueda ser un acto de predicción, y más específicamente, de predicción inductora, se nos ha desdibujado varias veces a causa de dos problemas que volvían a aparecer a lo largo de la investigación. Uno de ellos  es que la pretendida claridad sobre lo que es una predicción, en general,   fue una presunción un tanto injustificada; algo sobre lo que siempre hemos tenido que hacer nuevas y nuevas consideraciones y ajustes. El segundo problema:  qué puede significar el acto de inducir cuando se deja abierta la posibilidad a que la predicción provenga de una voz más alta que la humana, como es el caso de los oráculos; qué puede significar inducir cuando no se parte de la idea de que se trata de una auto sugestión. En otros términos,  cuando la voz que responde a la pregunta por el futuro, muestra algo que acaecerá independientemente de que el sujeto inducido actúe o  no actúe de una determinada manera. Cuando ‘el inductor’ muestra la verdad y no  la produce a expensas de la víctima.

b)  De la predicción en general.

Respecto del tema general de las proposiciones referidas a un tiempo futuro, después de vacilaciones y tanteos, hemos decidido rotularlo bajo el término de  ‘predicciones’, en lugar de ‘vaticinios’, por razones más metodológicas que lingüísticas. ‘Vaticinar’ puede entenderse también  como el acto intencional (l) de tener visiones, corazonadas, sueños, escuchar voces,  intuir, prever, interpretar algo subjetivamente, para sí.  Predecir, en cambio,  corresponde más bien a un acto de habla –en el sentido en el que  Searle usa la expresión  Speech Acts (2)-  por el que alguien dice, anuncia un hecho a un destinatario preciso. Sólo en esta correlación que establece la palabra entre el emisor de un mensaje y otro sujeto individualizado como receptor, puede ocurrir –y ser descrito- algo así como el acto de inducir    (3). El término ‘predicción’, más objetivo que el de ‘vaticinio’, nos da derecho a preguntarnos, ante todo,  cómo debe estar estructurado un  acto de habla para que signifique  formalmente una predicción y no un simple enunciado  S  es  P; y  a  preguntarnos, enseguida,  qué es lo que la hace ser  una predicción inductora.

c)  Clasificación de las proposiciones.

A fin de alcanzar nuestro primer propósito, nos fue utilísimo volver a la enumeración    que hace Aristóteles en De Interpretatione    (4) acerca de las determinaciones  esenciales que constituyen  una proposición,  y al excelente comentario de Santo Tomás, a la misma obra (5). Repitamos la numeración completa: a)  Unidad.  (Qué significa  que un sujeto y un predicado se refieran a una unidad) b)  Cualidad  (Qué significa que una proposición sea    afirmativa o negativa) c)  Cantidad.  (De qué parte, de cuántos individuos, de un conjunto [S] el predicado [P]afirma o niega algo). d)  Tiempo.  (En qué tiempo ocurre la unidad o la exclusión de la unidad referida por la proposición). e)  Materia.  ( Qué  ‘fuerza conectiva’ hay entre el S y el P: si una conexión necesaria, posible o contingente). Como se sabe,  el esquema ha venido siendo  adoptado por una larga tradición lógica, pero sólo parcialmente.  Y es conocido hasta hoy como el famoso cuadrado de Aristóteles: “A”, “I”,”E”,”O”, esquema que considera sólo la cualidad(b) y la cantidad  (c) (6). Para dar alguna noticia de las determinaciones que ahora nos interesan, digamos que: -la unidad de la proposición (a) está fundada, para Aristóteles, en la independencia de la entidad representada por (S)– lo que es en sí mismo: la sustancia -   y en la dependencia que tienen respecto de  esa entidad todos los otros modos de ser, de tal manera que cualquier cosa que se nombre de modo aislado, o bien expresa  una entidad , o bien algo que conviene a  esa entidad (7). Ahora: cualquier proposición significa una entidad(‘la sustancia S’), manifestando (‘S es...’) algún modo de su ser (‘S es P’). Este principio de jerarquía  ontológica  viene a ser el fundamento de la unidad lógica S  es P. -Cualidad (b) es la determinación en virtud de la cual algunas proposiciones son afirmativas y, entonces, significan que lo referido por el predicado (P) pertenece a la realidad referida por el sujeto(S); otras, son negativas, y significan que la realidad  referida por el predicado está excluida de la realidad referida por el sujeto. -Cantidad (c)de una proposición es la determinación  en virtud de la cual lo que se dice de    un sujeto(S es P),  se dice de todos los elementos de que se compone (o de su único  elemento), o bien de algunos de sus elementos o  bien, no se dice de ninguno de ellos (‘Ningún S es P’). - Por lo que respecta a la determinación del tiempo (d), el modelo  constante del pensamiento aristotélico es la proposición científica, es decir, la que trata acerca de lo que ocurre siempre o la mayoría de las veces. Y es el verbo ser en presente (S  es  P) el que  significa la  regularidad y la necesidad  sin excepciones o, ‘casi sin excepciones’ en la ocurrencia  de algo; lo  que    ocurre  siempre y de la misma manera.   Sólo las   proposiciones no científicas,  referidas a lo que el  filósofo llamará ‘materia contingente’, esto es:  a realidades sometidas al cambio –a lo que puede ser o no ser- sólo ellas se expresan por un tiempo conjugable, cambiante : lo que fue, lo que está siendo, lo que  será(8). - Finalmente,     la determinación (e): que podríamos llamar ‘fuerza de conexión’entre el S y el P. Se comprende,    esta fuerza le viene a la proposición   del tipo de   realidad al que ella se refiere  (materia): si se refiere a  entidades  no temporales (Dios, los principios de las  cosas, los objetos    matemáticos, etc.),su conexión será necesaria; si se refiere a realidades temporales  (a las cosas sensibles, a lo que a veces pasa, otras veces, no)   su conexión será contingente, etc.

d)  Proposiciones    singulares de futuro en materia contingente.

Empleando para nuestros fines el esquema aristotélico en los aspectos no considerados posteriormente por la lógica (d y e), empecemos por constatar ahora lo más evidente:  que un anuncio, una predicción, sitúa las cosas de las que se habla en un tiempo futuro (d), ya sea en el tiempo que vendrá inmediatamente después de hecho el anuncio (“Te vas a caer”, por ejemplo), ya sea en un tiempo lejano (un eclipse, la guerra de las galaxias),... hechos que ocurrirán en el próximo milenio. Esto no basta, evidentemente.  Hay anuncio pero no hay predicción si lo que se dice es un hecho futuro que depende de la  iniciativa del enunciante, si depende de un propósito suyo (“Te advierto que me las pagarás” o “no viajaré mañana”). Por lo mismo, no son  predicciones los actos de habla que dicen y producen ellos mismos lo que anuncian (“te advierto”, “te prometo”,  autorizo”, etc.). Los actos performativos (9). Tampoco cabría sostener con propiedad,    que se predice algo cuando lo que se enuncia   ocurre siempre, cuando el verbo empleado en presente engloba y  trasciende las conjugaciones temporales. Nadie tomaría como predicción alguna de estas expresiones: que ” En la próxima primavera los ángulos  de un triángulo rectángulo sumarán  l80 grados”  o que “mañana el Sol saldrá por el oriente” o que “algún día moriré”; o sea, aquellas proposiciones  válidas para todo tiempo, que Aristóteles, en el esquema citado,  llama de ‘materia necesaria o natural’ (e) Y aquí mismo empieza una zona difícil de demarcar. En sentido absoluto, ¿Cabe llamar predictivos los anuncios generales – no absolutamente universales- que emiten las ciencias físicas y sociales? La razón poderosa para no incluirlos es que por ser generales, por enunciar lo que ocurre “la mayoría de las veces y en cualquier tiempo” sólo accidentalmente se refieren a un tiempo futuro. Parece, pues, que lo que  ocurre según un orden  previsto para cualquier tiempo en que se den tales o cuales condiciones, no cabe considerarlo como una predicción en el sentido propio que buscamos, salvo que,  como ocurre habitualmente en astronomía, a  partir de ese  conocimiento general se pueda derivar con precisión y, entonces, prever un hecho singular: anunciar un eclipse, por ejemplo, o la fecha, epicentro e intensidad de un terremoto. Estrechando aun más la idea, la predicción no se refiere a hechos que tienen    que ver   con el rodaje de aquello con lo que ya contamos: a la rutina habitual de las cosas que ocurren  en la ‘ruta’ continua del tiempo; no tienen que ver con lo que podría llamarse ‘tiempo inmanente’ (‘Igual que todos los días, mañana desayunarás temprano’) .Por el contrario,  está tensada hacia lo que ocurre como ruptura de lo habitual o bien,  hacia un hecho que nos importa sobremanera que pase o que no pase; hacia el cruce imprevisible entre la contingencia del mundo, más sabida que experimentada,  y el horizonte de contingencias que van apareciendo en la vida de cada individuo por el  hecho mismo de ‘ser en el mundo’. En términos de Aristóteles: la predicción se refiere a proposiciones singulares de futuro, en materia contingente (b,d,e, según su clasificación) Pero hablábamos de otra condición delimitante que nos hemos impuesto: la de examinar sólo aquellas predicciones que corresponden  a ‘un acontecimiento de palabra’(10), es decir,  que son una respuesta a la formulación concreta de una inquietud, de una pregunta. Sólo a partir de una correlación entre sujetos(no virtuales), será posible mostrar ‘objetivamente’  qué se juega cada sujeto en la acción, y en qué sentido puede hablarse  del carácter inductor de ciertas proposiciones. Y a causa de esta delimitación es que queda fuera de nuestro proyecto el universo de las profecías.  Una profecía no corresponde necesariamente a una respuesta dada a un individuo que desde su personal situación en el mundo quiere saber a qué atenerse

e)  La contingencia.

La  idea de futuro en relación a este tema de la predicción, está significativamente ligada a  ‘lo que pasa’ en el sentido de la contingencia del  mundo,  y a ‘lo que puede pasarnos’, en cuanto ‘seres en el mundo’, que cargan su propia contingencia. Si todo ocurriera según un orden previsto para cualquier tiempo, si no existiera ante nosotros  esta trascendencia, este abismo  de lo que trae (y nos trae)  el futuro, entonces,  no pasaría verdaderamente nada; no habría verdadera temporalidad para nosotros, y la realidad se contraería a un parmenídeo ser presente, inmóvil e idéntico a sí mismo. La contingencia está, así, indisolublemente ligada a una temporalidad- a la experiencia, al sentimiento de una temporalidad- quebrada, accidentada, trascendente (11). En términos generales,  la contingencia del mundo  hace insolvente, ‘accidentable’, al ente no sólo respecto de su futuro, sino en cualquiera de sus dimensiones temporales. Este es el sentido en que Kant justifica (habría que decir, ‘él mismo de una manera apriorística) su famosa distinción entre lo  a priori y lo a posteriori:

     Esta es la ocasión para dar una señal por la que podamos distinguir el conocimiento puro del empírico:    la experiencia nos muestra que una cosa es de tal o cual manera, pero no nos dice que no pueda ser de otro modo (12)

Nada de lo que ‘es’ en el mundo es necesario, pues, todo lo que es en el modo de ‘llegar a ser’, pudo no ser o bien, quedar en el camino, no continuarse en otro, etc.  Amenaza de  discontinuidad, de quiebre al que todas las cosas están  y han estado y estarán expuestas en todos los tiempos. Esto es lo más general que puede decirse al respecto; algo muy cercano al concepto de ser posible: lo que puede ser o no ser; aquello cuyo ser depende de otro, también posible, que lo traiga a la realidad. Justamente, debido a su universalidad, la categoría  de lo contingente (y de lo posible) cabe aplicarla cómodamente a una cosa presente cualquiera: pues, aun cuando es cierto que, respecto de lo que está aquí,  no puedo negar cuerdamente que está ahora aquí donde está; sin embargo, no hay razón alguna para que no pudiera estar en otra parte, o para que simplemente no estuviera en parte alguna. Generalizando: las cosas, las personas que percibo ahora, no poseen justificación propia, es decir: que emane de ellas mismas,  para estar ahora en el mundo, pues son a causa de  otras:  han sido  traídas al mundo por otras cosas. En el lenguaje tradicional, son existencias de facto; ontológicamente hablando,  pura deuda de ser. Ahora bien,  este mismo hecho de estar las cosas allí, cargando cada cual su propia injustificación , obliga, por idéntico motivo,  a postular la contingencia de todo lo que viene detrás. Esta carga afecta al mundo entero (contingentia mundi), y nos devuelve a la pregunta originaria de la filosofía :

                    ¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Con todo, la contingencia de lo que es y de lo que fue, se experimentan de un modo diverso a la contingencia de las cosas futuras. Y esta diferencia es esencial en nuestro planteamiento. Hay que reconocer que si algo está aquí, es, como decíamos, porque hay alguna otra cosa que   lo ha traído hasta aquí, y a aquéllas, otras; en fin, que hay una cadena de contingencias pasadas que ‘responde’ por esta  contingencia actual. Y por muy insolvente que parezcan los avales, de alguna manera ‘responden’. Pues,  aun cuando es cierto que algo pudo no pasar, una vez ocurrido, esto marca una facticidad con el peso de lo irremediable. No puedo sacar de mi historia lo que ha pasado, como puedo  hasta cierto punto arrancar de mi vista la cosa presente: o destruirla o huir de ella. En otras palabras:   lo pasado se vuelve una trascendencia  cumplida  y actúa desde su lejanía –la lejanía de lo irremediable- con la fuerza de aquello con lo que por siempre deberemos contar. La contingencia de las cosas futuras no tiene, en cambio,   ni siquiera la fuerza ontológica de ‘haber ya sido’, o simplemente de ‘estar allí’; no tiene un solo momento, por más ínfimo que sea, de verdad o de historia. Y es esta no relación con la verdad la forma más extrema y profunda de la materia contingente; forma que deberemos tener a la vista ahora a propósito del tema de la predicción. Y fue Aristóteles nuevamente quien puso las cosas en su dimensión exacta.   La cuestión que se planteaba el filósofo, dicha en dos tiempos, es la siguiente: A)  Si una proposición de futuro contingente referida a una cosa singular, tiene forzosamente que ser verdadera o falsa; si cumple, en buenas cuentas, con el principio del tercero excluido. B)  De ser verdadera,    si tiene que serlo en el momento en que se emite, como lo es toda proposición que denota algo presente o pasado referido a un sujeto singular. Es verdad ahora que esta alfombra que estoy percibiendo es roja, así como es verdad ahora que Sócrates bebió la cicuta en la cárcel de Atenas. Respecto a  la primera parte (A) de la pregunta: parece ser un principio universal que, dadas dos proposiciones singulares referidas a lo mismo, pero una afirmativa y la otra negativa,  una de ellas tiene que ser verdadera y la otra, falsa. Necesariamente (13).  Pero, ¿Ocurre esto con las proposiciones singulares de futuro en materia contingente? Y respecto de la segunda parte (B) de la pregunta: ¿Desde qué momento son verdaderas o falsas? Estamos aquí en el nudo formal del problema. Imaginemos a dos hombres –propone Aristóteles-; uno afirmando que  “Sócrates se sentará”, el otro negando que “Sócrates se sentará”.  (Imaginemos que apuestan si el maestro podrá resistir en pie la larga discusión que está sosteniendo con Calicles). Según el principio universal señalado en (A), una  y sólo una de estas proposiciones sería verdadera. Pero, ¿Desde qué momento? ¿Desde el momento en que uno de los apostadores la emite? Si esto es así, se sigue que en ese preciso momento ya está ontológicamente decidido el futuro estar sentado o no estar sentado de Sócrates, puesto que verdadero es aquello  que es en la cosa misma tal como se dice (Sto. Tomás, Peri Herm.  170.7, lectio XIII). Pero, entonces,  si todo está ya determinado en la cosa misma habrá  que concluir que  todo ocurre con necesidad. Hay otro modo de ejemplificar por el que se llega a la misma conclusión –errada, según el pensamiento aristotélico-tomista – de que en el Universo todo ocurriría por coacción o necesidad. Y el ejemplo es el que sigue:  puesto que hoy efectivamente me caí, podría sostenerse que ayer habría sido verdadero decir “mañana X se caerá”; y así,  en cualquier momento de mi pasado, del de mis padres o mis antepasados, habría sido verdadero decir que tal día y a tal hora X se caerá. Lo que significa para Aristóteles llegar al mismo error: que todo ‘está ya escrito’ en el Universo;  que nada se produce por azar, por accidente, por cruce de causalidades, y sobre todo, por algo así como una elección deliberada (14 ). En múltiples escritos, el pensador griego ha mostrado que el ser humano, en cuanto ser racional, actúa por  elección deliberada de los medios y de los fines; que, por tanto, al menos su biografía está abierta a algunas iniciativas suyas, que no está  predestinada.   Pero tampoco las cosas  de la naturaleza puramente sensible están ligadas de una manera estricta (sin excepciones) a la necesidad; también aquí hay un margen para lo accidental y lo azaroso. La conclusión aristotélica es que en la cadena de conexiones concretas que va a constituir el futuro de ésta o de aquella cosa natural, pero esencialmente, de esta  vida  humana o de aquella,  no es posible predecir algo que sea ya verdadero o falso, en el mismo momento de  enunciarlo. En otras palabras: las proposiciones de futuro contingente acerca de cosas singulares no obedecen  a los principios lógicos antes señalados. Y esto vale, como insistiremos, de una manera especial para la vida humana. Así, por las razones que da Aristóteles y avalará Santo Tomás, la predicción –‘la voz del oráculo, por ejemplo’- en la medida en que asume la pretensión de ser inmediatamente verdadera, vuelve a producir un grueso problema. Este problema trasciende, por cierto,  la idea realista del conocimiento, que dice que una proposición es verdadera (o falsa) sólo si lo que se dice en ella se da en la cosa misma. En este caso: si la cosa ya es lo que va a ser. El problema empieza, pues,   cuando aceptamos que la vida humana y el Universo no están regidos por el férreo vínculo de la necesidad. En el marco de esta  aceptación de la contingencia del mundo, ¿Cómo podría ser verdadero o falso lo que se dice de lo que aún no es? ¿Y tienen la ‘misma fuerza conectiva’ (el mismo grado de certeza y riesgo) la predicción referida a una cosa o fenómeno del mundo (v. gr. “Mañana lloverá”) y la referida a las vicisitudes de un ser humano?

La contingencia del mundo, como modo humano de conocer.

Suele entenderse la contingencia de dos modos; uno radical y el otro, relativo, como modo humano de conocer (quoad nos). De un modo radical, si ésta no sólo se atribuye a la debilidad del conocimiento humano; si resulta, por el contrario,  que el desorden y el caos son el fondo del ser y no su apariencia; si no hay mente divina, y menos humana, que pueda no digamos dominar, sino tan solo conocer la próxima movida del mundo y la conexión futura de sus acontecimientos. Si las cosas estuvieran así, entonces, nada podría ser predicho. O de otro modo: en tal caso, la predicción sería una mera apuesta en la que algún individuo, a ciegas, podría acertar. Pero ningún conocimiento, divino o humano, estará garantizando sus palabras, salvo la ocurrencia misma del hecho anunciado. Respecto  de la contingencia relativa (quoad nos), las tradiciones populares creen  descubrir, en los hechos más contingentes y comunes (15), signos de  regularidades ocultas que regirían férreamente el Universo; signos, señales arbitrarias, cuya lectura y técnica interpretativa la comunidad encomendaba a  unos pocos expertos: la casta de los sacerdotes, los magos, las machis. El pseudo Plutarco, siguiendo una vieja tradición, clasificaba este saber privilegiado - mántica(16)- de la siguiente manera:

Al igual que los hombres sacan provecho de la medicina, así a veces también de la mántica. De ella dicen los estoicos que hay una artificial, como por ejemplo,    la hieroscopía, la ornitomancia, los oráculos, la cledonomancia, signos en general de lo que llamamos voz divina;  y otra natural,  que no se enseña, esto es,  sueños y entusiasmos” (Pseudo Plutarco,  ‘Sobre la vida y poesía de Homero’. ( 17)

Se puede afirmar que de todos estos saberes ‘mánticos’, en la búsqueda de conexiones ocultas entre el Universo y la existencia individual, sólo la astrología y la  cultura de los horóscopos, como modos de trascender la aparente contingencia del mundo,  han llegado a tener amplia resonancia en la conciencia contemporánea. Ya volveremos sobre esto .  Retomemos ahora el tema de la contingencia. Como lo sostiene con fuerza la teología judeo cristiana, con el término ‘contingencia’ sólo se expresa  la debilidad y la finitud del conocimiento humano.(Algo semejante sostenía Spinoza). Lo que  significa que a las cosas del Universo no les falte el cuidado y la dirección sensata de una inteligencia suprema, “de una razón celestial”(18) o, como lo preferiría Occam:  de una voluntad en cuyo gobierno no hay vacíos de poder. Recuérdese que en la teología occamiana más que querer que haya cosas buenas,  Dios hace bueno todo lo que quiere. Desde tal perspectiva,  una predicción será verdadera sólo en la mente de Dios y mientras Dios sostenga la realidad a la que apunta dicha predicción. Es este último convencimiento -cercano a la visión arbitrarista del mito griego –el que volverá a desatar el conflicto trágico entre lo que sería la voluntad de Dios –que ocasional y gratuitamente concede dar signos de sus designios-  y el querer humano, siempre dispuesto a impedir  el cumplimiento de aquello que pudiera contrariarlo.  Conflicto cuyo resultado tendríamos que dar por descontado desde ya, pues, si  la verdad se adelanta siempre a los hechos, si está ya decidida y ‘escrita’,  ¿cómo podría el ser humano  en virtud de sus actos, o por la pura virtud de sus actos, cambiar las cosas a su favor? Pareciera que este es el dilema: o solo Dios existe y  “el hombre sueña que actúa” (19) o bien el ser humano puede cambiar el curso de las cosas, esto es, hacer más contingente aun la contingencia  del mundo y  afectar con ella la misma omnipotencia de la divinidad (“Si es que existe tal divinidad”, que es lo que hace decir Eurípides a uno de sus personajes). Sin embargo,  esta dicotomía –o Dios o el hombre-  no parece darse así, en esta forma radical, desesperada,  ni en la teología cristiana ni en el mito griego. Para la concepción  cristiana clásica,  en el conflicto la Providencia no anularía en absoluto la libertad humana. Todo lo contrario; la libertad y la conciencia solo pueden nacer en y por el conflicto. Desde el principio de los tiempos: cuando, en el Edén,   en virtud de un límite marcado por Yahavé, el primer hombre  comprende repentinamente, que está en su poder, y sólo en su poder traspasar esos límites, eliminarlos. Y tal vez este acto de comprensión  represente el  surgimiento mismo de la conciencia ;  el primer conflicto del yo y  la primera angustia de la que habla Kierkegaard(20). Por otra parte, ¿No son  los límites del mundo conocido, señalados por los dioses, los que habrían inducido también a Odiseo  a adentrarse en  ‘el lado oscuro del mundo’, más allá de las columnas de Hércules ; y  perecer con sus compañeros en esta sublime aventura del conocimiento que inmortalizará Dante?(21).¿ Y no es el conflicto con el mismo Dios de Delfos lo que lleva a Edipo al camino largo y doloroso del conocimiento de sí mismo? Y un caso curioso, sacado no del mito sino de  ‘la historia profana’: la respuesta que da la pitonisa  de Delfos a Querofón, respuesta  que induce a Sócrates a someter a juicio todas las estructuras de lo ‘consabido’ en   Atenas , hasta ser condenado a muerte por  la ciudad. ¿Son tales actos trágicos entonces,   muestras de la anulación de la libertad humana? ¿O más bien, de su trágico y renovado advenimiento? Es  en esta  disyuntiva que se expresa  la inquietud que motiva nuestra investigación .

f)  La contingencia humana.

“Nada es firme en el Universo, salvo el querer de los dioses”. Famosa fue la discusión que conmovió a la intelectualidad en los tiempos de Galileo a propósito  del pasaje veterotestamentario en el que se narra cómo Yahavé paró el curso del sol en medio del cielo a “fin de entregar al amorrheo a los hijos de Israel” (22). En la vieja religiosidad griega, tal  manejo de la naturaleza por los dioses ocurre a cada momento . Es la queja de Platón en La República contra la mitología. Tanto en la religiosidad griega como en la cristiana el devenir del mundo pende a cada momento de la voluntad divina; y la naturaleza es contingente sólo a causa de esa voluntad. ¿Cúal es la diferencia?. Con Yahavé   la naturaleza es contingente de un modo infinitamente más originario, y menos anecdótico: es contingente en cuanto esta naturaleza  no   ha aportado a su ser  nada, absolutamente nada, de sí o de otro   ser semejante a ella.  De tal manera que no tiene antecedente alguno en otra causa, salvo en el querer absolutamente gratuito y misterioso de Dios. La Naturaleza – la criatura - es, como se decía, pura deuda de ser. En todo    caso, trátese de la experiencia  religiosa  griega o cristiana,  hasta aquí nos hemos venido refiriendo preferentemente a la contingencia del mundo, en general. De la contingencia específica del ‘ser en el mundo’ –del ser humano-; de esa no hemos hablado aún. Ciertamente al hombre ‘le toca’, ‘lo alcanza’ (contingo significa en latín todo esto) esa suerte de deuda de ser que traspasa la Naturaleza y  cada ente natural. Pero a él no sólo le toca: el ser humano la lleva en sí  en cuanto procede, actúa, desde sí; en cuanto es exousia, en el lenguaje aristotélico (23); libertad, en nuestro lenguaje. Por ser experiencia de una realidad incierta (posible, a cada instante), el ser humano vive  inventándose estrategias, técnicas, a fin de domeñar los hechos y sortear los vaivenes de la fortuna. Y con todo esto no hace sino potenciar y multiplicar su peligrosa exposición a campos cada vez más lejanos e inquietantes; no hace sino agregar a las contingencias  de todo ente natural, las que provienen de su estado de exposición a lo abierto del ser. Y en este ir hacia adelante, previsor en su origen,  el ser humano se hace cada vez más imprevisible. Pero, es conveniente subrayarlo: con tal imprevisibilidad  del individuo humano, agregada a la imprevisibilidad global de la Naturaleza, no nos referimos  a un peligro que pudiera llegarnos sólo de un cierto abuso de la técnica; la imprevisibilidad ‘de lo que puede ocurrirnos’ es algo consustancial a la iniciativa humana, algo con lo que nos encontramos todos los días y con lo que tiene que contar  ‘mi’ prójimo en el recuento que hace de sus propias posibilidades.  El tema de la contingencia humana está férreamente amarrado al de la libertad. Afirmaba Kant que cada acto humano inicia absoluta, originariamente una nueva cadena de acontecimientos en el mundo. Y, en efecto,  en cualquier acto, en la decisión más intrascendente, puede aparecer una variante impredecible, y de ahí, impredecible también el rumbo que tome una existencia, y con ella, el curso de la historia. Pertenece a la condición humana  el encontrarse con otros ‘en el camino’. Esto, por lo general, se da por sabido y, además, por anecdótico. Y sin embargo, nuestra biografía está tejida de encuentros y desencuentros próximos y lejanos. En un film  reciente(24) se narraba una historia que vale la pena contar: un campesino va huyendo con un puerco robado, por todo el sur de España, hasta que llega a un pequeño puerto. Allí se le ocurre liberarse de sus perseguidores,  embarcándose en un bajel, rumbo al ‘lejanísimo oriente’, le dicen. Puerto de Palos, l492.... Una anécdota que nos pertenece : pensemos que  aquel campesino puede ser el eslabón absolutamente necesario en virtud del cual  Ud. o yo, ciudadanos de algún país de América,  hemos llegado a ser. Y esto es, pues,  lo extraordinario: la radical dependencia de nosotros de lo que pasó así o no de otra manera; el hecho innegable de que cambiando sólo un pelo de una lejana historia, hoy no ocurriría aquí  y en este momento lo que está ocurriendo. Se puede afirmar, entonces,  que cada  quien llega a sus propias contingencias – a su propia vida-salvándose, sobreviviendo, de generación en generación, de posibilidad  en posibilidad, antes de alcanzar tierra firme: antes de alcanzar la realidad en acto de este ser único e irrepetible que cada uno es. Tal conciencia de ser deuda de ser respecto de todos nuestros antecesores hasta el momento en que ‘venimos a ser’  de facto en el mundo, es otro modo de aceptar, perplejos,  nuestra fragilidad ontológica.  Sin embargo, tal condición contradictoria de ser una contingencia  dependiente de modo estricto de los hechos que pasaron y tal como pasaron, tal condición, digámoslo histórica,  no determina lo que ahora va a seguir, no toca la contingencia actual de cada quien; no determina lo que seguirá al hecho de encontrarme aquí en un punto preciso de  nuestro mundo,  y con una humanidad concreta – esto es, nuestro prójimo- que me sale al encuentro o que me cierra el paso, reduplicando así y agravando la contingencia histórica de cada sujeto.

h) La situación.

El término  ‘contingencia’ lo habíamos empleado  primero y en un sentido muy general, para expresar la insolvencia, la falta de respaldo ontológico del Universo y de las cosas del Universo. Las cosas  ‘pasan así’.   Luego, miramos la contingencia en la línea vertical de la historicidad humana. El hecho de ser ‘arrojado al mundo’ de los otros y a causa de los otros. Digamos ahora que  todos estos modos de ser  de la contingencia,  se van presentando, componiendo, aglomerando de cierta manera en el tiempo accidentado de la biografía de cada cual. El  tiempo real  no es jamás pacífico. Que ‘algo pasa’ (“¿Qué pasó?”) significa que un desajuste, que una novedad de ser –algo narrable, digno de ser contado- repentinamente se cruza con el tiempo lineal de la rutina o  de lo que pasa la mayoría de las veces: un inconveniente, un quiebre pequeño o grande, un encuentro fasto o nefasto, en un tiempo que simplemente pasaba, que transcurría mansamente. Salir de la encrucijada, recuperar el tiempo dócil y consabido de los proyectos ante los ojos,  pertenece a la tarea diaria de vivir. Es a estos cruces y a estos encuentros cotidiano con los inconvenientes, con los pequeños o grandes tropiezos, con los desajustes, con las tentaciones fuera de la ruta, con los malos entendidos, en fin, con la novedad de ser, a lo que llamamos situación. Como lo expresara Sartre “El ser humano está permanentemente en situación... se descubre comprometido con el ser, investido por el ser, amenazado por el ser...” Así, “es la situación la que me devuelve mi libertad en la forma de tarea por cumplir”.(25)   Esto es lo mismo que decir que siempre estamos más allá del ser que fácticamente somos. Primero, porque somos conciencia, movimiento de apropiación de eso que nos pasa. Segundo:  porque estamos delante de nosotros mismos en la forma de  ‘una tarea por cumplir’. Así, pues, no pasamos impunemente de una situación a otra; más bien podría decirse que atravesamos a saltos una temporalidad muy distinta a la de la continuidad de los relojes: de situación en situación, de circunstancia en circunstancia; que sólo en la hora del aquietamiento, del reposo (que también se da sólo en ciertas circunstancias) nivelamos el tiempo en una línea continua, sin huecos, sin accidentes, sin temporalidad real. ‘Estamos permanentemente en situación’, lo que Ortega llama ‘mis’ circunstancias. Las que a ‘mí’ toca enfrentar desde mi biografía singular, única (26). Ahora bien,  está fuera de la posibilidad de las ciencias un saber que nos diera las coordenadas precisas del juego en que estamos, de las contingencias que nos llegan, de las situaciones que ‘caen’ sobre el individuo. “Sólo hay ciencia de lo universal” (27) Y de lo que pasa, ‘la mayoría de las veces’, según ley. Sin embargo,  ese saber de lo universal, de lo que pasa en general, nos interesa ante  todo por lo que a nosotros pueda pasarnos. Y  esto es,  de alguna manera lo que sostiene Heidegger cuando dice que la existencia humana es cuidado de sí. Pues, aun cuando es raro que un individuo llegue a preguntarse si el sol  saldrá mañana por  oriente, es muy probable, en cambio, que le inquiete sobre manera saber qué sorpresas le deparará el nuevo amanecer o saber si él mismo verá el sol del otro día.  Y es para averiguar estas cosas que ha recurrido desde siempre al saber de los videntes, de los horóscopos, de las gitanas, de los tarotistas, de los quiromantes, etc., o de aquellos seres excepcionales que dicen recibir señas,  ‘adelantos’ de la voluntad o  inteligencia que maneja el universo. Pero esto, como ya vimos, puede ocurrir de dos modos:  o porque lo que pasa en el mundo tiene el carácter de la necesidad , entonces,  ser pre-vidente  consiste sólo en levantar la vista sobre el ahora e ir al encuentro de ‘las causas’ (para él visibles) que harán que el mundo vaya derecho a un punto determinado. Es lo que hace la ciencia, derivando de ciertas  regularidades (leyes) y de ciertos datos a la vista, algo que debiera ocurrir. La otra parte de la alternativa:  que el vidente reciba   de la misma Providencia,  que ha programado el curso de las cosas,  en todos sus detalles, un anuncio o  ‘un adelanto’ de algo que vendrá. En ambos casos está implícito que sólo el reino de la necesidad legitima y garantiza la verdad de la predicción, en el momento en que se la emite. En el primer caso: porque sólo se trata de una extrapolación del movimiento inscrito desde siempre en las cosas mismas; en el segundo, porque el vaticinio proviene de una revelación. Y así, desde que se recibe debe ser verdadero a  causa de la veracidad del ser que lo revela.

 

N  O  T  A  S     A  L     C  A  P.   I

1      

Acto intencional en el sentido de ser un acto de conciencia –sólo de conciencia- que no toca necesariamente la realidad exterior (v.gr. pensar)

2

Johon    Searle, Los actos de habla,  Madrid, Cátedra,  l980.

3   

Adelantemos algo de lo que se dirá más delante del significado de este acto: Inducir es mostrar al eventual agente una posibilidad (importante) que éste no tenía a la vista.

4     Aristóteles, De Interpretatione, IX, 8, 27.
    Santo Tomás, Peri hermeneias seu De Interpretatione, lectio XIV.
6 

La llamada oposición de las proposiciones es analizada por Aristóteles en De Interp.I V 17ª37 y en Anal. Post. II 63b

    

Si lo que se dice de la entidad (S) pertenece a la definición de ella, se trata de una  relación de sinonimia entre el S y el P., esto es, de máxima unidad.

8

En las proposiciones no científicas hay una relación homónima entre S y P.

    Actos performativos, los que hacen lo que dicen (v.gr. prometer).
10

Paul Ricoeur, Acontecimietos de sentido, Santiago-Chile, Ed. Andrés Bello, cap.IV.

11 

Trascendente, en un sentido genérico, ‘lo que está más allᒠde un tiempo continuo, de los proyectos a la vista, de lo manejable.

12 

En buenas cuentas pertenece también a los paralogismos de la razón el argumento    kantiano. Pues dice en síntesis que es una verdad de principio  (no empírica) que lo empírico es contingente ( Nuestro comentario es La Introducción, II a la Crítica de la razón pura, Ed. Losada, pág.148)

13

Como lo ha hecho notar la lógica moderna, esta alternativa  no siempre es        válida; no lo  es, por ejemplo, en ‘el rey de Chile es calvo’, proposición tan sin sentido como  ‘el rey de Chile no es calvo’.

14   

Traducimos ‘proairesis’- Aristóteles, Eth. 1094- por elección deliberada.

15    pasar debajo de una escala, cruzarnos con una gato negro, etc.
16

Plutarco, Sobre la vida de Homero, nº 212,   Madrid, Gredos, l997

17 Manilio, Astrología, I,5, Madrid, Gredos, l994.
18

Sobre la Providencia, en general. En la cultura griega, Jaspers,  Paideia(Los estoicos); sobre el concepto cristiano de providencia:J-B Frey, Dieu et le monde d’aprés les conceptions juives au temps de Jesus-Christ. (R.B.), 25,    pp.30-60 Diccionario de la Biblia,  A. Van dem Bonn, S. Asenjo, Herder, 1916   

19        Sobre este aspecto, ver A-J Festugière, La esencia de la tragedia griega, Barcelona, Ariel, l986
20 Kierkegaard, Il concetto dell’angoscia,   Milano, Sansoni, l958
21   

Es la concepción que Dante inmortaliza en el canto XXVI del  Infierno. Un hermoso estudio sobre el tema en Piero Boitani,  L’ombra d’Ulisse, Bologna, Il Mulino,  l986

22 Núm. 13,28.
23

exousia, lo que tiene el ente de   sí mismo, Aristóteles, Eth.1109,b,31

24 La marrana, l990

25

Jean-Paul Sartre, El ser y la nada,   Losada, 1966,  pág. 330.

26

Sobre los conceptos de situación y circunstancia, vide la obra citada de Sartre; el concepto de circunstancia es trabajado minuciosamente por Santo Tomás en De Malo, Q II, artículos, 4,5,6,7.(Hay traducción castellana, editorial Universitaria, 1997.Ver prólogo  de los traductores,M. Isabel Flisfisch, Humberto Giannini).

27    Aristóteles, De Anima, II,5    417 b 23.