Reseña

Luis Deulofeu. No llores ni tengas miedo...conmigo no te pasará nada. Editorial Egales, Barcelona, 2000.

Comienzo con una cita de Leonardo extractada de un texto del filósofo Giorgio Agamben: “¡Oh, matemáticos aclaren el error! El espíritu no tiene voz, porque donde Hay voz hay cuerpo”

Luis Deulofeu (Cuba,1961) es un hombre nuevo y su escritura lo confirma en este lugar. Un espacio hecho de una voz potente, sólida que no se conforma con la experiencia capturada por la instantánea fotográfica o el negativo histórico de un relato documentado con fuentes y testigos. No, Deulofeu es radical, apuesta en este texto por la posibilidad de explorar la experiencia de futuro, un espacio venidero en el cual la actualidad cobra su verdadero sentido.

Nuestro autor construye un lugar hecho de dignidad literaria, civil y sexual que postula, en este su primer libro, un libro que habla de la muerte y con la muerte, una lectura sobre la identidad y la ideología revolucionaria cubanas, al tiempo que una interpretación cultural de los viajes, la infancia, la historia y el exilio, travesía profetizada desde mucho antes por el verso de su compatriota Virgilio Piñera : “ la maroma / de la libertad levando el ancla”.

Deulofeu se entrega ferozmente durante los sesenta y ocho capítulos de esta “novela de formación” a la tarea de ir dando forma a dos cuerpos textuales. El primero, insular impalpable y único, una sobrenaturaleza hecha de aguacero, cañaveral y tabaco, inocente paisaje nativo encarnado en el guajiro protagonista sometido a una serie de ritos de iniciación que lo van guiando desde el lugar pretendido, hegemónico heterosexual y revolucionario, “la generación del pasillo aéreo , cuna de la nueva raza”(pág.130), reclamo de virilidad histórica o masculinidad heroica, exacerbada por el contexto militar de la revolución cubana, hasta el pasaje a una masculinidad percibida como antipatriótica, inferior, antirrevolucionaria, demonizada por el discurso patológico, como dice el protagonista en la página 159: “ ¿Y un maricón puede aspirar a ser como el Che?.

El joven protagonista de No llores ni tengas miedo...” cumple con todos y cada uno de los ritos de iniciación tradicionalmente masculinos: su primera erección, su primera eyaculación, su primera relación sexual consagrando una identidad anterior al ingreso al mundo adulto que podría ser calificada de “normal” sin embargo, el discurso, la palabra y las miradas de los otros sobre sí lo van distanciado de la invisibilidad de su deseo, oigámoslo: “Cocuyo en el mejor de los casos. O si no : “Cocuyito”, “Lindón”, “Lindura”,”Cosa linda”, “Pestañas largas”, “Ojos bellos”, “Hojita de laurel”, “Dientesito de ajo”, “Cara de jeba”... Cualquier cosa que no fuera yo. A eso se redujo toda mi incertidumbre de ser y no aparentar o aparentar y no ser”(pág. 63) permitiendo la abolición del espacio libertario que el lenguaje consagra, convertiendo la injuria, la diatriba, el sarcasmo no en instrumentos de burla sino en estrategias de desaparición, de borramiento, de secuestro.

Deulofeu no oculta nada. Su historia se abre desde la violenta relación homosexual entre el mulato “Oreja de Ratón” y el adolescente “Oreja de Gato” hasta los ritos secretos de las sociedades militares.

El lector va siendo puesto a prueba en las elecciones del texto sin recurrir a artificios retóricos como el caso de R. Arenas en “Otra vez el Mar”-a través de la doble narración genérica en masculino/novela, y en femenino/poema de la misma anécdota, una seducción homosexual en unas vacaciones a la playa, desde los puntos de vista de la esposa y el esposo infiel- o por medio de narraciones en clave simbólica como hacen las novelas de S.Sarduy. Ni Noveau Roman ni Experimentalismo Estético. “No llores ni tengas miedo...” habla de la experiencia pura, de ese acercamiento a la muerte que permite anticiparla en el sometimiento humano al límite de lo experienciable.

Las pequeñas historias del relato se van entrelazando en la voz de una conciencia que reflexiona en una posición de infante , de niño todavía no acabado de constituir en el lenguaje que va condicionando los límites de la verdad. Sus personajes están en la posición de hablar varias lenguas, de articular todos los fonemas del mundo, de ser libres y , sin embargo, “No llores ni tengas miedo...” muestra cómo la vida es un juego de apariencias controlado por una lengua hegemónica en la que todos ya están muertos, sólo el guajiro interrumpe el tiempo histórico, la continuidad del discurso de la revolución, proponiendo como Rulfo, una resurrección en el tiempo al percibirse él mismo en esa condición.

Deulofeu es un continuador lúcido de la tradición intelectual inaugurada por las polémicas entre Piñera y Lezama a partir de la ruptura de la revista”Orígenes”, discusión centrada en torno al debate referido a la posibilidad de pensar un espacio literario cubano propio, espacio extraño percibido como una cicatriz en la que sólo es posible hacer calzar el arma que provocó la herida, en este caso identificar la voz de los primeros capítulos del texto con la figura de la muerte y lamer la llaga provocada a través de sus páginas.

Pretexto

Oficial del Comité Militar:

“¿Está usted dispuesto a cumplir misión internacionalista en cualquier parte del    mundo, y ofrendar su vida en el cumplimiento del deber, si fuera necesario?”

“Di que no.  Di que no.  Di que no…”                            Mi padre “Si tú crees que debes decir que sí, di que sí”.                            Mi madre

Pretexto

  No sé cómo hacemos

para después seguir esperando igual que antes. Lo digo porque aquí todo empieza y termina con un muerto. ¡Vivimos en pequeñas funerarias! Y es que en mi pueblo los muertos se velan en las casas.  Donde estaba el televisor se pone el ataúd.  Se quitan los cuadros de las paredes y se cuelgan las coronas de siemprevivas en esos mismos clavos...  Pero, desde que el ser querido fallece, así mismo llorando como estamos, encontramos tiempo para pensar en lo que hay que esconder para que no se pierda.  Sí, sí, porque aquí la gente está que no cree ni en los muertos.  ¡Todavía menos en el difunto que tenga familia afuera!, es decir, en el extranjero. En los velorios de las casas en que entran dólares, siempre se pierde algo.

Hay que llorar mucho, claro, para que se sepa que uno está sufriendo.  Pero alguien de confianza tiene que estar a cuatro ojos.  Para esto se confía en el que menos dolido parezca estar, es decir, un doliente cercano (pero no tanto), que pueda controlar la situación.  Un tío, un yerno o una nuera solícitos, sobre todo en esos casos, lo organizan todo.  Los otros sentimientos ‑y resentimientos‑ se dejan en remojo hasta que la rutina vuelva a conformarnos.  Pero en ese momento tan duro todos se ponen a llorar juntos y a compadecerse.  ¡Si la convivencia de los días que duramos vivos fuera como la de los velorios, seríamos  de lo más felices!

Lo otro que hay que hacer rápido, después del primer grito de dolor, antes de que la funeraria -y ex casa- empiece a llenarse de gente, es quitar los muebles que estén rotos (o los que uno no quiera que se rompan, de los pocos que queden sanos) y guardarlos en un cuarto bien cerrado, junto con las cosas de valor.  No hay que preocuparse por los asientos, porque eso es lo primero que trae el tendido (incluso antes que al muerto, si éste murió fuera de la casa).  Además, algún vecino consigue enseguida un tablón bien fuerte, que aguante a mucha gente, y lo coloca sobre tres o cuatro sillas de esas que se abren y se cierran.  El pueblo entero viene a chacharear un rato y a conspirar, aunque al otro día se olviden de todo otra vez.

Hay que averiguar enseguida la cantidad de café que queda de la cuota para, por lo menos, repartir algún buchito durante la madrugada. Si no queda mucho, pero uno tiene ¡dólares!, está salvado; si no, hay que pedirle un poquito prestado a la vecina.  Eso sí, después del velorio se lo devolvemos pronto, aunque ella no se canse de decir: “¡Ay, no, chica, no, qué va!  ¿Cómo vas a devolverme esa pizca ‘e café, hija, si eso es lo único que puedo hacer por ti en un momento tan duro como éste?  No seas boba, muchacha, deja eso...” Pero al final, con el brazo tirado sobre el hombro de la viuda o de la huérfana, termina sentenciándole: “Lo que lamento es no tener más pa’ traerte, porque este mes todavía no ha venido la cuota a la bodega.  Esa pizquita que me quedaba, me la regaló mi hermana del que ella consigue allá en las lomas”.  Con esto queda claro que, pasado el dolor, si es que el dolor pasa, hay que devolverle la cuota de café a la vecina, a pesar de su abrazo solidario durante la desgracia.

Pero hay que decir que el Estado no nos deja solos en un momento tan duro como éste.  Cuando uno va a arreglar el papeleo del entierro,  le  asignan,  ¡si hay!,  una  cuota  de café por muerto: “Le acompaño en sus sentimientos… Mire, firme aquí, por favor, el recibo del café que le toca a su cadáver”.  ¡Unas onzas de café, más o menos, por difunto, caballero, no está nada mal, si se tiene en cuenta que es algo que cae aparte de lo que  toca por la libreta!

También hay que ir pensando, mientras sufrimos, en qué les vamos a dar de comer a todos esos familiares que no veíamos desde el último velorio.  Pasarán los días, pero ellos no se irán así como así, no, no, ¡qué va! Como la vida no puede ser el motivo principal para encontrarse, sólo nos reunimos alrededor de nuestros difuntos.  La muerte sigue siendo un buen pretexto. La muerte acorta las distancias.  Viene gente de todas partes al encuentro con la muerte, aunque, mientras estábamos vivos, no aparecieran nunca para preguntar qué necesitábamos para morirnos con un poquito más de dignidad.  Porque no quisieron o porque la vida que llevan tampoco les alcanza para compartirla.  Para eso, sólo nos alcanza la muerte.

Si uno tiene familia en el Norte, por ejemplo, hay que ir corriendo a la pública, ese aparato antediluviano que guinda de la pared descascarada del bar La Paz, y llamar.  Allí es donde el resto del pueblo termina de enterarse de la novedad.  Hay que gritar mucho para que nos oiga el batallón de operadoras de todas las instancias que se interponen entre nosotros y el mundo.  A la operadora municipal: “¡Compañera, mire, póngame una llamada urgente con Mayami!  ¡Sí, con Mayami, mi vida!  ¡Mira a ver si me puedes poner rápido, esta niña, que es por el caso de un fallecimiento!”  Ella se interesa enseguida y nos pone al habla con la provincial.  Gritamos otra vez la mala nueva y esperamos a que nos salga la de La Habana, es decir, la nacional, que entonces nos conectará con la operadora internacional.  Y, como las líneas con Miami siempre están ocupadas, hay que sobornarla con un sollozo.  En Miami enseguida se oye:

—¡No, mentira!  ¿Cuándo fue eso…, cuándo lo entierran?  ¡Oye, dile a la operadora que no te tumbe la llamada, que te lo voy a buscar —al hijo, al padre o al hermano del muerto—, pa’ que tú mismo se lo digas, porque yo no tengo el valor pa’ decírselo, qué va! ¡Mi vida, no me cuelgues!

Después de aclarados los horarios del velorio y del entierro, algunos en Miami sincronizan los relojes y la tristeza, y hacen un velorio simbólico: una foto del muerto rodeada de ramos de flores carísimos (aunque tal vez haga años que no le  mandaban  ni  un dólar para que pudiera comer cuando estaba vivo), y lo velan toda la noche.  La vida es así, y la muerte también.

La gente del pueblo, que nunca lo saluda a uno, ese día nos abraza y dice bajito:

—...año ... ento.

—...año ... ento.

Y así, uno detrás de otro.

Yo, que no sabía qué querían decir, los miraba y les preguntaba: '¿qué?' Ellos me pasaban la mano por la cabeza y se iban pensando que estaba muy nervioso o completamente aturdido por el dolor, ¡tanto, que era incapaz de comprender un pésame!

—¿Un qué? —le pregunté a un tío mío que pasó su vida de un velorio en otro.

—Un pésame —me gritó bajito.

—Pero eso no es lo que me dicen al oído cuando se agachan para besarme —seguía yo sin entender.

—No, claro que no, mijo, lo que te dicen es: “Te acompaño en los sentimientos”.

—¡Aaaaah! —comprendí al fin —, es que lo único que se entiende es el final.

—Claro, bobo, porque te lo dicen con tristeza —me aclaró mi tío después.

Lo que supe enseguida fue de dónde salía tanta gente para asistir a un velorio.  A los que tuvieron la suerte de que el conocido falleciera en días laborables, les dan en el trabajo esa tarde o esa mañana, o el día entero, y no se lo descuentan a fin de mes.  Llegan, están un rato en el velorio, haciéndose notar para que los vean, comentan que “el muerto, el pobre, no se parece en na’ a cuando estaba vivo”, o si no, que “está igualitico, hasta parece que está dormío”, y enseguida se van.  Después vuelven otro ratico por la noche para tomar café, fumar y encontrarse con los viejos amigos a quienes, en medio de tantas penurias,  no  pueden ver el resto de los días que dura la vida. Esta vida.

Las amas de casa saludan a la compañera de la OFICODA, le comentan que en esos días tienen que ir por allá a actualizar el certificado médico de la dieta, antes de que se les venza el que tienen, no las vayan a dejar sin leche ese mes.  Otras, que hace tiempo que no se ven, porque no coincidieron en el velorio anterior, se critican cariñosamente:

-¡Alabao, mijita, cómo has engordado!

-¡Y tú qué flaca te has puesto, muchacha, pareces un güin!  ¡Desde cuándo no te  veía!

-¡Alabao, chica!, si yo no salgo a na’, sólo en estos casos porque no me queda otro remedio.  Cómo está la situación,  ¿tú crees que a alguien le queden ganas de salir?  ¡No, hija, no!  Si dentro ‘e la casa lo único que tenemos son recondenaciones, ¿pa’ qué voy a buscarme más en la calle? Se vive con mucha lucha, chica.  Y total, ¿pa’ qué, si al final vamos a parar todos al mismo hueco?  ¡Mira a este pobre hombre, que en paz descanse!  Después de joderse tanto, ¿qué le ha podío dejar a sus hijos y a su viuda?  ¡Na’!

Por supuesto, uno le agradece a la compañera de la OFICODA su presencia en el velorio, como al resto de los asistentes; pero la de ella, sin proponérselo, es más bien una amenaza.  En las ciudades es más fácil.  En esas OFICODAS u Ofi-colas, como también se conocen aquí las oficinas esas donde se distribuyen, o se distribuyeron alguna vez, los pocos víveres que se pueden comprar después de hacer tremenda cola; pues bien, en esas Ofi-colas de las ciudades, donde hay tanta gente, y casi nadie se conoce, se enteran de una muerte cuando se le va a dar baja de la libreta de racionamiento, ¡con tremendo dolor!, al fallecido.  Gracias a ese anonimato bullicioso, los familiares de un muerto de ciudad pueden seguir cogiendo su cuota durante un tiempecito más.

Dos o tres mesecitos con unas raciones de más, y una boca de menos, no vienen nada mal.  Uno quiere estirar, lo más que se pueda, ese instante de ir allí a que le pasen la raya roja al nombre del difunto en la libreta y a que nos quiten su cuota de picadillo de soya, de pasta de oca, de café con chícharos, de los cigarros Populares con tallos dentro y, sobre todo, ¡el minúsculo pan suyo de cada día! Si la muerte fue a principio de mes, no hay problema;  ya la cuota está enviada a la bodega y nadie se atreve a poner obstáculos para que la cojan esa última vez.  Pero en los pueblos, donde enseguida se sabe quién se murió, el pésame de la compañera de la OFICODA es el aviso de que no puedes hacer ningún truco con la jama del muerto.  El pan suyo de cada día nunca llegará a ser nuestro.

En un velorio también intentan hablar del difunto, no sólo de cómo está la situación, aunque de eso es de lo que más se habla.  Si estaba enfermo, dicen: “Bueno, es  duro,   pero ya descansó el pobre, y así descansan ellos también” (ellos somos nosotros, los familiares vivos que deja el muerto, pero sólo los que nunca lo abandonamos).  Si se murió de pronto, dicen entonces:

-¿Te fijaste qué miedda es la vida?  Caramba, con lo fuerte que se veía Fulano, y mira ahora dónde está, ¡mirándose el dedo gordo del pie!

-¡Sí, sí!  Una trabaja y trabaja, jodiéndose arriba 'e los camiones por la madrugá, y cuando regresa a la casa lo único que tiene es un plato de arroz con frijoles, ¡si es que pudo conseguirlo por ahí de contrabando!, porque en el Agromercado ése no hay quien le meta el diente a los precios...  ¡Alabao, chica, en este país cualquier bobería se convierte en problemas y más problemas!  ¡Qué vida esta que llevamos, coñó, qué vidita!  ¡Qué vidita, por tu madre!  ¿Hasta cuándo va a ser esto, mija, hasta cuándo?  ¡Yo no sé adónde vamos a parar!

Por un momento no se sabe a quien velan, si al muerto o a la realidad.

El velorio, si uno es un buen cristiano, debe durar doce horas, incluida una noche.  Por la madrugada es cuando los dolientes cercanos empezamos a rechazar ofertas cariñosas para que nos tiremos un ratico en la cama o tomemos vasos de leche con algún relajante como el meprobamato, u otra cosa parecida que nos entretenga la tristeza.  Pero es que la muerte es frugal.  Preferimos esa tranquilidad  momentánea  para  mirar   mejor   a   nuestro difunto, sin tantas miradas a la espera de ver si uno empieza a llorar y a desgañitarse; y el dolor lo enfrentamos con lucidez para no dejarnos engañar, y hasta para disfrutar mejor toda la liberación que nos permite una muerte.  Es también la hora de hacerles el cuento de cómo se murió a los familiares que no estuvieron en ese momento y a los extraños que se acercan para contarlo por la mañana en la peluquería y en la  cola  del  pan.   Las   tazas   de café, de tilo (o de tisana de hojas de naranja con azúcar prieta barrida de los pisos de los barcos y de los almacenes, que pasará a la historia, junto con el aguardiente “chispa ‘e tren, como las bebidas  del  Período  Especial)  pasan  de  mano  en  mano  hirviendo,  aunque  el velorio sea en agosto.  Si  uno  tiene  dólares,  también  reparte  unos  calditos  hechos  con pastillitas de gallina blanca, de esas que venden en la shopping .  ¡Pero sólo si tienes fulas!, que es lo mismo, pero no se escribe igual.

Muchos de los que no tienen ni dólares ni el buchito de café caliente en sus casas, aprovechan los velorios.  No importa que no conozcan a ninguno de los vivos, ni al que acaba de guindar el piojo.  Nadie va a fijarse en eso a esa hora.  Por lo general entran alrededor de las seis de la mañana, antes de irse al trabajo, a ver si se les pega algo.  Van directamente a la caja del muerto, se quitan el sombrero o el casco de constructor de microbrigada y empiezan a menear la cabeza diciendo que no, que no puede ser...  que cómo es posible que esté muerto si ayer mismo estaba sentado en el portal, vivo.  O quizás, que no, que no se van de allí hasta que no repartan algo caliente... Se quedan así, con la vista fija en el muerto, esperando a que los toquen por el hombro para brindarles el buchito de café acabadito de hacer, o recalentado del día anterior, da igual.  Para ellos, ese día, la vida empieza un poco mejor gracias a la muerte.

Como aquí siempre hace tanto calor, además de café, repartí limonada.  El dolor no me impidió ver a una vecina tratando de comprobar si era verdad que la limonada estaba hecha con ¡¿azúcar blanca?!, otra de las cosas que también perdimos un día, hace mucho tiempo, detrás de un convencimiento antiguo en un discurso.  Se tomaba un buchito, lo batuqueaba, y ponía el vaso a contraluz para disfrutar la caída de las finas partículas blancas como si fueran nieve.  Ella, que nunca la verá (la nieve, digo, el azúcar blanca espero que sí).  ¡Qué manera de disfrutar aquella limonada tan triste!

Aquí hay que tener dólares ya hasta para morirse.  Los muertos del socialismo empiezan a cotizarse, como los del capitalismo.

¡Pero lo que sí no tiene nombre es que venga un apagón de catorce o dieciséis horas en pleno velorio!  ¡Madre mía!  Para empezar, las velas también las venden  en  dólares.   Si uno tiene la dichosa familia en Miami o cualquier otra parte de afuera, está salvado; si no, tiene que prepararse para vivir una muerte más negra todavía.  Si el apagón es por zonas, también nos salvamos, aunque estemos en la  zona  afectada.   Los  hombres  del  barrio   se ponen a empatar cables, y hacen una tendedera eléctrica desde  la  zona  iluminada  hasta  la casa del muerto, que se quedó como boca de lobo.

¡El que quiera saber lo que es el Período Especial, que vele un muerto dentro de su casa, las doce horas, en pleno apagón!

Lo de la tendedera eléctrica está prohibido, claro, pero la muerte tiene otra cosa buena: inspira tolerancia.  La policía y la empresa de servicios eléctricos se hacen los de la vista gorda ante la muerte.  ¡Menos mal!  También hay que conectar los ventiladores que haya en la casa, si los hay, o los que las vecinas nos presten porque, si no, nos comen los mosquitos y nos derretimos del calor.  ¡Pero hay que tener cuidado, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad! Como casi todos los ventiladores son de esos blanquitos plásticos y enclenques que les vendían por el sindicato a los obreros destacados, hay que tener, repito, mucho cuidado.  Las paletas pueden salir disparadas en cualquier momento y herir a algún doliente más de lo que está.  También hay que prepararse para sobrevivir al ruido y la ventolera del ventilador hecho con el motor de la secadora de la lavadora soviética, ¡capaz de resucitar al mismísimo muerto!

El momento de mayor afluencia de los morbosos es un poquito antes del entierro.  Cuando se acerca esa hora tan difícil, la gente abarrota la sala, el portal, la cocina, el comedor, los cuartos (incluido el que sirve de almacén de objetos de valor y muebles rotos), los pasillos, el patio...  Aplastan las matas, tumban las macetas, los tablones sobre las sillas no alcanzan...  De pronto, detrás de los susurros del silencio, sobresale un murmullo que empieza en la acera de enfrente, y llega rodando hasta uno, dicho con cariñosa resignación y con un apretón de hombros: “Llegó el carro”.  Casi siempre lo dice el alguien de confianza responsabilizado con la organización del aquelarre.

Nunca supe por qué aquí todos los entierros tenían que ser a las nueve de la mañana o a las cuatro de la tarde, hasta el día en que me tocó decidirlo a mí.  Sucede que si uno, tal  y cómo están las cosas, quiere cambiar los horarios del sepulturero, tiene que conseguir gasolina y un carro para luego llevarlo a su casa.  No hay transporte después de las horas en que deben pasar la guagua o el camello, si pasan.  El pobre hombre,  que  ya  bastante  tiene con estar vivo, y con ese oficio, tampoco tiene la culpa de cómo está la situación.  El otro martirio de la muerte en Período Especial es ése, precisamente: la gasolina.  En la asamblea del órgano de Poder Popular, el pueblo votó a favor, aprobó, aplaudió la idea, la solución, de llevar los cadáveres a enterrar en arañas (unos carricoches muy feos, hechos con chatarra, tirados por una yegua vieja y raquítica), hasta el cementerio municipal, que está como a ocho kilómetros.  ¡No hay gasolina ni para los vivos, contremás para los muertos!  Aquí ya han empezado a usarse las arañas para recoger la basura cada dos o tres días.  Casualmente, al dueño de la que le tocaría a la circunscripción de nosotros como coche fúnebre, le dicen El Diablo.  Pero como no hemos llegado oficialmente a la Opción Cero de este período de muerte “especial”, el carro que mandaron para enterrar a mi padre era de gasolina.

La cosa no termina ahí; más bien empieza: ¿en qué coño vamos al entierro los dolientes cercanos y los asistentes al velorio?  Muchos de los que estén ese día en el pueblo, esperando una guagua desde hace horas (el lleguivira, algún camello, o lo que pase por allí) para ir a la capital municipal donde está el cementerio, a resolver cualquiera de sus problemas de vivos, también aprovechan la botella fúnebre.  No importa que no sepan quién se partió.  Se van acercando poco a poco al velorio a la hora de salida del entierro, como el que no quiere las cosas, y que en paz descanse, o Dios me perdone, dicen bajito, pero de un brinco caen arriba de uno de los camiones que se consiguieron para la caravana mortuoria.  Algún extraño siempre le pregunta a otro, en un susurro, claro, si sabe de quién es el entierro al que acaban de sumarse.  “No, no sé, pero encarámate y cállate la boca.  ¡Lo importante es irse!  ¡Súmate!”  Para ellos, ese día todo fue más fácil gracias a la muerte.  Aquí sí que no son desechables ni los cadáveres.

Los más allegados debemos ir en un Lada, o en un Chevrolet del cincuenta y pico que alguien conserve en la familia, o de algún vecino.  Pero aquí pasa lo mismo que con el buchito de café: en cuanto pase el dolor, si es que el dolor pasa, hay que devolver los litros de gasolina que el vecino gastó de la casa al cementerio y del cementerio a la casa.

Uno ve cómo los amigos de siempre, y otros nuevos que surgen de repente, ¡igual de solícitos!, empiezan a descolgar las coronas de las paredes.  Las  marcas  los  cuadros se quedan ahí al descubierto, a la vista de todos, ¡espantosas!  Esos rectángulos oscuros que recuerdan el color original de la última pintura que se le dio a la casa, ¡ni se sabe ya cuándo!, son de lo más tristes.  La casa empieza a quedarse vacía.  Hasta las voces suenan diferentes.  Esa casa de toda la vida ya no será la misma, después de celebrarse un velorio en ella.

A alguien con mucha experiencia en estos asuntos se le ocurre siempre situar, a cada lado del trillo humano, por donde debe pasar el féretro en hombros de los hijos o los hermanos del muerto hasta el carro fúnebre, dos hileras de asistentes con las coronas sujetas delante del pecho.  De esta manera, la despedida de los restos mortales hacia su última morada, como dicen los periódicos cuando el muerto es famoso —aunque el mío no lo era—, se hace más triste todavía y más rimbombante.  No recuerdo trayecto más odioso en mi vida... ni más ridículo.  Y es que la muerte, como la vida, también tiene mucho de ridícula.

Una vez que la caja gris está dentro del carro, lo normal es andar un tramo del camino a pie.  Más o menos hasta el centro del pueblo, si uno vive en las afueras; o hasta la salida, si uno es del centro.  Los familiares reciben abrazos de personas que salen de todas partes.  Nunca es uno tan querido como cuando hay un muerto por el medio.  ¡Ni siquiera importa que alguno de los dolientes cercanos tenga fama de maricón en el pueblo!…, como me pasó a mí.  A esa hora vuelve a hacer su aparición la tolerancia.  Alrededor de la muerte todo es perfecto.  La muerte no es exigente como la vida de todos los días; es cómoda.  Dolientes de todos los países, ¡uníos!

Los familiares caminan con una mano apoyada sobre el techo del coche fúnebre y la otra en la nariz o en los ojos, si es que alguien  no  se  la  secuestró  ya  para   tirársela por encima.  Algunos caminan crucificados por esos abrazos colectivos en forma de cadena, tan típicos de las solidaridades efímeras.

Según pasa la caminata de cabezas gachas y miradas solemnes frente a las casas, el pueblo va saliendo a los portales para ver pasar la muerte.  Después se montan en los carros, manteniendo  esa  distancia  respetuosa,  tristemente  uniforme,  siempre  detrás  del coche fúnebre.  ¡Ningún vehículo se atreve a cruzarlo o adelantársele!,  ni  mucho  menos  a armar una pitadera chabacana y grosera.  La muerte tiene eso también: inspira más respeto que la vida.

Pero yo no hice nada de esto: ni velé a mi padre doce horas, ni paseé su cadáver en hombros para exhibir su muerte.  ¡Cuando vi que se fue la luz por la mañana, con él acabado de morirse, a sabiendas de que el apagón no duraría menos de catorce horas, decidí enterrarlo el mismo día!  Sé que fue una herejía en este pueblo, donde algo así no había pasado jamás.  Sin embargo, creo que de los ritos de la muerte hay que salir cuanto antes.  La funeraria donde yo nací, es decir, mi ex casa, siempre había estado llena de gente y con la puerta abierta, pero por asuntos relacionados con la vida.  Mi casa era un entra y sale del carajo p’alante.  Por suerte o por lo que sea, tampoco tuve que lloriquearles al batallón de operadoras para que me comunicaran urgentemente con Miami.  Mi hermano balsero, que vive en el Norte, afuera, en la Yuma, estaba aquí de visita con un pasaje que le consiguió la Cruz Roja Internacional o alguna ONG.  Cuando se enteró de que al padre nuestro le había dado un infarto, resurgió de todo eso que para mí significó siempre el olvido, y vino a Cuba.

La muerte es rara.  Siempre duele.  Divide.  Aleja.  Destruye.  Acerca.  Hay muertos que se llevan todo lo bonito con ellos.  Pero tiene otra faceta la muerte, y es cuando todo lo feo se lo traga la tierra, después que le echan el cemento a la tapa de la tumba.  Échale tierra y dale pisón, es decir, olvídate de eso, que  después,  poco  a  poco,  llegan  el  olvido  y  las reconciliaciones...  sí, las reconciliaciones.  ¡Uno no sabe qué es la vida, hasta que no lleva un muerto dentro!

Yo sabía ya lo que era la muerte, pero nunca me había parado delante de un muerto para besarlo con miedo por última vez.  Es más fácil llorar al muerto que se ve, que al que uno no vio porque estaba lejos.  A la muerte hay que mirarla de cerquita alguna vez, para creer en la vida.  Lo tengo comprobado.

Comprobé también que lo más terrible no es la muerte, sino los testigos que deja: el sillón de todas las tardes que no volverán y el lado preferido de la cama, ahora vacíos... La soguita que amarraba siempre en la parrilla de la bicicleta  y que quizás hasta nos    molestó alguna vez; el jarrito del café, la mancha en la pared donde siempre se rascaba sudado y sin camisa, aunque uno le peleara; sus llaves de la casa, la caja de cigarros que dejó a medias, los cabos de tabaco que dejaba tirados por dondequiera y que uno detestaba; las chancletas del baño, que ahora no queremos lavar porque todavía están sucias de vida; el menudo que tenía en el bolsillo del pantalón del trabajo, el cabo del hacha con que cortaba la leña, y que se queda ahí tallado por sus manos, para siempre; el último pañuelo sucio… Todo eso que va apareciéndosenos poco a poco, que llamamos costumbre, y que uno no ve y ama hasta que dejan de existir.  Esa costumbre que él tenía de vivir empezará a confundirse con la de otros, y hasta con la de nosotros mismos.  Esos recuerdos que se fugan, duelen más que la fotografía del muerto.  Las fotografías siempre nos están esperando, pero los recuerdos no.

Los momentos en que más lloramos son: al enterarnos de la noticia y cuando el ataúd desciende por la oscuridad de la sepultura.  Entre esos dos instantes eternos también habita la costumbre.  Durante el velorio uno se acostumbra a la posesión del cadáver.  Por eso, deshacerse de él resulta tan trágico.  Eso sí, no hay vacío, vértigo, soledad, angustia, miseria, resingazón ni falsedad más grandes, que lo que uno encuentra en la casa cuando llega del entierro.  Ése es el momento en que se abrazan el final y el principio de un montón de cosas que, sin esa muerte, nunca hubieran coincidido.  Es como tener que aprender a vivir sin un miembro del cuerpo que nos cercenaron.  Con un pedazo de existencia extirpado para siempre.  Como estar parado en la base de una montaña inmensa que uno debe subir si cree que detrás está la vida que anda buscando.  Estar allí parado, mirando a la cima, sin saber a ciencia cierta si uno quiere averiguarlo realmente, si tendrá fuerza para intentarlo, si vale la pena... Y uno tiene que decidir si sigue o se detiene.  Parece tarde para todo, pero no lo es.

Hay algo que termina y algo que empieza después de una muerte.  Algo que no se puede nombrar.  Se siente el estremecimiento de un final junto con la sacudida de un comienzo.  No se sabe que se tiene, pero se tiene.

Su felicidad y la mía

Su felicidad y la mía

nunca volvieron a coincidir. Como si nos tocaran por núcleo familiar, también por la libreta de la cuota, estas otras dos raciones: un balsero y un combatiente internacionalista. La sombra de una de estas dos ausencias ha oscurecido más la claridad de la llegada, temporal o definitiva, de cualquiera de la otra. Siempre faltaba alguno en la mesa del domingo. Aunque los separaran muchas diferencias en cuanto a lugar y propósito.

Y ahí mismitico empecé a ponerme viejo antes de tiempo. ¡Cuando vi a mi Vieja como estaba!, supe que esta familia había perdido su carcajada para siempre, y me sentí el responsable de toda esa pérdida.

Me costó mucho de todo ' acostumbrarme' a esa nueva manera de mi madre de demostrar su cariño por nosotros: sólo a través de su mirada fija, clavada en el infinito o en los ojos del Viejo o en los míos, como implorando auxilio; en una lágrima, en medio de tantísimo silencio.  ¡Más! Dios no existe. La oí nombrarme muchas veces, pero con gritos, como si yo no hubiera vuelto realmente de esa guerra. Me quedé a la intemperie de todo, hasta de mí mismo. Hay muchas noches en que ella se calma y pasa del horror al silencio, y la miro así dormida, exhausta, ya al amanecer, y yo muerto del cansancio, pero sin poder dormirme. La veo terriblemente indefensa y tan quietecita, ¡ella, que ha sido la fuerza y el optimismo, la columna, el dintel de todas las ventanas que asomaron al mundo a esta familia!  En esas noches, más de una vez he pedido la muerte, pero sólo para mí, por haber provocado este derrumbe. Por haberme ido a esa guerra que fue, y seguirá siendo, seguramente, en algún rincón de su silencio, su orgullo.

Después, todo eso: el miedo, la necesidad de encontrarme, y los demás motivos que me llevaron hasta allá, fueron envejeciendo conmigo, y algunos de ellos empezaron a parecerme egoístas. ¿Cómo es posible que no nos demos cuenta a tiempo de las cosas que podemos prescindir, sin que su falta signifique un reto y una necesidad para demostrar nada a nadie?

Todo ese dolor y esa duda, me zafaron del mundo.  Pero sé que uno no puede ir por ahí contándole los lamentos a todos porque, como dice Silvio, a nadie le interesa lo de otra gente con sus tristezas. Y cuando uno se rompe de esa manera, empieza a sentirse ridículo entre la gente que ríe, que vive...

Y así, entre la muerte, la culpa, las dudas, ¡tantas dudas!, se me ha petrificado la esperanza. Esperar cansa mucho, la verdad.  Sobre todo si eso es lo único que queda en esta vida. Ha sido muy difícil el camino hasta esta reconciliación de la tristeza con la alegría en esta familia.  Me di cuenta de que tenía que aprender a ser feliz estando triste.  Tuve que aprenderlo porque, si no, me mataba.  Y para no ser un hipócrita empedernido.  No quería pasarme la vida justificando todo en nombre de los demás. Dentro de eso he encontrado siempre un único consuelo: quizás ayudé en algo a aquella gente yendo allí.  Pensar en ellos me salvó durante mucho tiempo& , y acaso es lo único intocable.  Pero eso es algo muy íntimo.  No se ve, se siente.

No miento si digo que jamás me sentí bienvenido en aquella tierra adonde fui a entregar mi vida de diecitantos años, de haber sido necesario, aunque yo pensara que les traíamos algún beneficio. Y me consta que hacíamos todo lo posible, o casi todo, por ' congraciarnos' , por ayudarlos..., sin embargo, ¡no nos acercamos nunca!

¿Qué garantías tengo yo de que la 'libertad' de ellos no sea sólo un eslogan escrito sobre un muro o dentro de otro fastuoso discurso?  Eso es algo que no he terminado de responderme todavía, aunque haya empezado a preguntármelo hace tiempo. Quizás porque me falta información para completar la verdad a la que quiero, necesito, llegar.  Y ya sabes que esa falta de información que, como el miedo, nos gobierna el espíritu, también lo empobrece y lo engaña.

O quizás sea el propio miedo a romper esa 'seguridad' creada por la falta de información.  Falsa, como casi todas las seguridades, pero seguridad al fin y al cabo, para alguien como yo, que no le dejaron conocer más que una.  Quizás por todo eso es que me demoro en llegar a la respuesta. Esa guerra sigue siendo un tiempo de mi vida al que no le he encontrado su caja negra.  Pero preguntarse, dudar, ya implica libertad.  Significa que no estoy preso tras los barrotes de una idea fija, como antes.

Del camino recorrido hasta esas dudas es de lo que habla esta voz. De todo ese trayecto que va desde la guerra interior, hasta las otras dos guerras en las que me he visto envuelto: la de las balas contra los cuerpos y esta de hoy, contra la vida cotidiana que llevamos aquí.

Yo venía loco por vivir 'lo otro' que tanto trabajo me había costado darme cuenta que tenía dentro: mi verdad como ser humano, como bisexual asumido o maricón completo, da lo mismo.  Quería vivir la victoria personal, costosísima en su silencio; acaso la única que he tenido: haberme encontrado conmigo mismo y reconocerme tal y como soy.  La victoria de mi propio perdón, por encima de la desaprobación de los demás, ¡hasta la de los que más quiero en el mundo: mi propia familia!

Había nacido con o sin algo adentro, que no me dejaba ser ciclón, sino llovizna.  ¡No sabía por qué no podía dejar de ser gota, rocío, arrollo, en vez de mar y tempestad& !  ¡Yo quería ser aguacero, inmensidad! ¿Por qué cojones inspiraba yo tanta blandenguería?  '¿A qué se debe, a mi físico?', buscaba en la superficie.  A veces pensaba que por ser rubio parecía más blando, y deseaba con fervor ser negro, bien fuerte y retinto, para poder ser viril. O por lo menos mulato o muy trigueño, vaya. Los envidié durante mucho tiempo. 'Ni que estuviera hecho de pencas de arecas, coño, de hoja de plátano, o de algo tan 'delicadito' como los pétalos de la flor de la mariposa o la de chivo, como las que hay sembradas aquí en el patio', me comparaba para mis adentros.  Ah, pero estaba 'hecho con leche pedía' , que significaba lo mismo: exclusión de la virilidad de esta familia de varones a la que pertenezco. 

' Seguro que la culpa de todo eso la tengo yo y no la puedo ver' , me seguía castigando.   'Debe de ser algo lejano que me llega no sé de dónde ni de quién y que se repite en mí.  Pero en mí sólo, ¿por qué?' .  Enseguida los excluí a todos de culpas.  Mi reacción fue contra mí mismo, a mi familia la he querido demasiado desde siempre como para culparla de cualquier cosa. Era yo. Ya empezaba la primera guerra a que asistí.  Es agotador pasarse la vida queriendo ser quien uno no puede ser.

Pero he tenido que aprender a ser feliz, o a tratar de serlo, siendo arrollo y no mar, llovizna y no ciclón, ni tempestad... , siendo simplemente yo.  Tuve que ajustar mis pasos a mi camino y no seguir inventándome una velocidad que no era la mía.  Sin embargo, regresé de todas esas 'guerras íntimas' , y de la guerra en la que me metió 'la historia' , con tremendas ganas de vivir la 'suerte' de regresar vivo.  Regresé con fuerzas de ese retozo con la muerte.  Me dominaban las ganas de vivir.  ¡Tan esclavos como somos de la vida!  Es esa esclavitud que llevamos dentro, yo creo, la que nos salva y nos permite acomodarnos el destino... y perdonarnos, si no, ¿cómo se explica que esperemos tanto?

Por eso, a pesar de todo, no perdí el hambre de comerme el mundo que uno siente a cierta edad, o toda la vida.  Sabía que cuando llegara de Africa, tendría que acomodar mi condición a la calma de esta realidad, que bien poco había cambiado en mucho tiempo. Pero ya no lo haría negándome a mí mismo, sino siendo feliz conmigo. Yo ya no era mi enemigo, sino mi aliado.  Aunque la visión de la gente del pueblo sobre mí no hubiera cambiado, había cambiado yo.  Además, quería estudiar en La Habana, como siempre había soñado... ¡Quería!  ¡Quería!  ¡Quería!....

Durante la primera etapa en que se instalaba el olvido en la Vieja, yo pude, aún sin mucha conciencia de lo que nos esperaba, pensar un poco en mí. No sé bien cómo uno hace, pero lo hace. Para mí todo es así, medio milagroso, medio fantasmal.  Después, esa alegría y ese misterio también se me murieron; pero por razones externas, que poco a poco han llegado a transformar las más íntimas.

Y es que la tercera guerra me llegó así también, poco a poco, pero devastadora. El bar de aquí de La Unión, 'nuestro' bar, el único que hemos tenido durante treinta y pico de años, donde nos escondíamos para que se nos fuera la guagua mandarina de la escuela, adonde íbamos a comer aquellas croquetas que se nos pegaban en el cielo de la boca casi hasta asfixiarnos, cerró mugriento un día y abrió restaurado el siguiente.  Pero con otro nombre: 'Rumbos'. 

Rumbos es el nombre de una cadena de cafeterías en dólares. Pero esos bares han abierto para los que se fueron. Son lugares a donde sólo pueden entrar con tranquilidad los que no están.  Sólo los que tienen dólares, o sea, los que tenemos familia afuera, si nos alcanza para tomarnos una cervecita un día, o aparentar que podemos, pues siempre hay a quienes les interesa aparentarlo. Y muchos de los que no podían ser militantes por mantener relaciones con 'el enemigo', es decir, con sus padres o sus hermanos, que estaban en Miami, ni recibir 'paquetes de la tía que vive en la Yuma' , porque los consideraban traidores, gusanos, desafectos... O los negociantes, los marañeros, como los llaman, aunque muchos de ellos son profesionales y la única 'maraña' que hacen es tratar de sobrevivir, y no les da para más. 

En realidad, ni ésos.  Por más que arriesgan la vida en el trapicheo, jugándosela arriba de los camiones por las madrugadas frías, escondiéndose de los controles, de las requisas multitudinarias, no les da para ir allí a tomarse una cerveza y sofocar este cansancio histórico, ¡este calor insoportable!  Aun así, ellos, con esos pocos dólares que consiguen; las jineteras, los jineteros, los pingueros, y los que se fueron, ¡nuestra dichosa familia de afuera!, nos salvan. Dentro de las familias, los  profesionales que quedamos aquí, los obreros, los médicos, hemos perdido el protagonismo económico. Los que no hemos renunciado a vivir de lo que somos, porque nos resistimos o porque no sabemos hacer otra cosa, sobre todo por esto último; los que nos quedamos en definitiva, por las razones que sean, mientras esas fueron razones válidas, no aportamos prácticamente nada.

Nosotros no podemos ir al bar de siempre.  No, porque ya no es nuestro, ni el de siempre.  Es del 'enemigo' del cual vivimos ahora, pero al cual tenemos también que combatir dentro de nosotros.  Y si vamos algún día no es con el dinero que nos ganamos con nuestra capacidad, la que sea... , sino con el dinero que llega por vía de la ayuda, de la piedad o de la ilegalidad, del riesgo para poder sobrevivir, como si fuéramos incapaces de ganarlo por nosotros mismos. 

Cuba no anda de pedigüeña, anda de hermana, escribieron sobre otro muro por ahí, creo que en España.  ¿Y entonces?  Todos han sido derrumbes.  Uno detrás de otro, los valores cambiaron a mucha más velocidad que nuestros absolutos.  La mayoría de los 'sí' uniformados que veníamos defendiendo desde hacía treinta años, esos 'sí' históricos, verde olivo, que habíamos convertido en la razón de esta manera de no vivir, en la justificación de tantos sacrificios, en esta espera, amanecieron una mañana convertidos en 'no' .  En esos 'no' desconocidos hasta entonces, vestidos ahora con ropa de la shopping, a los que nunca tuvimos acceso y que ahora nos imponen como 'salvación' de los 'sí' antiguos, gastados por la vejez y el cansancio de la historia.  ¡Fue la misma mañana en que la boina del Che empezó a venderse en dólares!  ¿Ese es el Rumbo?

La única guerra que yo había tenido siempre era contra mí mismo, pero me las arreglaba para librarla solo.  Siempre pensé que no tenía que ocuparme de mi sociedad socialista porque era perfecta.  Nos hicieron creer que lo era, que no había que cambiarla, y por eso nos debe costar más perdonarle sus errores.  Creí en su perfección como en la seguridad que sentía bajo mis padres fuertes y saludables, eternos, como cree uno siempre que son los padres.  Después, tímidamente, hasta en una canción reconocíamos que no lo era, que no vivimos en una sociedad perfecta... 

Pero eso no significó que podíamos transformarla.  ¡De eso ni hablar! Transformación y cambio son armas enemigas, palabras desde 'la otra acera' ; son términos peligrosos, subversivos... Pero bueno, todo eso vino después.  Hay otras cosas que pasaron antes y que me han traído hasta aquí, hasta este otro hoy por hoy que yo no esperaba.  Hasta esta otra guerra.

La voz seguía saltando sobre el tiempo, unas veces hacia adelante, otras hacia atrás, como un niño que salta sobre la acera jugando al pon. Tuvo que romper el tiempo para que ambos pudiéramos entender el origen de todos nuestros silencios.

Es del carajo nacer con el destino torcido y no tener a mano quien lo ayude a uno, sino a enderezarlo, por lo menos a entenderlo. Y yo vivía pensando que lo tenía, que tenía a mi hermano... Cuando vi que me equivocaba, esa fue una de las razones, junto con las de la patria y el deber, por las que decidí irme, coger el único rumbo posible que podía encontrar aquí en aquel tiempo: una guerra en África. 

Yo no hubiera escogido nunca Miami, como él, porque siempre creí en esas 'otras cosas' en las que él nunca creyó.  Y sobre todo, porque tenemos la madre que tenemos.  Pero, al regresar de toda esa búsqueda, me encontré con su mirada extraviada, y decidí que quería convencerla de mi regreso.  Antes, esas otras cosas en las que creía y que me habían empujado tanto, no me parecieron tan abstractas ni tan remotas como ahora.  Se habían convertido en la meta a la que nunca llegaba, a pesar de vivir creyendo que la vida era sólo esa caminata.

El olvido involuntario en que se sumió mi madre, y las nuevas necesidades que empezaron a crearse por ese motivo, me pusieron delante otras verdades más concretas, las del día a día, que es, en definitiva, la masa de que está hecha la vida.  Empecé a fijarme en el hoy, en este que tengo, en el ahora, en mi momento, ¡el único que voy a tener, además!, y a darme cuenta de que no podía seguir siendo abstracto, aunque quisiera. Que no podía usar la historia como medicina para aliviarnos. La historia no es algo concreto.  Mucho menos, algo que cura o que alimente. No, por lo menos, a las mayorías.  No es posible comer pan con historia.  No puedo enjabonarme los cojones con ella.  La historia no hace espuma.  La historia no mata la sed ni el hambre.  ¡Al contrario!, las provoca.  No podía vestirme con ella, aunque fuera un traje, como a veces decía el Viejo.  Esta historia que nos tocó no es de mi talla.  No me sirve.  Nos ha quedado grande la historia a un montón de gente aquí.  O demasiado chiquita, ya ni sé.  Da lo mismo.  El caso es que cansa mucho vivir en el centro de ella, como nos hicieron creer que era bueno vivir: como tarea suprema, como misión divina, como 'responsabilidad histórica' , como destino, como 'sepultureros' de no sé cuántas cosas.  ¡Es agotador!  La historia desgasta.  No deja vivir.  Mata.  La historia es lo peor que a uno le puede pasar.  La historia deja todo para después, para cuando ya no estemos.

-Sí, -interrumpió desesperadamente mi hermano a la voz- pero a pesar de que tú pienses así ahora, a ti sí te lavaron el cerebro.  Te enjuagaron las ideas con todas esas cosas que uno nunca llega a ver hechas realidad más que en discursos. Además, yo sé que sí, que tú siempre fuiste... ¿cómo decirte?... esto... un poco& diferente, un poco suavecito, vaya, por llamarle de alguna manera, y no te vayas a poner bravo por eso.  Tú sí te criaste bajo la saya de Mima, y ella siempre estuvo de acuerdo con el sistema. Te gustaba estar dentro de la casa dibujando flores y pajaritos, recortando cuquitas con las muchachitas del barrio, y ayudándola a ella, adornando la cuadra con la gente del Comité y esas cosas...  ¡Yo no!  Yo me crié mataperreando por ahí, singando puercas y muchachitas en cuanto pude; andando con el Viejo para arriba y para abajo... ¡Y él si que estaba en contra de esto desde el principio!...  Los vio venir enseguidita. Pero ven acá -dijo, después de parar un momento como para recordarme que estábamos allí, hablando de nosotros, después de quince años sin vernos- , ya sé que decidiste quedarte aquí por la enfermedad de la Vieja, y por todas esas cosas que dices que esperabas, pero que ahora es que empiezas a dudarlas porque nunca llegaron, y que yo nunca vi que vinieran por ninguna parte, la verdad&   Aparte de todo ese jelengue, dime una cosa, aquí entre tú y yo, así bajitico: ¿todavía te sigues creyendo el cuento ése de que esta dictadura es del proletariado?

Como este potaje de guerras de todo tipo que tenemos aquí no es fácil de explicar, y mucho menos de entender, lo único posible, por el momento, si uno quiere acercársele, es contarlo. Después, se pueden sacar las conclusiones que a cada uno le dé la gana.  Hay para todo el mundo.

Aquí todo está mezclado: los días y las noches de nuestros propósitos, los deseos de irnos con los de quedarnos, los sí y los no, los tal vez y los absolutos, la culpa y la libertad, las carencias y las compensaciones, el presente y la espera& ¡Hasta las diferencias se parecen! ¡Se tienen que parecer!  Lo que pasa es que todo eso ocurre en silencio.  Dentro de ese aire caliente y dulzón que nos envuelve. Dentro de esa sonrisa sudorosa con que nos ve sonreír el mundo.  Dentro de ese vaivén.  Dentro de ese cimbreo.  Dentro de esa capacidad para bailar las penas, como nos invita Benny Moré en 'Dolor y pena' .  Dentro de esa concupiscencia con que siempre se nos relaciona y tanto de verdad tiene, pero no únicamente.  Dentro de ese 'no llores ni tengas miedo, conmigo no te pasará nada' que también el socialismo nos metió dentro.

Pero un ciclón interior está empezando a soplar. Yo lo siento.  Aunque a veces, incluso, parezca que no.  ¡Ojalá no equivoque... el rumbo!  Dentro de esas circunstancias, trato de salvarme. Dudando e intentando no dejar de soñar, pero muy despierto, trato de ganar esta tercera guerra.  De mí puedo decir que no, yo no era 'diferente': simplemente era yo.  Pero me costó mucho encontrarme y que dejara de ser lo primero en mi vida eso que los 'iguales' , los 'normales' , esperaban de mí.  Y, hasta que no aprendí a quererme como soy, no pude entender que otros no me quisieran.  Hasta que no aprendí a reconocer las diferencias y a mirar de frente mi deseo, despojándolo, si quería vivir, de toda la hipocresía con que nos llega tan pronto comenzamos a 'entender' el mundo. 

Antes, la culpa me inundó y sembró en mí ese castigo de creer que no merecía nada y que cada gesto de cariño que me daban, siempre me llegaba como de más.  Sólo creía que podía ser querido a través de la piedad. Me convertí en un agradecido exagerado, un sumiso provinciano y ridículo, lastimoso, y hasta con cierta servidumbre.  Y en un soldado de mí mismo.  Cada muestra de afecto hacia mí, no digo ya de amor, la celebraba como una fiesta, despojándola de su justa medida. Sobre las otras guerras, ¿qué podré decir?  No pude ser héroe de ninguna de ellas, quizás, porque realmente no quise. 

Lo siento mucho si esperaban algo mejor de mí.  Nunca he podido ser héroe de nada.  Después de dar tantos pasos, intentándolo, gastándome para lograrlo, parece que alguna parte mía se reveló, comprendió al fin que no quería serlo, o que no hacía falta, y que la heroicidad es como una caja negra que sólo sirve para ocultar seres humanos, guardarlos hasta un día. Decidí hacer lo único que podía para ser yo, lo único que verdaderamente me impulsaba en definitiva: vivir lo que sentía.  No es que lo pensara así, sino que me fui dejando guiar por los sentimientos, por las decisiones de mis otros yo internos, en la medida en que mi yo aparente, guardián, común, permitía que esos otros se expresaran. No permitiéndole que los asesinara.

La vida se me salía por los poros.  Me dejaba arrastrar por ella, aun parado al borde de la 'derrota' que eso suponía.  Era una libertad breve, pero nueva, como cuando hacía guardias en la posta que más miedo sentí siempre en África, la posta del polvorín.  Creo que allí fue donde más lloré, donde más miedo sentí, pero también, aunque parezca raro, donde más hombre, ser humano, no macho, sino hombre, y útil, me sentí. Quizás fue el propio miedo.  Siempre le tuve terror a esa posta, pero algo de ella me permitía ser libre.

Todo esto nos habrá matado la mayor parte del pasado, nos estará matando parte del presente, incluso, y hasta nosotros mismos hemos contribuido a que ocurrieran esas ejecuciones, pero, aunque sea por el cansancio que nos provocan la muerte de tantas cosas, y los límites en que hemos tenido que vivir, o por cagarnos de una vez por todas en la historia, ¡no podemos dejar que siga muriendo el porvenir, ni que nos lo sigan postergando!  ¡Si es que vamos a tenerlo de una puñetera vez!

¡No podemos dejar que nos maten más mañanas en nombre de la historia, ni de ninguna otra mierda de esas abstractas! 

Se nos acaba el tiempo. Tenemos que correr. Acercarnos. Hablar claro.  Urgente.  Ya.  Hoy.  Ahora.  En esa urgencia es en lo que creo hoy.  Antes creí cuando me convidaron a decir futuro.  

Pero tenemos que unirnos para que esta vez 'el futuro' no nos quede tan lejos, si no queremos dejar como herencia algo bastante más triste y árido: que a nosotros la historia no nos absolvió, nos absorbió.

"Cocuyo", en el mejor de los casos

O si no: 'Cocuyito', 'Lindín', 'Lindón', Lindura', 'Cosa linda', 'Pestañas largas', 'Ojos bellos', 'Hojita de laurel', 'Dientesito de ajo', 'Cara de jeba'...  Cualquier otra cosa que no fuera yo. A eso se redujo toda mi incertidumbre de ser y no aparentar o aparentar y no ser. Pero este último nombrete, Cara de jeba, tan 'comprometido' con mi futuro, me lo encasquetaron después que crecí y fui entrando en colectivos de todo tipo. Antes, ya había perdido mi nombre. Nunca fui propietario de ninguno. Para la gente era simplemente una retahíla de mariconadas como estas que en realidad no me molestaron del todo en su momento porque, en definitiva, las inventaron con cariño. Sólo que me impedían existir.

Yo no sé de dónde sacaron la idea de borrarme así... A veces, me pronunciaban de un tirón, como algo abstracto, pero sin serlo del todo, y hasta llegué a encontrar en ello ciertas ventajas. Por ejemplo, si alguien a quien no me interesaba responder, me llamaba de lejos con alguna de esas maneras que me hacían inexistente, lo ignoraba. En definitiva, ese no era yo. Lo que pasaba era que la gente se iba acostumbrando y olvidándose de mi nombre, como si no lo necesitaran. Como si yo no existiera realmente. Y la verdad es que en muchos aspectos no somos otra cosa que un invento de los demás. Cada cual nos ve como prefiere, y si no somos eso que quiere ver, se lo inventa o nos abandona. Pero también los hay que nos atacan si no respondemos a su invento. Se creen que nos han patentado la existencia. Nos impiden pertenecernos.

Cuando me recortaban los amigos del Viejo, parecía como si se les escapara un cocuyo de verdad de la boca, o una mariposa.  Esos inventos con que me podaban la existencia, salían volando y tropezaban contra sus labios duros, rodeados de bigotes embarrados de ron.  Esos 'yo', dichos por ellos, sonaban demasiado extraños, me hacían  creer que nunca crecería. '¿Cómo me van a llamar cuando sea grande?', me preguntaba para mis adentros muchas veces. Sin embargo, de niño, lo que se dice de niño macho-varón-masculino, como ellos preferían,  nunca tuve un pelo. De cocuyo y mariposa tal vez sí. Quizás por eso, a veces, descargaban sobre mis nombretes todo el peso de su ironía.

Yo creo que decidieron llamarme de todas esas maneras, y borrarme, porque la gente, cuando no sabe mucho de una cosa, se cree todo lo que la superficie, la imagen de esa cosa misma, dice sobre ella. Tuve que acostumbrarme a no existir. A vivir sin ser yo del todo, ni siquiera cuando me nombraban. Yo no era más que un seudónimo de lo irreal. Ese sitio tan raro, ese como intermedio, ese vacío, esa ambigüedad, esa tierra de nadie que se me ocurre en forma de arabesco, sinuosa y tambaleante, escurridiza, reptil, dudosa, abstracta..., era yo para todos. Porque no me conocían. Todo eso significó también, cuando llegó el momento, una condena.

En lo adelante, me dediqué a conquistar la forma concreta de mi yo perdido. La forma que creí más perfecta posible frente a las cosas, y la hombría que se me negaba en nombretes de cosas que vuelan, como los que me pusieron. Aunque de todos, el único que verdaderamente me gustó, y por el que siempre respondía, sin que me diera tiempo pensar antes que ese no era yo, fue el de Cocuyo. Esos coleópteros, con su forma oblonga, y el verde intenso de la luz que desprenden nada más llegar la noche, produjeron en mí enseguida  tal fascinación, que siempre tenía uno cerca para ver si su rareza se me hacía cotidiana. Como decía un cuento de antes: 'son como mosquitos con linternas'. Adonde fuera, llevaba conmigo un cocuyo preso dentro de un pomo de compota con huequitos en la tapa, para que pudiera respirar. De comer le daba azúcar prieta. Por las noches, si cogía otro más grande, liberaba ese. Y así. 'Cocuyito, cocuyano, ven a la luz de tu hermano', le decíamos a los que volaban por el patio, para engañarlos y encerrarlos. De tanto verme con uno siempre, la gente empezó a relacionarme, y me llamaron igual que al insecto: Cocuyo.

De todas maneras, los cocuyos vuelan, igual que las mariposas y los pájaros, y además, siempre están diciendo que sí con la cabeza, en cuanto uno los coge. Son muy dóciles, lo que pasa es que en cuanto ven la más mínima oportunidad emprenden vuelo. Yo conocía el doble sentido con que a veces me decían Cocuyo, aunque por parecerme a ellos en otras cosas, lo soportara mejor. Pero estaba dispuesto a pagar cualquier precio por encontrar esas otras formas que me exigían, y así lo hice. Mi vida se convirtió en el camino absurdo hacia ese propósito tan ridículo: demostrarles a los demás que podía ser como ellos querían que fuera.

Bueno, lo lindo del caso es que, nada más nacer, le jodí la canastilla rosada a la Vieja.  Andaba loca cambiando toda la ropa de hembrita que me había comprado, por otra azul.  A pesar de que la ropa con que nos visten nada más llegar a este mundo es andrógina. No importaba, había que envolverme con el color de los machos: el azul.  Mi hermano andaba por ahí tirándole piedras a la virilidad, cumpliendo su destino de niño.  Aunque había nacido con mi destino jorobado (y ya se sabe que 'árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza'), y a pesar de tantos apodos condenatorios, todos empezaron a insistirme:

-¿A ver, qué le va hacer el niño a las mujeres cuando sea grande?

Y yo, ¡monísimo!, me pinchaba la palma de una manito con el dedito índice de la otra, mucho rato, para dar tiempo a que ellos se desgañitaran de la risa y comprobaran lo machote que yo iba a ser.

Nada...

      

Nada nos deja más en soledad que la alegría si se va. Fito Páez

 

Era mi primer cumpleaños sin piñata, porque ya estaba “muy grandecito pa’ eso”, cuando me regalaron mi primera caja de bombones de afuera, y la primera postal que me dedicaron en mi vida.  Para Oreja de gato, de Oreja de ratón, decía.  Era lógico que nadie se fijara en algo tan normal como esto, porque la gente no se fija en las cosas normales.  Iba a cumplir doce años. Ya había soltado mi último cocuyo preso.

Oreja de gato era yo, y Oreja de ratón un mulato de treinta y nueve años que tenía las orejas chiquitas como las de los ratones, y que nos visitaba en la casa todos los domingos.  Yo tenía las orejas grandes como las de los gatos, y por eso él buscó esos nombretes para nosotros dos.

Los domingos ya no siguieron siendo iguales.  Ése era el día que yo esperaba con más ansia que ninguno porque no tenía que ir a la escuela, y porque sabía que mi madrina y su novio de La Habana, o mi hermano con su novia, con el pretexto de “llevar al niño a dar una vuelta”, me sacaban a pasear a La Güira, la antigua Hacienda Cortina, hoy destruida por el abandono y la vulgaridad impuestos por el Campismo Popular y la Villa Militar que arrasaron con su esplendor.  Todo eso ha hecho estallar su belleza como una bomba, pero no su misterio.

Cuando aquellos domingos, todavía paseaban entre la espesura bordada sobre la realidad, unos pavos reales que hoy serían imposibles de imaginar allí.  Nos metíamos en las casas japonesa y china para ver las colecciones permanentes de arte asiático, y yo me enamoraba de las estatuas que crecían alrededor del lago, entre las cañabravas y las arecas. Mi madrina y su novio habanero, o mi hermano y su novia, desaparecían mucho rato.  Yo tenía tiempo para todo.  Un día me les perdí, dijeron, pero yo no me había movido del lugar donde me dejaron.  El caso es que me encontraron con la boca abierta, delante de aquella mujer desnuda que yo acababa de encontrar, en medio de tan maravillosa selva. Daba salticos para tratar de tocarle la chocha, la crica, el bollo… de cemento.  Me pasmaba verla exhibiéndose desnuda sin vergüenza, con esa indiferencia bellísima de las estatuas que descubrí en La Güira, ya para siempre.

A mi alrededor se fue formando un corro de hombres que, entusiasmados con mis dotes tempraneras de macho, me aupaban a gritos para que repitiera la hazaña una y otra vez, muertos de risa.  Yo me había enamorado de aquella mujer de piedra, como lo había estado de otra de nube, cuando tocaba el cielo sobe los columpios del parque.

En La Güira, otro de aquellos domingos maravillosos, vi como el novio de La Habana se robaba del jardín, que rodeaba el fantástico paseo hasta la entrada de la casa francesa de Cortina, una inmensa dalia roja para mi madrina.  Yo armé tremenda perreta porque quería una flor roja para mí también, igual a la de ella.  ¡Ya desde entonces!

Por todo eso, los domingos eran, para mí, días de fiesta. Fiestas interiores. Sus mañanas sostenían la libertad con que las personas mayores vivían las noches de los sábados.   Era cuando nos hacían más caso a los niños, a determinada hora.  Sobre todo, si había apagón. Nos poníamos a cazar cocuyos juntos, hasta muy tarde, porque al otro día, cuando volviera a amanecer, sería domingo.  Cazar cocuyos era una de las cosas que más me gustaban de la vida, hasta un día.  Digo, hasta una noche. Y los domingos, cuando todavía eran alegres para mí, también tenían su música. La Orquesta Aragón inundaba sus mañanas, mientras mi hermano y sus amigos jugaban dominó y bebían Coronilla. Joseito Fernández, el dúo Los Compadres con Lorenzo Hierrezuelo, El Jilguero de Cienfuegos, las controversias de Adolfo Alfonso y Justo Vega, Merceditas Valdés, Clara y Mario, Celina González y, más tarde, Albita Rodríguez, se encargaban de musicalizar las noches de los domingos, ya para siempre en mi memoria. Todos, en aquel programa de música campesina que se llamaba Palmas y Cañas, hacían feliz a mi padre. Esas horas de los domingos eran sagradas.

No sé cuál fue el primer domingo que apareció aquel mulato en la casa, pero apareció un domingo.  Uno de ésos en que no fuimos a La Güira, seguramente. Sé que aquel hombre del que nadie sabía su origen con certeza, era huérfano.  Y eso creaba un respeto a su alrededor como un muro. Nadie se atrevía a saltarlo para preguntarle nada sobre su vida.  Mi madre le lavaba la ropa entre semanas, y le compraba los mandados en la bodega porque enseguida le dio lástima que estuviera “tan solo en este mundo, sin tener quien le hiciera las cosas”, nos explicó. Entonces, él venía todos los domingos a buscar la ropa limpia y su cuota, y se volvía a ir para La Habana, de donde siempre venía, según él.  En cada visita, a partir de aquel primer domingo, almorzaría con nosotros cada séptimo día.  Pero nadie se fijó que empezó a llegar a la casa, desde más temprano cada vez, y se bañaba antes de almuerzo, a media mañana, cuando aun no se había terminado de inventar el mundo.  Tampoco se fijaron en una cosa tan normal como que se demoraba demasiado tiempo en el baño, y que el baño tenía una puerta que comunicaba directamente con mi cuarto.

La verdad es que el misterioso mulato sabía mucho de todo, y esa sabiduría de cosas que ningún guajiro conocía ni había visto aquí, levantaba otro muro a su alrededor, tan grueso como el primero.  A eso le llamaban “admiración”.  Mima habló con él para que me enseñara las tablas de multiplicar y dividir, y ver si lograba quitarme el odio que sentía por las Matemáticas.  Desde que empezó a repasarme, venía también algunos sábados, pero no se quedaba a dormir en la casa.  Eso sí que no.  Él tenía un cuartico en un taller de aquí de La Unión, y dormía allí.  ¡Era muy fino! “Alcánzame el cereal, Oreja de gato”, me decía en la mesa, cuando quería servirse arroz.  Pronunciaba las erres y las eles en cada palabra, cada vez que las llevaban. No se las comía, como nosotros, aunque no había nacido en Camagüey. Y así. Siempre jugábamos a los Atlas.  Por ejemplo, yo lo abría en cualquier página, y decía el nombre de un país al azar.  El siempre adivinaba el nombre de la capital, de los ríos importantes, de lugares famosos o número de habitantes. Y digo más: ¡hasta la firma que yo tengo, y que usaré toda la vida, me la inventó él!

Decía que a quienes más quería en el mundo era a Rosita Fornés, su artista preferida, y a mí.   Yo creo que era verdad, porque las únicas fotos que tenía en su billetera eran la de ella y la mía. Yo, sentado sobre la máquina del marido de mi prima, en shorts de caqui, con unos mocasines de dos tonos, blancos y carmelitas, y con La Unión detrás.  Ella, la Vedette de Cuba, 'la Reina de las locas', como la bautizó la burocracia, toda llena de plumas y lentejuelas revolucionarias, tirando un beso sin destino.

Algunos domingos, Oreja de ratón traía una camarita soviética Smena, y me tiraba fotografías que nunca salieron.  Él decía que la cámara estaba rota o que no había suficiente luz, o cualquier otra cosa.  El caso es que nunca vimos las fotos que me tiró, y fueron rollos y más rollos, pero eso también era normal.

Por aquellos días, todo el mundo en La Unión estaba esperando La vida sigue igual.  Como la película de Julio Iglesias no llegó nunca al cine de aquí, tuvimos que ir a verla a la curva de Vitón, que está como a cinco kilómetros del centro del pueblo, después que uno atraviesa el barrio de La Guaracha.  La película la puso un carro del Instituto Cubano del Cine, esos camiones de Cine Móvil del ICAIC que llevaron el asombro a todas partes.  Colgaron la pantalla en un costado de una casa de tabaco, pusieron el proyector arriba de una tarima que los mismos campesinos improvisaron, y todos fuimos felices.  Esa noche inolvidable, también vimos Los Tarantos.

Toda La Unión subió los cinco kilómetros de loma como pudo.  A pie, a caballo, en yeguas, en carros americanos del cincuenta y pico, en Ladas, en camiones, en bicicletas...  A mí me llevó el mulato en la bicicleta de Papi, pero no me montó en la parrilla de atrás, vaya, no me emparrilló, como se dice ahora, sino que me mandó montar en el caballo de la bicicleta, entre sus piernas.  Y así, prisionero entre el tubo niquelado del timón y sus muslos, subimos en procesión las dos lomas que hay hasta llegar a la curva de Vitón.  Una de ellas era, precisamente, la loma de La Guaracha.  Este barrio ejerció desde siempre sobre mí una fascinación que nunca supe de dónde caía.  Quizás desde la altura de sus casas, que crecen allá arriba, en los costados de la loma, sobre altísimos peñascos de piedra azul.  No sé si sería que, al ver a los vecinos asomados a sus portales, mirando así en picado, me sentía aplastado por su curiosidad.  Siempre me parecieron los habitantes más soberbios de La Unión.  Quizás ni lo fueran, y yo les untaba mi admiración como un ungüento, transformándolos.  Pero éste era uno de esos pedazos de territorios en los que yo no podía evitar sentir que, aunque todavía estaba donde siempre, había llegado a alguna otra parte.

La Guaracha tuvo para mí, hasta esa noche que subí su loma sobre el caballo de una bicicleta rusa, entre las piernas apretadas de un mulato avasallador, sabor a La Habana.  Desde que supe que existía La Habana, las cosas que me eran muy gratas siempre me sabían, me olían o me la recordaban a ella. Y es que La Habana era la meta para todo lo que yo quería ser. Por ejemplo, me pasaba lo mismo con la casa de la negra Cunda, que tenía el portal pintado de rojo y las puertas y las ventanas de blanco, y casi no se veía por la frondosidad de sus matas de tamarindo y de los flamboyanes.  No sé por qué el pedacito de terreno que ocupaba aquella casa era para mí un trozo de La Habana. O la casa de unos vecinos que no visitaba nunca, pero que, nada más pasar por el frente, el olor a lirio nos saludaba.

Tenían, además, dos banquitos de cemento,  como  de  parque, uno a cada lado de la acera que llegaba hasta el portal de la casa, debajo de dos pinos inmensos que tiraban sus piñas sobre todo ese trozo de la carretera, con total indiferencia.  Pero dentro de todos esos pedazos de sitios donde me sentía diferente, La Guaracha era, de todos, el único lugar que me hacía sentir, de verdad, que había viajado.

Hasta esa noche. Mi hermano llevaba sobre el caballo de su bicicleta, también entre sus piernas, a mi cuñada de entonces. Pero tuvieron que subir a pie la loma de La Guaracha, ¡al lado de nosotros!, porque ella pesaba mucho. Eso sí, no nos podías ver porque aquello era una cosa normal. El mulato me decía constantemente que no me bajara, que él podía conmigo porque yo era flaco como un fideo.

Mientras decía eso en voz alta para entretenerlos a todos, a mí me apretaba la mano que llevaba enroscada al timón, amenazándome.  Una sola vez viré mi cara para mirarlo, ¡y me dieron tanto miedo sus ojos desorbitados!, que ni chisté más. Sólo se quejaba de que mi pelo le daba en los ojos con el aire, y me mandaba a ladear la cabeza, a recostarla sobre uno de sus hombros.

¡Era tanta la emoción porque la vida siguiera igual!, que ninguno de los que iba a nuestro lado se dio cuenta de que esa misma noche había empezado a cambiar. Pero yo me enteré enseguida. Esa noche La Guaracha dejó de ser mi lugar “habanero” de La Unión para convertirse en una loma cualquiera donde había sentido miedo. El lugar donde se me había empezado a extraviar la alegría.

Mi cuarto era el último de la casa, y tenía una puerta que daba a la cocina, y otra al baño.  Los domingos, Mima entraba tempranito, cerraba la de la cocina, y salía por la del baño, dejándola echada para adelante, claro, para que yo pudiera dormir la mañana.  Así no me molestarían los ruidos felices del desayuno.  Oreja de ratón entraba a bañarse, cerraba la puerta principal del baño, que daba al comedor grande, ¡y quedaba con acceso libre a mi cuarto!  Eso había sido así siempre y nunca pasó nada, hasta un día. Aquel otro domingo de mis recién estrenados doce años no pasó lo mismo de todos los domingos.  Una mano me tapó la boca, y otra se metió dentro del calzoncillito que yo tenía puesto para dormir.

-Soy yo, no grites, psssss, no vayas a gritar...  Tranquilito, eh, quédate tranquilito… No, no te pongas a llorar. No llores, bobo...  Psssssss...  No llores, no tengas miedo, que conmigo no te va a pasar nada nunca, si te portas bien… No vayas a gritar, eh, no grites… Ya, ya… Soy yo, tu Oreja de ratón.  Tranquilito, quédate tranquilito… Así, eh, así… No te asustes, yo estoy aquí para cuidarte, Orejita de gato, anda, y para enseñarte algo de lo más rico. Tu verás…   Psssssssssssssssssssssss.

Poco a poco me quitó la mano de la boca, y metió la suya dentro de mi calzoncillo.  Yo sólo atinaba a temblar...  Siento todavía el ruido del agua cayendo sobre aquellos domingos.  Él dejaba la ducha abierta para que todos en la casa creyeran que seguía en el baño.  Esa agua nunca ha dejado de caer dentro de mí.  La misma agua que yo convertía en música y en silencio para bailar disfrazado de reina del carnaval, cuando pasaban las carrozas destartaladas por el frente de la casa.  Cierro los ojos, y oigo a Mima trasteando bajito en la cocina para no despertarme.  Y la oigo mandando a hablar bajito a Mamá, cuidándome el sueño, ¡ahí tan cerquita!, y yo sin poder hacer nada porque estaba aterrado. El mulato habanero me impuso la primera vez de muchas de esas cosas que todo ser humano debe ir descubriendo con quien lo desee y como lo desee. O no.  ¡Aunque fuera maricón de pensamiento, porque ya me había enamorado del Príncipe Valiente, él no tenía derecho a obligarme!  Ni él ni nadie.  Fue el primer hombre que vi desnudo cerca de mí, con la pinga pará, sin que yo lo eligiera.  La primera vez que sentí el roce de una barba de tres días, arañándome la existencia, sin que yo la eligiera.  La primera boca que me tragó sin escrúpulos, sin que yo lo deseara, lo pensara, se me ocurriera; sin que yo, ni siquiera, imaginara que eso existía.  Nunca he podido disfrutar de esas sensaciones, cuando he pensado en él.  Ningún recuerdo suyo logró excitarme nunca. Es lo único que he llegado a odiar para siempre en mi vida. Quizás por la violencia y el terror con que se me acercó. Sería también la primera vez que me amenazaran de muerte.

-¡Ahora vírate boca abajo! - me dijo de pronto.

Como yo no obedecí, insistió con todo el énfasis que pudo.  “Espérate, espérate”, fue lo único que pude decirle en medio del terror y el desamparo que provocaba en mí la idea de darle la espalda.  Tampoco sabía qué podía hacerme.  Todavía no.  Pero ese miedo me venía de otra parte.  Desde chiquito, cada vez que Mima iba a inyectarme, porque me enfermaba de la garganta todos los años, me demoraba mucho en virarme boca abajo.  Empezaba a decirle: “espérate, espérate, espérate”…, como si esa fuera la palabra mágica que pudiera impedir el pinchazo que tanto miedo me daba.  Ella esperaba con la jeringuilla en alto, 'la jeringa', como ella siempre le ha dicho, haciéndole soltar goticas por la aguja para que no cogiera aire durante mi espera.  Hasta que me sorprendía, y me mandaba el viaje.  O si me ponía muy nervioso, y empezaba a decir más ‘espérates’ de la cuenta, llamaba al herrero que vivía aquí al lado, y a su mujer, además de dos o tres tíos  de   nosotros,   para   que   me sujetaran en medio de mis pataletas, y poder inyectarme.  Mima siempre era quien nos inyectaba a todos en la casa, y hasta se inyectaba ella misma delante del espejo.  Cuando lo hacía, yo me enroscaba en la cortina de la sala para no mirarla, pero mirándola por una rendijita que dejaba siempre entre mi miedo y la tela roja colgante.  Pero a mí, que era el más chiquito, el hijo de la vejez, y que estaba “hecho con leche pedía”, me inyectaba también con unas palabras de eterno cariño para que me doliera menos.

-Yo sé que te duele, mi vida, y, aunque tú no lo creas, a mí me duele más que a ti hacértelo, pero si no lo hago, no te pones bien.  Dale, mi niño, vírate.  Mientras más pronto te vires, más rápido salimos de esto.

Aun así, en cuanto me mandaba a virar boca abajo, me orinaba.  Ella sabía que eso era inevitable, y ya ni me peleaba.  Nunca me oriné en la cama, sólo esas veces, por el terror a virarme boca abajo y sentirme indefenso, entregarme, para que me inyectaran.  Por eso, lo primero que ella hacía era poner un hule debajo de la sábana.  Desde que regresábamos del médico, si yo la veía buscar el hule, sabía que me habían mandado inyecciones, y empezaba a temblar.  Ese rito del hule, que ella trataba de ocultar hasta el último momento, me mataba.  Dentro de mi miedo, ella me convencía siempre con su manera de hablarme, y yo finalmente la obedecía.

- Dale, mi niño, vírate.

- ¡Vírate, coño!- volvió a repetirme Oreja de ratón, empujándome contra la pared.

Y me viré.  Y me oriné.  Como siempre, el terror hizo que me orinara esta vez también, al oír esa orden dada como amenaza, y sin saber bien para qué debía cumplirla.

-¡¿Qué es esa peste tan caliente, orine?!  ¿Tú te meas en la cama, con lo grande que estás ya?  ¡Pero si hasta te están empezando a salir pelitos en el rabo!… ¡Mira para eso, cómo has empapado ese colchón!… Ahora lo entiendo porque es la primera vez, pero de aquí en adelante, espero que no te suceda más, ¿me oíste?  Mira a ver qué le dices a tu mamá cuando vea esa orinada tuya sin más acá ni más allá.  Mira a ver qué le dices… ¡Te voy a estar vigilando!

Y así pasaría siempre que me mandaba a virar.  El demoraba ese momento para poder disfrutar antes, pues el olor a orine lo espantaba.  Otras veces no me lo pedía, pero intentaba virarme con disimulo, empujándome suavecito con la mano, mientras me ensalivaba todo.  Pero el miedo y el asco eran más fuertes, y me orinaba.  Por asco, por miedo, por lástima…, no sé, dejó de pedírmelo, y pude escapar así de esta otra inyección: su rabioso deseo de darme tremendo pingazo por el culo estrecho de mis doce años.

Aquel primer domingo no podía imaginarme que acababa de comenzar una persecución y un miedo, ¡que durarían casi todos los domingos de los próximos trece años de mi vida!

Aquella primera vez de tantas, se levantó del piso…, lo vi pasar desnudo a través de la espesura del mosquitero, regresó, y secó el suelo por el lado de mi cama donde estuvo arrodillado.  Entonces volvió a agacharse desnudo sobre mí, ¡con aquel olor!, y, con el palo de trapear en la mano, dibujó una amenaza en el aire.  Una amenaza de muerte:

- Oye, no se lo digas a nadie porque van a saber en todo el pueblo que tú eres maricón.  Si dices algo de esto, yo también voy a decir que a ti te gusta, y que te me metiste en el baño, cuando entré a bañarme.  Aquí todo el mundo cree que tú eres maricón porque eres muy amaneradito, así que me van a creer más a mí que a ti...  Si tú no se lo dices a nadie, yo tampoco.  Tu verás lo rico que es esto.  Es más rico que con las mujeres.  Hoy no porque estás asustado, pero la próxima vez te va a gustar más que a mí.  Éste va a ser el secreto de nosotros dos, ¿eh?...  Pero ten mucho cuidadito con lo que haces.  Te voy a estar vigilando. Si lo cuentas, soy capaz de matarte.  Ustedes no saben quién soy yo.

Cuando salió del cuarto, me dejó llorando bajito, hundido en un charco de orine, y temblando...  Yo sabía que el tiempo iba a pasar, pero hubo dos cosas que se quedaron esa mañana encima y dentro de mí, y que no me pude quitar nunca: mi miedo y su olor.  El olor del miedo.  Ya para siempre.

Los domingos empezaron a ser todos iguales, y dejaron de ser mi día preferido.  Renuncié a dormir las mañanas.  Ni siquiera ir a La Güira me animaba.  Ni atrapar cocuyos, pues sabía que esas cosas me harían feliz por muy poco rato y, cuando aquello, yo creía que la felicidad era más larga.  Lo que hacía era que los sábados me acostaba bien temprano, y me dormía escuchando las voces de todos en la casa, que me daban tanta seguridad.  La tos de Papi, la carraspera de Mamá, la risa aguantada de Mima, y el ruido de las fichas del dominó, cuando las revolvían.  Muchas veces, como me acostaba acabado de comer, a media noche empezaba a vomitar porque se me paralizaba la digestión.  Ya, esas mañanas, me quedaba dormido, aunque no quisiera, y el mulato regresaba desnudo a mi cama a embarrarme de saliva y de amenazas. Me estaba volviendo un niño triste.

Otras veces me quedaba hasta tarde en una esquina de la mesa, jugando con las fichas del dominó que sobraban en la repartición, para ver si amanecíamos allí, y así no tenía que acostarme.  Nadie en la casa notaba el miedo que yo le había cogido a las noches de los sábados y a las mañanas de los domingos. Como hacía castillos con las fichas que sobraban, se me derrumbaban, y se confundían con las del juego serio.  Algún tío de nosotros que siempre iba a jugar, me decía para que me fuera a dormir temprano: “¡tú sabes manejar?”, y yo, que quería hacerme el hombrecito, le contestaba siempre que sí.  Ahí mismitico me cogía de atrás p’alante: “pues arranca y vete”.

Los pocos domingos que logré levantarme temprano, antes de que Oreja de ratón llegara a la casa a bañarse, lo que él hacía era volver los sábados por las noches para invitarme a “cazar cocuyos”.  Era mentira.  Al doblar de cada oscuridad me lo encontraba con la pinga afuera, rallándose una paja, y extendiendo la otra mano para tocarme. Después regresaba tarde en la noche para mirarme por los huecos de las paredes.  O si no, metía una mano por la ventana que yo dejaba abierta para que entraran los gatos, y me halaba el mosquitero para que le hiciera caso.  ¡Así de pronto, como en las películas de terror!

Yo temblaba tanto que parecía que iba a salir volando de un momento a otro.  Empecé a ver sus ojos por todas las rendijas de la casa.  Las ventanas se empezaron a abrir solas.  Todo el miedo de las películas de monstruos se metió dentro de mi cuarto.  Empecé a inventar el “dolor de cerebro” para que Mima se quedara más rato pasándome la mano embarrada de bengué o de alcohol, pero, sobre todo, de ella misma.  Algunas noches, él me imploraba en la ventana que lo esperara por la mañana en mi cama a que se metiera en el baño; otras, me amenazaba.  A veces me pedía que me parara desnudo sobre la cama para él hacerse una paja allí mismo en la ventana, mirándome, porque si no, me amenazaba con quedarse allí toda la noche.  Yo tenía que desnudarme, desenganchar el mosquitero, y exhibirme para que él me viera con el reflejo de la luz de la cocina, que yo empecé a dejar encendida para tener menos miedo.  Entonces aprendí una cosa: si lo complacía en ese momento de desesperación, y le pedía que no viniera por la mañana, a veces me hacía caso.  Y empecé a preferir las pajas de la ventana.

Durante mucho tiempo pensé que aquí todos lo sabían. ¡Llegué a sentirme tan desesperado, tan confundido, que hasta pensaba que aquello era algo permitido por todos en la casa!  Por otra parte, esa idea me parecía absurda.  Los observaba para ver si los cogía dándole permiso a Oreja de ratón para que me tocara, o conversando algo de mí con él, pero nunca vi nada raro, la verdad.  No sabía qué hacer.  Hasta que decidí contárselo a la Vieja, pero sólo a ella.  ¡No podía aguantar más!  Prefería cualquier cosa, incluso, que La Unión entera supiera de mi enamoramiento del Príncipe Valiente, antes que el asco que sentía con su sudor de mulato desnudo y mojado, mezclado con el olor del jabón Nácar.

Yo nunca lo tocaba.  Sólo me tocó él a mí.  Al principio me costó más trabajo que se me parara el rabito de mierda que tenía, y que ya me empezaba a crecer.  Pero aprendí también que cuanto antes lo lograra, más rápido salía de él.  De todas maneras, ni así pude evitar el asco y el miedo.  La culpa también me ayudó.  ¡La culpa que sentía frente a mi deseo por el Príncipe Valiente!  Y en eso basaba él su poder sobre mí.  El olor a mulato se quedaba allí, así húmedo, qué sé yo...  Es un olor que él coloreó para siempre dentro de mí.  Después tenía que esperar mucho rato para entrar al baño, aguantando la respiración para dejar de sentirlo.  Su presencia chorreaba todavía por las paredes, aunque ya se hubiera ido.

Por las noches, acostado boca arriba, empecé a revisar con la mirada todas las sombras que se formaban en el techo y las paredes.  Me las aprendí de memoria para así reconocer la aparición de otras extrañas.  Desde mi cama recorría con la mirada cada hueco de la pared de la cocina, que quedaba frente a mi cuarto... cada noche hacía guardias de este tipo, hasta la madrugada, cuando caía rendido por el cansancio.  Una de esas noches de vigilia forzosa no pude aguantar más, y cuando vi su ojo que brillaba desesperado por una rendija, grité:

- ¡Mima, Mima! - y empecé a llorar.  Alcancé a ver cómo el hueco de la pared se vació enseguida, y oí un golpe.

Mima vino corriendo, medio desnuda, con la bata de casa en la mano, a ver qué me pasaba.  Mi madrina, que vivía aquí al lado, dijo que había oído mi grito, y detrás un golpe.  Dijo que ella estaba segura, vaya, que juraría, que alguien se había mandado a correr cuando yo grité.  Y empezaron a consolarme, pero también me preguntaban.  Mima no quiso llamar a Papi porque estaba “muerto de cansancio, y mañana se tiene que ir a trabajar tempranito', dijo. A mi hermano lo habían mandado lejísimo a cortar caña. De todas maneras, no le dieron importancia porque estaban acostumbrados a mis miedos por cualquier cosa.  Sólo les di referencias para que trataran de adivinar, pero el miedo no me dejó decir más.

- ¡Un ojo¡  ¡Yo lo que vi fue un ojo carmelitoso por el hueco de la cocina!  ¡Era un ojo que brillaba mucho, y se movía!

Primero me dijeron que no tuviera miedo, que seguro era algún cocuyo que se había colado en la cocina.  Total, si yo me sabía de memoria las luces de los cocuyos. Pero oí que revisaban el patio, y todos los alrededores de la casa.  Dudaban.  No encontraron al cocuyo mulato que yo sabía bien que era el único que posaba sus ojos en los huecos de las paredes.  Y me pasé para la cama de los Viejos.  A partir de esa noche, así haría durante mucho tiempo, cuando veía sombras extrañas, que no fueran las que me sabía de memoria. Como tenía tanto miedo de hablar, sólo había comenzado a planificar el momento. Quería que lo cogieran ellos mismos.

Hay miedos eternos. Uno los vive y, después que cree que desaparecieron de la vida, descubre que se han mudado para los sueños, y siguieron creciendo con nosotros.  Ésa es una de las pocas cosas de las que estoy seguro porque así me sigue pasando.  ¡Todavía!

El mulato se metió un tiempo sin venir.  Sin embargo, como dos o tres domingos más adelante, cuando ya me estaba acostumbrando a la alegría, volvió a arrancármela, esta vez, de raíz.

Volvió a aparecer un domingo por la mañana, pero de otra manera.  Yo tenía la casa cerrada porque me molestaba la claridad en la pantalla del televisor nuevo en blanco y negro.  Ya Papi había salido vanguardia, y se había ganado el KRIM-18 soviético, que le vendían a los trabajadores destacados.  Por culpa de la angustia que estaba viviendo, a mí se me olvidó hasta ponerme contento.  Ahora, todos los domingos me levantaba tempranito para ver la Comedia Silente con Armando Calderón poniéndole la voz y los ruidos a los artistas, a los golpetazos, y a los fotingos de las películas de Chaplin, de Max Linder, del Gordo y el Flaco…  Al menos tenía otro pretexto para seguir siendo niño.

Desde que tenía televisor nuevo, los domingos desayunaba en el sofá para no perderme ni un trocito de las películas.  Este domingo, cuando menos lo esperaba, Oreja de ratón apareció en la sala con un periódico Juventud Rebelde enrollado en la mano.  Como siempre, a esa hora, Papi y mi hermano, si había venido de pase, se habían ido ya a la vega para sembrar o recoger algo.  Mima estaba lavando o limpiando por allá atrás, y Mamá en la cocina, con el ajetreo del almuerzo.  Oreja de ratón llegó, y se sentó en el sofá.  Al lado mío.  A cada rato se levantaba, y miraba para el pasillo, por encima de la repisa de la sala, para ver si venía alguien.  Pero no venía nadie.

- ¡Vaya, televisor nuevo y todo tiene el niño de la casa ya, caramba!  ¡Qué bien!...  ¿Cuándo lo trajeron?Empezó a decir boberías en voz alta para que creyeran que aquello era otra cosa normal.  Mientras seguía hablando, vigilaba el pasillo.  De pronto, así sin ton ni son, me puso sobre un muslo el Juventud Rebelde que traía enrollado en la mano, y empezó a empujármelo contra la ingle.  Noté que algo puntiagudo me pinchaba fuertemente, y miré asustado.  Cuando él lo fue abriendo poco a poco, con aquel cuidado diabólico que ponía en todo lo que hacía, para que yo supiera de qué se trataba esta vez, ¡pude comprobar que dentro, enrollado en el periódico de ese domingo, estaba el cuchillo de Papi, el de matar cochinos!  Un verdadero matavacas.

Como el Viejo dejaba siempre su matavacas arriba del refrigerador, el mulato pudo cogerlo sin que Mamá se diera cuenta.  Lo envolvió en el dominical, y me lo empujó contra la ingle.  Un temblor tan grande, ¡pero tan grande!, se apoderó de mí, que se me cayó el jarrito de aluminio en el que me estaba tomando el desayuno, y embarré de leche con pan todo el sofá.  El me ayudó a recogerlo, y agachado en el piso, así bien cerquita de mí, aprovechó y me amenazó de muerte para siempre:

- ¿Lo sentiste, verdad?  ¡Te dije que te mataba, y te mato!  ¿No te acuerdas?  Voy a rajarte de arriba abajo, como le hace tu padre a los cerdos, si te haces el listico conmigo.  Te advertí que no dijeras nada de lo nuestro.  Si tu madre o tu padre me llaman, y me dicen que tú les dijiste algo de lo de la otra noche, prepárate...  ¿Me oíste?  ¡Prepárate!…  Yo no le tengo miedo a nada en este mundo, tú lo sabes muy bien, ni siquiera a morirme...  Siempre he dicho que me encantaría matar a alguien antes de que me llegue a mí la hora…  No me pienso ir solo de este mundo.  Te lo repetí mil veces, que si te portas bien, conmigo no te pasaría nada…  Pero si hablaste ya, te mataré.

Y los ojos saltones que yo siempre veía posarse en las rendijas, rodaron por toda la sala, y por encima de mí, como redondeles de fuego, a punto de estallar.  Yo no había dicho nada a nadie ni pude decirlo nunca después de eso.  Hoy es la primera vez que hablo de ello.  Yo lo único que sabía era temblar, quedarme mudo, decirle que sí a todo lo que él me pedía, y orinarme del miedo que le tenía...  Ese domingo aprendí otra cosa: definitivamente, yo era de él.

Desnudo y con el matavacas  en la mano, Oreja de ratón iría a mi cama todas las mañanas de todos los domingos de mi adolescencia, a podarme la vida.  Hasta que logré huir. 

La orquesta que ensayaba en el techo del comedor, cuando llovía, dejó de tocar para siempre.  Ahora sólo llovía.  Ya no había música.  Mis domingos se sumieron en un silencio ensordecedor. El agua se convirtió otra vez en agua.  Los gatos no iban ya a la ventana de mi cuarto, se aburrieron de encontrarla cerrada. Odiaba la ventana de mi cuarto.  Odiaba las paredes de madera porque estaban llenas de huecos por donde cabían sus ojos.  Odiaba los domingos porque todos olían a jabón Nácar y a mulato desnudo y mojado. Odiaba la noche.  ¡Odié!  Yo que nunca había odiado nada.  O que sólo odiaba las ranas por el simple hecho de estar frías y resbalosas.

“Se lo quiero decir a mi madre.  Se lo quiero decir a mi padre y a mi hermano para que lo maten”, me repetía constantemente.  Pero sólo para mis adentros.  No se lo dije a nadie nunca para que él no me matara a mí tan pronto.

Sus ojos se siguieron metiendo en mi cama a rascabucharme para que me calentara rápido, y me exhibiera.  Los dedos de sus ojos empezaban a recorrer todos los rincones de mis doce años…  La casa parecía un pulpo que me atrapaba.  ¡Los dedos de la casa eran tantos también!, que alcanzaban para taparles los oídos a Mima, a Papi, a Mamá, y a mi hermano, si estaba.  Yo tampoco pude gritar porque tenía la boca llena de dedos.  El cuchillo también entraba, rajaba el mosquitero, y se encajaba en mi existencia.  Cada vez más.  Mientras iba creciendo, el cuchillo se hundía más y más en mi miedo.

Yo lo esperaba “encuero en pelotas” sobre la cama, con la pinga pará, para tener eso adelantado.  Él se ahogaba con ella, se la untaba por todo el cuerpo...  Yo cerraba los ojos para que no se me fuera a bajar.  Para eso tuve que apelar al instinto. Me concentraba, recuerdo, en despersonalizar su saliva, la suavidad de la lengua sobre mi rabo de mierda que tenía,  y el  calor de  su  boca,  succionándome.

Desintegrando su presencia con el instinto.  Me convertía así, y lo convertía, en un animal cualquiera.  “¡Que no se me baje la pinga!  ¡Que no se me baje la pinga!  ¡Que no se me baje la pinga!”, repetía para mis adentros.  Me agarraba con mucha fuerza, con las dos manos, a las tablas del bastidor de mi cama, como si estuviera amarrado. Me contraía, aguantaba la respiración como si fueran a operarme sin anestesia, ¡como si fueran a torturarme!… Así contraído, dejaba de ser yo un poco para convertirme en un cuerpo que casi no me pertenecía, de tanto que lo abandonaba en esos momentos. Era así como el asco se convertía en placer.  El placer de la resignación, del miedo.

África

—¡Africa estrí,

mi vida!  Claro que se lo llevan pa’ África, hija, mira que tú eres boba.  Si no, no lo mandaran pa’ Soroa.  Eso dalo por seguro.  En Soroa está la Unidad de tránsito esa, donde hacen la preparatoria los que se entrenan como internacionalistas.  ¡África estrí, muchacha, pa’ que al niñito mimao se le acabe esa mariconería barata que tiene!

- ¡Ay, Dios mío, no me lo imagino yo allá, con lo flojito que es ese muchachito!  Él, que nunca sale de su casa, sólo de la beca pa’ la casa y de la casa pa’ la beca con su uniforme y su corbatica azul, y su librito abajo del brazo…  ¡El pobre, lo que va a pasar es mucho!

- ¡Ése no aguanta, mija, qué va!  A ése lo traen ahorita rajao como una yuca o…, mira, échate p’ acá, para decírtelo bajito, no vaya a ser que alguien de la familia me oiga: …o muerto.  Te lo digo yo, que lo conozco bien.  ¡Y que Dios me perdone!, pero ése no aguanta, qué va.  Si no lo matan, se mata él mismo.  Ése no regresa vivo.

- Yo no sé cómo se las va a arreglar él solo allá, sin su mamita que no lo suelta ni pa’ cagar.  Fíjate tú, que dicen que allá, p’arreglar la cama, tienes que espantar los tigres y los monos del albergue.  Y debe ser verdá porque África está en la selva, ¿no?

- Pues mira, yo creo que eso es lo mejor que le puede pasar al pobre muchacho, a ver si pierde ese amaneramiento que tiene, y esa manía de estar metío abajo de la saya ’e la madre todo el tiempo.  Y tal vez no le pasa na’, ¡quién sabe?  La vida es así.  Ojalá regrese vivito y coleando, pero un poco más machito, pues buena falta que le hace.

- ¡Pero los padres son los que tienen la culpa de que haya salío así tan… tan blandito!  Si, hija, sí, mira, si el niño pide pajarito volando, pajarito volando le dan…, y mira.  Los machos no se crían así, los machos se crían en la calle, como criaron a su hermano, por ejemplo.  ¡Porecito, tú, porecitooo!, ¿qué hace ese niño tan delicadito allá en esa guerra tan lejos?  ¡Tanto macho tarajayú que hay en este pueblo sin hacer nada, por ahí barqueando, y vienen a llevarse a ese muchacho!

- ¡Fíjate tú lo que es la vida!, podían haberse llevao al otro que es más grande y fuerte, y no a él.  ¿Ves?  Luego dicen que no existe na'.  Tal parece que fuera un castigo de alguien allá arriba, por ser así tan…, no sé, así como medio mariconcito, ¿no?  O bueno, ¡qué sé yo!, déjame no meterme en lo que no me importa, que todavía no he puesto los frijoles en la candela a ablandar, y mira qué hora es ya.

Voces del pueblo, coreando mi despedida bien bajito.

Pero hay épocas

 

Pero hay épocas, recuérdalo, que no se hacen para los hombres tiernos. Alejo Carpentier El Siglo de las Luces

Lo supe más tarde, cuando regresé, y vi todo lo que había perdido allá y aquí.  Ya para siempre.

Una silueta con fusil deambulaba por entre las literas esperando que pasara algo, imaginaba yo. Pero no pasaba nada.  Era el cuartelero aburrido porque no le daba importancia a su guardia.  La retaguardia es la espera en estado puro.  Es donde está la otra guerra, el otro enemigo, el peor de todos, quizás..., el enemigo que no se sabe, el que no debe serlo.  En la retaguardia, la guerra es un pretexto.  Es el lugar donde la muerte, disfrazada de espera, nos llega en forma de número, y si uno tiene muy mala suerte, en forma de relevo.  Pero, mientras eso no pasa, es otra la guerra y otra la muerte: hipócrita y sutil.  La retaguardia es el lugar donde nos olvidamos de la guerra.  Pero es una guerra donde también se puede morir con esa bala de salva, que es la traición del compañero de trinchera, de espera, y hasta de muerte…  La retaguardia es el lugar más miserable de la guerra.  La retaguardia es el bostezo de la guerra.

Me levanté de pronto para que no me despertaran los odiosos golpes del de pie.  Cada amanecer nos llegaba en forma de golpe, sobre una vaina de cohete vacía, con el odioso ruido de un trozo de hierro contra otro.  Eran toques seguidos y estridentes, que llegué a saberme de memoria, y que cada oficial daba de manera distinta.  Con el tiempo, los identificaríamos a todos por esos golpes, sin verlos.  Cada uno nos despertaba según su carácter, su amargura, y sus frustraciones.  Con todo eso, además de con los hierros, golpeaban la mañana.  Los que necesitaban la agresividad para gastar la energía que no podían dedicar a otra cosa, arremetían con más fuerza.  Se daban gusto con la libertad que les dejaba el de pie para golpear.  De esos había unos cuantos.  Había algo de venganza y de furia en aquella manía de maltratar los días. 

El primer de pie me cogió bañado y vestido ya, esperando el comienzo de aquella nueva vida.  Pero desde esa época me levanto con miedo y temblando, si me despiertan con brusquedad.  Con una tijera que se caiga cerca de mi cama, temprano, si me toma por sorpresa, tengo para que se me salga el corazón por la boca, y me raje el día de arriba abajo.

Aquella primera mañana, y todas las que vendrían después, la tropa semidesnuda se lanzó de las literas, tratando de ocultar la parazón de pingas producida por la copiosa virilidad mañanera. Rutina pura y dura, bien dura.  Apiñados en los urinarios, medio dormidos todavía, se apoyaban en el hombro del de al lado, se agarraban el rabo bostezando, y apuntaban al de delante para que se apurara.  Algunos, hasta le meaban los pies a los otros.  Se llamaban entre sí para que les vieran la pinga como la tenían.  Sacudían y salían corriendo hasta el área de formación, bajo los gritos del Sargento Mayor, que los esperaba para la gimnasia matutina.  Los jefes de pelotones no dejaban que nadie se quedara en las camas, ni escondido en los baños, para evadir los ejercicios. Lo revisaban todo. Más tarde, los tres pelotones regresaban sofocados a lavarse la boca y a vestirse para desayunar.

Nosotros todavía no formábamos parte de esa rutina viril. En ese momento, todo era nuevo y misterioso.  Ese primer día, un rato después, los viejos desaparecieron para ir a sus clases.  Se los tragó la tierra, literalmente hablando.  El Sargento Mayor empezó a repartirnos el aseo y los uniformes.  Los nuevos nos apiñamos delante de su cuartico.  La única puerta de madera estaba cortada en dos, improvisando una especie de mostrador.  Hacia dentro no se podía pasar sin autorización.  Y el Sargento empezó a llamarnos por otra de las mil listas en las que estaríamos apuntados para toda la vida y toda la muerte si iba a hacer falta.  Nos repartieron tubos de pasta Colgate y Kolynos, que nos sorprendió a todos, porque la mayoría sólo había oído hablar de ella en los cuentos de cuando el capitalismo. Yo sí las había visto porque mi a amiga Mónica le había llegado una tía de Miami con pasta dental para toda la familia, y me regaló las cajitas vacías.

Cuando estábamos en la repartidera, llegaron inesperadamente, los viejos del pelotón uno. Tenían libre el primer turno de clases.  El caso es que se sentaron encima de las camas a mirarnos, para burlarse y hacer chistes sobre el tiempo. Para ellos, nosotros éramos una especie de consuelo.  ¡Ya tenían a alguien detrás de su tiempo!  Los convertíamos en veteranos.  Éramos la distancia más corta entre aquella espera, la muerte, o su posible regreso.  Tenernos detrás los volvía alegres.  A las misiones más peligrosas se trataría de mandar siempre a los que les faltaba más tiempo allí.  De esta manera se nos cuidaba el tiempo, la suerte de sobrevivir aquellos dos años con dimensiones de siglos.

El Sargento Mayor llamó a uno de ellos para que lo ayudara a repartirnos las cosas:

- ¡Bobo, ven, brinca p’acá dentro!  Ayúdame a darle las cosas a los novatos estos, pero sin jodederas porque te saco de aquí pa’ la pinga.

El Bobo era un soldado alto, atlético, con granos en la cara, y bastante feo a simple vista.  En un gesto alardoso y exhibicionista, saltó el mostrador sin abrir la puerta ni nada, y ya, desde dentro, nos iba tirando las cosas, después que el Sargento Mayor nos nombraba y nos tachaba sobre el papel.  Yo estaba muy nervioso porque se acercaba mi turno, y cada vez que llamaban a alguien, le pedían que se exhibiera para irlo conociendo. Pero, sobre todo, para burlarse de cualquier cosa que dijera, como podía ser el nombre, el apellido o la procedencia. La mayoría de los viejos eran habaneros, y los de la capital siempre se burlan y gobiernan sobre los del campo, aunque lo hagan con cariño. El miedo me tragaba.

 Y por querer pasar inadvertido, me sucedió todo lo contrario:

—¿De dónde tú eres, rubio?

De La Unión -contesté casi sin darme cuenta, lo que respondía siempre que me preguntaban lo mismo.

¿De dónde? ¡Oye esto, Cuatro Cuarenta! -empezó el propio Sargento la cumbancha.

El Cuatro Cuarenta era otro fuertote que estaba sentado arriba de una litera con dos o tres más que parecían sus guardaespaldas.  Era un músculo con ojos.  Después supe que le decían así porque él mismo exhibía con orgullo unas cicatrices que tenía por todo su cuerpazo, como prueba milagrosa de haberse salvado de dos corrientazos de alto voltaje, es decir de la 220. La suma de esos dos milagros daba como resultado su nombrete. Mientras tanto, yo quería que un avión bombardeara todo aquello para sacarme del aprieto.  Pero el enemigo no aparece cuando uno lo desea, sino cuando él quiere.  El resto de los nuevos me miraban con compasión y miedo.  Sabían que a cualquiera de ellos les podía pasar lo mismo.

- ¿De dónde coño dice que es, de La Unión? ¿Y dónde cojone queda eso, tú?—dijo el Cuatro Cuarenta-. Este tiene que ser un guajirito de esos tronco 'e yuca, porque el que viva en un pueblo que ni el Diablo sabe dónde queda, y lo diga así como si fuera la mismísima Habana,  tiene que ser del campo campo, vaya, pero de monte adentro bien adentro, eh —Risotadas y aprobación colectiva.

Todos empezaron a buscarme con la mirada.  Aquellos brochazos de dudas, que por un instante planearon sobre las cabezas de todos los nuevos, fueron muy difíciles para mí por ser el único tiempo que me quedaba libre antes de decir, como mejor pudiera: “¡Eso está en Pinar del Río!”.

- ¿Dónde? ¡Cojone, déjenlo que conteste! - ordenó el Sargento.  Con la algarabía que ellos tenían formada no me oían cada vez que yo confirmaba, casi con terror, mi procedencia.  Pero hicieron silencio.  Un silencio espeso que era aun más difícil de romper. El resto de mis compañeros nuevos, en pleno instinto de abandono, se apartaban para que se supiera que aquel choteo no era con ninguno de ellos, sino conmigo.

- ¡En Pinar del Río! - y estiré la mano para coger mis cosas, y salir de aquello cuanto antes.

- ¡Eh, eh, mira p’acá tú!  Levanta la cabeza pa’ verte bien la jeta, guajirito, anda, ¡y habla más alto, que no te oímo!… ¡Pero, si no parece tan tronco ’e yuca na’, tú!  ¡Mira, Cuatro, creo que te equivocaste esta vez! - gritó el Bobo.

- ¡Aaaa, sí, sí, no parece tan guajiro na', aunque desde aquí no lo veo bien!  ¡Novato, encarámate arriba de una litera pa’ poderte vacilar bien! —me gritó el Sargento.

Yo me había muerto hacía rato.  Mi cadáver se encaramó de un tirón encima de una litera, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada.  Temblaba.  Tiré la vista hacia adelante, sin preocuparme de donde cayera. 

- ¡No, no, tan guajirote no parece, no!… ni es muy feo tampoco, pa’ que tú sepas, eh.  ¡Si hasta parece bastante fino, como un yuma, más bien, tú!  ¡No, no, un sudafricano, parece un sudafricano de esos rubios!  ¡Y guajiro bruto menos, lo que tiene es una carita de jeba del carajo!  ¡Fiñe, creo que llegó tu relevo!  Mira p’acá, tú, novato, acércate más guajirito de La Unión esa o como se llame la aldea esa de donde vienes.  ¡Mira, Fiñe, compruébalo por ti mismo: llegó otro cara 'e jeba igual que tú!

Seguía sin ver nada.  ¿Otra vez iba a pasarme lo mismo?  ¿Otra vez era yo un cara ’e jeba?  ¿Allí también? ¿Ya, acabado de llegar? Pero en ese momento, muy brevemente, sentí un consuelo: “parece que no soy el único cara ’e jeba que hay aquí.  ¡Menos mal!”  Eso de ser yo el relevo del tal Fiñe, aunque fuera por lo de cara de jeba, me alivió.  No estaba solo.  Me olvidarían pronto.  En definitiva, estábamos entre hombres, ¿no?  Y es que yo no escarmentaba, a pesar de todo lo que me había pasado en el pre y en La Unión.  Pero el Sargento Mayor y el Bobo, siguieron preguntándome cosas.

- ¿Cómo es el pueblucho ese, cosa linda? –empezó el Sargento, activando todos mis complejos.

- Bonito - dije muy bajo. El estruendo exageradamente viril de aquellas risas parecía que iba a tumbar el hangar.

- ¿Bonito un caserío que se llame así y que no debe ni de estar en el mapa?...  ¡Psssssss, cállense cojone!  ¡Escuchen esto, caballero!  Pero describe algo aunque sea, vaya —gritó el Sargento.

- ¡Habla alto, chico, como si fueras un hombre! - le siguió el Bobo.

- ¡Tiene un cine! - generalicé para que me entendieran.  Pero de nada sirvió.  Ellos lo que querían era divertirse, y no iban a perder la oportunidad que la llegada de nosotros, los novatos, les brindaba.

- ¡Ah, pero si tiene cine y todo! - insistió el Sargento.

- Y un correo de mampostería - otra carcajada colectiva retumbó por todo aquello.

- ¡Aaaa, reciben cartas allí y todo! ¡Menos mal porque sino te iba a matar el gorrión aquí! Pinar del Río es la tierra de los bobos, ¿tú lo sabías no? Ya lo dice el dicho: el vivo vive del bobo y el bobo del pinareño.  Yo sabía que algún defecto tenías que tener.  ¿Por qué es que le dicen bobo a los pinareños, Bobo?… Mira, pensándolo bien, tú debías ser de allá también, en vez de ser de la Poma.  Mira, guajirito, aquí tenemos otro bobo, pero este no es de la… La Unión esa, este es de La Habana, por eso se lo perdonamos...  ¡No, en serio, lo de Pinar es porque creo que construyeron un cine, y le dejaron la concretera adentro! —carcajadas.

- ¡Y se les quemó el cuartel de bomberos, que es el colmo, vaya! - más risotadas.

- ¡Ser guajiro es bastante jodío ya, pero, si además vives en casa ’e la pinga, como tú!...  ¿En qué parte de Pinar del Río queda eso?

- Por la Carretera Central.

Hecho virutas ya, muy serio, sin ese sentido del humor con que nací, les seguía el juego sin remedio.

Todos me miraban esperando mi concienzuda explicación, muertos de risa.

- Bueno, por lo menos sabrás dónde está la Poma, ¿no?  ¿Tú sabes qué es la Poma?  ¿Has ido alguna vez a La Habana?...  Aquí pa’ ser de la tropa de los pomeros hay que tener swing, tener chíchara y no ser chivato, si no, te come el león.  Si te ganas el carné de chamaco 'e la Poma, estás salvao, si no, lo que te va a caer arriba es mucho.  Así que mira a ver cómo te las arreglas.

Esa mañana se definieron un montón de cosas que saldrían después, poco a poco, de detrás de las apariencias de cada uno de ellos.  El tiempo empezaría a derretir sus máscaras encima de sus mismos rostros.  Cada uno se me iría apareciendo por separado, hasta el último día que pasé en aquel país. No serían dos años, como estaba previsto, sino uno.  ¡Inesperadamente!  Pero ése fue el antes de todos mis después.

El Sargento Mayor me alcanzó él mismo la toalla nueva, en vez de dársela al Bobo para que me la tirara de lejos, como hacía con los demás. Me la quiso dar él personalmente. Cuando la cogí, me di cuenta de que se había equivocado, o eso pensé yo.  Me había tirado dos, en vez de una.  Intenté llamarlo para devolvérsela, pero gritaba los nombres de los otros, y me ignoraba con sus risotadas explosivas sobre su próxima víctima.  La guardé, y me puse a esperar.  Cada cosa que me pasó esa primera mañana, fue la síntesis de lo que vendría después.  De la felicidad y de la angustia.

Cerró el cuartico, y nos dijo que lo esperáramos en el albergue.  Regresó con un grueso rollo de alambre y una pinza entre sus manazas.  No nos miraba a los ojos.

- ¡Vengan p’acá!  Estas literas serán sus camas, pero, como ven, están sin bastidor.  ¡Ustedes mismos se lo tienen que hacer!  Yo les voy a tejer uno pa’ que vean cómo se hace, pero los demás los harán ustedes mismos.  Tampoco hay colchonetas por el momento, mientras, tendrán que ir poniendo los cartones arriba del bastidor, hasta que entre un barco que las traerá.  ¿Está claro?  ¡Arriba, que pa’ luego es tarde!

Se quitó la camisa, y la colgó del tubo de una de las camas.  Empezó a cortar y a doblar el alambrón aquel tan duro, con tremendo trabajo.  Apoyaba las manos contra el enorme pecho de mármol rosado y amarillo, para hacer más fuerza todavía.  Parecía que iba a reventar de un momento a otro.  Parecía una bestia.  ¡Con lo flaco que yo estaba,  no me imaginaba haciendo lo mismo que él, con mis manos!  Allí parado, al lado de su anchura caupolicana, yo casi ni existía, aunque de altura le sacaba un poco.  Pero si él, que tenía aquellas manos tan grandes y tan fuertes, pasaba tanto trabajo, ¿qué podía esperar yo? Pensé que era una prueba demasiado dura para mí, y empezó a preocuparme la guerra. Todos lo admiramos como a un gladiador. 

El Sargento terminó con los dedos llenos de lastimaduras producidas por el filo de su hombría y de los flejes. “¡Ay, mi madre, lo que me espera! -dije para mis adentros- “Si el Chévere estuviera aquí, haría el de los dos”, seguí consolándome, como si eso pudiera hacer que sucediera un milagro y me salvara.  Pensé en Mima, en Papi y en mi hermano, que seguro me lo harían sin necesidad de pedírselo siquiera, y me entraron tremendas ganas de llorar.  ¡Cuánto los necesitaba! En miles de momentos como ésos, era cuando sentía el desamparo de la guerra.

- ¡Ya está!  Aquí tienen el primer bastidor hecho.  No es fácil, pero tampoco es difícil.  Todos tienen que quedar terminados hoy, porque el Jefe de Compañía quiere que se incorporen ya a la vida militar, y que no anden tirados por el piso.  ¡A ver tú, flaco, tú, tú mismitico, sí, sí, no mires pa’l lao, que es contigo!...  Guajirito del pueblo raro ese: ¡súbete ahí, y salta pa’ ver cómo me quedó este bastidor de muestra!

Yo no entendía por qué tuvo que mandarme a mí entre tantos.  Tardaría un año en enterarme.  En ese momento me subí sobre la litera con tremendo dolor de estómago, y empecé a saltar.  Salté sobre aquellos alambres con todo el peso de mi miedo y de mi inseguridad.  No sé cómo no los partí del tiro, a pesar de mi flaquencia.

- ¡Cojonú y pico!  ¡Me quedó cojonú!  Quédate tú mismo con este bastidor, vaya.  ¡Arriba!, éste es pa’l flaco pinareño mamao.  Los demás pónganse a hacer los suyos ahora mismo —dijo, casi ordenó -, ahí les dejo el rollo de alambre y las pinzas.

¡No podía creerlo!  ¡Madre mía!  ¿Qué era lo que me estaba protegiendo?  No sé cómo, del tiro, no me volví creyente.  Menos mal que ya yo creía en los milagros.

Recogió la camisa verde olivo desteñido con la punta de un dedo, como si se tratara de una pluma, se la tiró sobre sus hombros montañosos empapados de sudor, y se perdió entre el laberinto de literas.  Pero antes de irse, desparramó por un instante imperceptible para los demás, sus ojos azules sobre los míos.  Yo no podía hablar.  Sencillamente, me había salvado el honor porque, si tenía que hacer con mis manos lo que él hizo con las suyas, ahí mismo me empezarían a decir de maricón p’alante.  Pero yo no pude decirle ni pío.  Me quedé sentado sobre mi cama nueva, pensando en lo dichoso que era.

Embarrado todavía de azul, del azul fuerte de su mirada, y de tanta sorpresa, empecé a ser feliz.

- ¡Qué suerte tú tienes, blanquito, coñó! - me dijo Metralleta, un negrito más flaco que yo, y muy cómico, de mi tiempo, que hablaba con tremenda malicia, como si supiera algún secreto.

Vestidos ya con uniforme y gorra nuevos, nos distribuyeron por pelotones.  Yo caí en la primera escuadra del primer pelotón de la primera compañía.  Enseguida me enteré de que al oficial jefe de mi pelotón le decían Cara ’e crimen.  Tenía una cicatriz que le cruzaba la cara, y que lo hacía parecer más hijo de puta de lo que después demostró ser.  Mi otro jefe de pelotón, el Sargento, era insignificante y cumplidor.  Mi jefe de escuadra resultó ser el tal Fiñe, uno de los que también se rió mucho cuando me cogieron para el trajín, y al que le dijeron que yo era su relevo por ser como él: otro cara de jeba.  Fiñe cara ’e jeba, le decían todos, por lo lindo que era.  Ése sí era lindo.

Y nos perdimos entre el verde olivo viejo de la tropa.  Nosotros con el verde intenso de lo nuevo, ellos con su aspecto desteñido por la espera.   ¡Al fin nos quitábamos la ropa del Cañonazo!  Como los uniformes me gustaban tanto, estaba contentísimo.  Otra cosa que me gustaba era que no teníamos que lavarlos nosotros.  La ropa sucia había que entregársela al Sargento Mayor para que la mandara a la lavandería.  La ropa civil también la guardaba él con el maletín de cada uno.  Y la chapilla había que llevarla siempre colgando sobre el pecho.  Me la quité una sola vez desde el día que mi hermano me la colgara con el cordón de su zapato, aquel último día.  Más tarde, el Sargento nos advirtió:

- Fíjense lo que les digo: cuiden, sobre todo, la gorra y el cinto, ¡tanto como el mismo fusil!  ¡Una gorra o un cinto perdidos aquí se interpreta enseguida como que se vendió pa’ comprar pacotilla!  Esa insignificancia puede convertirse en dos o tres días de calabozo o en algo peor todavía para los reincidentes.  ¡Luego no digan que no se los advertí!

Allí, el 'afuera' con que soñábamos aquí adentro, estaba al otro lado de la cerca.  Demasiado cerca para los cubanos.  Daba lo mismo que fueran oficiales o soldados.  Todos queríamos comprar cosas en colores, y todos íbamos a tratar de conseguirlas.  Todos necesitábamos ilusión.  Veníamos de las mismas carencias, del mismo deslumbramiento, de la misma escasez, de la misma obsesión, de la misma concupiscencia, del mismo miedo.  Eso también debió unirnos, pero nos separaba.

Yo no contaba el tiempo

  Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes.  Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño. Dulce María Loynaz La novia de Lázaro

“El culo del mundo” era un túnel repleto de gente y sin luz.  Hasta los baobabs, que enseguida me recordaron al del Pequeño príncipe, estaban muertos.  Como eran inmensos, les habían sacado las entrañas, y quemado por dentro, para convertirlos en salas de exposiciones, en saludo a algún acontecimiento político que hiciera falta venerar.  Cada baobab muerto era un museo. Eran tan anchos que dentro de sus entrañas perforadas, colgaban murales con fotos de cadáveres gloriosos, de héroes desfigurados por unos dibujos horrorosos que, más que servirnos de inspiración ideológica, nos espantaban.  Más y más banderas. Más y más consignas que priorizaban la muerte. Siempre la muerte, como prueba irrefutable de fidelidad... 

A pesar de eso, aquellos cadáveres inmensos conservaban algo de su hombría anterior.  Hasta después de muertos, a los baobabs se les notaba la hermosura.  Yo creí enseguida que eran los novios de las ceibas cubanas.

Al 'culo del mundo' entré llorando. 

Lo demás eran unas naves grises de fibrocén y prefabricado, con puertas verde olivo.  Muy pocas puertas.  Tampoco había ventanas.  Todas esas naves cabían dentro de mi antiguo hangar, unas encima de las otras.  Aquella “medida preventiva” sólo me inspiró vida por todo lo que yo llevaba dentro para recostarme y sobrevivir.  ¡La gente de allí me resultó tan muerta como los baobabs museos! 

La infantería siempre me había parecido más elegante. Exigía belleza y perfección de los hombres que la formaban. Exigía virilidad. Nos seducía hasta el cansancio, nos enamoraba y nos transformaba. La infantería era clara, en colores, vulnerable... Era dinámica y leve. La artillería, sin embargo, siempre me pareció carmelita oscuro y verde olivo sucio.  Despiadada.  Agresiva.  Maciza.  Fuerte.  Segura.  Pesada.  Ostentosa.  La artillería escupía la muerte desde lejos, no se le acercaba, no le miraba a los ojos como la infantería. La artillería se pierde la posibilidad del arrepentimiento, del perdón, por ser sólo un intermediario entre la vida y la muerte de los hombres. 

Entrar en aquel lugar ha sido la sanción más triste que he tenido en mi vida.

Me tocó la batería uno de aquel regimiento de cadáveres. En mi plantilla decía que era comunicador.  Pero enseguida que leyeron mi hoja de servicio, me pusieron a pintar héroes por todas partes.  Y entonces cambié los colores.

Las piedras, las paredes, unas banderas fundidas en fibrocemento, que el viento no podía mover (y que, como el pasado nos persigue, muchos años después reaparecerían en mi vida, volando al fin, increíblemente, cuando estaba casi a punto de olvidarlas); la mirada de aquella tropa..., ¡todo, todo allí necesitaba color!  Pero lo que no logré pintar fue el tiempo.

Y me dediqué a pintar y a escribirle a Mónica.  A dormir y a llorar.  Dormir apura los relojes.  Dormir es otra manera de morir, pero allí no podíamos hacer otra cosa que suicidarnos todos los días un poco. 

Hacía cartas muy largas que luego le leía a Mónica debajo del único baobab vivo que había en todo aquello.  Golpeaba mi baobab, y le gritaba a ella para que pudiera oírme.  Me alegraba de que no pudiera terminar de morirse por culpa de mi recuerdo.  El recuerdo de los vivos es el único lugar donde pueden vivir los muertos.

Enseguida le escribí a Fernando para que a los pocos días de llegar a Cuba tuviera una carta mía.  Allí me convencí más de que nunca iba a regresar.  En la misma medida que se acercaba el regreso, se hacía más incierto, menos probable.  Así, colgado entre la eternidad y la nada, recibí la primera carta de Fernando… y la última:

¿Feíto, cómo es posible que te hayas quedado allá solo, sin mí?  Llevo unos días aquí, y ya me parece que nunca estuve ahí.  Debe ser el deseo de olvidarme de todo que tengo, menos de ti, claro.  Pero también me siento culpable por haberte dejado solo.  Estuve en tu casa, y conocí a tu familia.  Ellos te están esperando con tremendo alboroto.  Feo, me caso dentro de quince días.  ¡Qué bueno si estuvieras aquí!  Ella se llama Esperanza, y también quiere conocerte.  Tengo tu foto en mi billetera, y la llevo conmigo a todas partes.  ¡Acaba de venir, guajirito, para pasear juntos por La Habana y sentarnos en el malecón!  Te tengo una prima mía aquí para cuando vengas, por si te quieres casar igual que yo.  Se parece mucho a ti en los ojos y los labios.  Yo me la quiero singar por eso mismo, pero como es prima mía, písatela tú por los dos.  Se me había olvidado cómo huele una mujer, y me paso el día con el cohete a mil.  No me quito el Lois que me regalaste, cuando vendimos tu Zenit.  Me da tremendo empingue contarte esto, pero cuando llegaron a la unidad de tránsito, el Fiñe me contó que los tres días que duró el viaje de ellos en barco hasta allí, se formó tremenda robadera, y... al Tigre “le robaron” el maletín tuyo.  El Fiñe se encontró tu diario desbaratado por toda la bodega del barco, junto con trozos de tu maletín porque lo picaron con una cuchilla, parece.  El leyó algunas páginas, y las tiró al mar porque podían comprometerte a ti, y a él, si lo registraban.  Sé el dolor que te producirá esto porque nos resingamos mucho para conseguir todo aquello, y la Zenit le costó un ojo de la cara a tu padre.  ¿Pero qué le vamos hacer?  Oye, pórtate bien para que vengas pronto.  Sé cómo debes estar.  Te quiero con cojones...  Te quiero y me quedo corto; ¿y si me lo corto, para qué te quiero?  Jajajaja.  Cuídate mucho siempre…

Le contesté enseguida, pero nunca más volvió a escribirme.  Durante un tiempo le seguí contestando a su silencio, hasta que me sentí olvidado.  Le escribí decenas de cartas que nunca le mandé.  ¡Era tanta su necesidad por olvidar toda aquella pesadilla!  Y yo formaba parte de ella todavía.  Yo era pasado.  O qué sé yo.  Algún tiempo después me llegó una carta muy extraña, que nunca respondí.  ¡Una carta de su novia!

…no sé qué fue lo que le hiciste a Fernando en el África, pero siempre lleva una foto tuya en la billetera, junto con la de su hermano, que es la persona que él más quiere en el mundo.  Yo al principio me puse hasta celosa, Feo (permíteme llamarte así, yo también quiero hacerme amiga tuya), pero después se me quitó.  Escríbeme.  Mándame a decir qué hay que hacer para que lo quieran tanto a uno, como él te quiere a ti.  No tengo tanta experiencia en eso.  Cuando nos casemos, te enviaré una foto de la boda…

Traté de no pensar en aquella carta ni en el robo.  Tanto la rareza de la carta misma, aquella amistad civilizada, si es que fue eso, para la que yo no estaba preparado, como la noticia de la pérdida de las cosas materiales, me hundieron en un profundo desamparo.

¡Es increíble la falta de solidaridad de algunos cubanos en el extranjero!  En cualquier país donde estemos.  Huimos unos de otros cuando estamos lejos.  No sé si es el aire, la tierra o la gente, o esa dulzura que flota, la que no deja ver el verdadero rostro de la gente cuando vivimos dentro. Afuera se rompe. Será el desespero por la escasez y el deslumbramiento ante cualquier atisbo de abundancia.  Yo no lo justifico, y lo detesto, pero lo comprendo.  Todos queríamos llegar con regalos a nuestras casas, y los que no tuvieron cojones para fugarse y comprarlos, o no supieron cómo, se los robaban.  Otros, que llevaban mucha pacotilla, querían más.  Quizás porque nunca se les daría otra oportunidad como aquella de viajar.

Allí, la única posibilidad que nos daban para comprar algo, era en el Comercio Militar.  Nos entregaban, al final de los dos años, una tarjeta con el cúmulo de los kwanzas que componían el salario de un recluta.  No recuerdo la cantidad, pero era ridícula.  El caso es que cuando los soldados íbamos a comprar, sólo había martillos, serruchos, limas, café, guayaberas cubanas, bolsos TAG, de Líneas Aéreas Angolanas, y zapatos plásticos.  El que no se fugaba o no se robaba lo que otros lograron reunir, arriesgándolo todo, tenían que regresar con la ropa que les dieron para ir a aquella guerra, uniformados de próximos muertos: la ropa del Cañonazo.  Como tuve que regresar yo.  Ponerme otra vez aquella vestimenta, después de haber vivido tanto, fue como volver a disfrazarme con el cadáver de mi vida anterior.

Los soldados comprábamos una sola vez en el Comercio Militar: al final de la misión, cuando nos íbamos.  Los oficiales compraban las dos veces que iban a Cuba de vacaciones, y al cumplir.  Ellos procuraban comprar cuando había surtido. Y siempre había cuando les tocaba.  Entonces, lo que sobraba de sus compras, lo cogíamos nosotros.  Era casi un milagro que surtieran cuando le tocaba comprar a la tropa.

La cámara Zenit a la que Fernando se refería en su carta, era la que me había mandado mi padre con el único oficial hombre a to’ que teníamos en la compañía.  Fernando y yo la vendimos por una buena cantidad de dinero.  Llené un maletín de regalos para todo el mundo en la casa.  Ese maletín me lo tenía el Fiñe guardado con sus cosas en casa del cura amigo de ellos.  Fernando recogió las suyas antes porque se iba, y yo le di las mías al Tigre, el chofer de mi BTR, porque creía en él, y porque era de Pinar del Río. 

Cuando supe que todo aquello estaba perdido, sentí que algo se borraba.  Además del sueño en colores que yo había hecho realidad, de comprar cosas lindas afuera, por el anhelo que provoca la vulgaridad de las cosas materiales que no habíamos tenido, aquéllas representaban algo más: ¡Yo, que estaba en una guerra en África había hecho lo que mi hermano, que estaba en Miami 'vacilando', hasta ese momento no hacía por nosotros! 

Aquellos objetos materiales ausentes en nuestras vidas, y que por eso valorábamos tanto, eran otro trofeo de guerra. Para muchos, el único trofeo. Todo eso era también la guerra.