Algunas palabras para Enrique Saldivia, por Jorge Ariel Madrazo

Si el hecho poético implica, según el cubano Eliseo Diego, “el acto de atender en toda su pureza”, no es menos cierto que debe poseer la gracia de la necesidad y ser testimonio de una verdad íntima, intransferible. Así, en tanto vehículo de un misterio que no es posible expresar -y que, sin embargo, se hace carne en gesto y voz- la palabra de todo poeta enfrenta un desafío gigantesco: el de ofrecerse como la mejor prueba de la facultad de percibir. ¿Percibir qué? Pues, nada menos que el dorso de los seres y cosas; el revés de esa trama que, erróneamente, denominamos 'realidad'.

Tal, la experiencia que propone este poemario de Enrique Saldivia, valioso fruto de una visión que busca escrutar el sí mismo por la vía, en apariencia paradójica, de abrir alma y corazón a lo-otro. Vale decir: de fusionarse con los múltiples y sugerentes fragmentos del mundo que late más allá de los ojos (mundo que, a su vez, será recreado y traducido, en inefable alquimia, por la mirada interior del poeta y la de cada uno de sus lectores). «Náufrago/ en esta silla de mimbre/ nadando de espalda», el poeta-hombre viene a nombrar y a dar su versión de aquello que el mundo es. Pero también, y sobre todo, de lo que no es, porque en el poema palpita, siempre, el canto a una ausencia; una carencia en cuya busca se arriesgan el cuerpo y la vida. El poeta se intuye náufrago sin remedio, exiliado por naturaleza; por añadidura, cuando se atina a nadar hay que hacerlo 'de espalda'. Se trata de una ardua lucha corporal corroborada, bellamente, en el poema que abre el libro: 'Busquemos con el cuerpo/ hasta que arda,/ mañana puede ser tarde/ o la música otra'. Más aún: '...se escribe con las tripas./ Con el esqueleto (...)/ Se escribe con la oreja pegada al barro.// En las piedras, esperando algún vuelo./ O Nada.'

Los títulos de las diversas secciones de este muy logrado conjunto (“De lo otro”, “De la música”, “De la esquina”, “Notas”), rinden devoto tributo a un fraseo fuertemente arraigado en lo sensual-musical, y en lo coloquial-metafísico al propio tiempo. Así, el poema «Las matemáticas y el membrillo» nos revela, en su sagaz circularidad, el punto áureo donde se reúnen el geométrico equilibrio del cosmos y el compás de unos escolares, 'ensangrentado' por el membrillo que algún descuido machacó. Claro que Saldivia ejercita también, como en un turbador juego de la escondida, ese obsesivo afán de 'esconder la llave' y sumergirse en laberintos donde se inventan 'claves, escondites/ más altos que el amanecer'. Hasta perder la llave misma, y perderlo todo, en el anhelo de irse alma-adentro; de tal modo, el protagonista de la riesgosa aventura de vivir queda 'solo/ en medio del cuarto. Sonriendo.'

La Noche, el Sol, el Silencio, son invocados a su tiempo por Enrique Saldivia en el marco de la desgarrada interrogación por el destino final de cuanto existe. No sabemos siquiera -nos dice el poeta- adónde irán esas sublimes instancias que piden ser escritas con mayúsculas: tanto menos, entonces, podremos conocer el lugar último de 'el hombre con su hombre, con su memoria,/ su semejanza, el pan, el vino/ y tantos dioses...”. Inclusive, otro poema llega a cuestionar: '¿Adónde irá esta mujer?'. Podríamos traducirlo: ¿adónde irá el cuerpo-amor, el alma-prójima y, al fin, la mujer por siempre desconocida?

Este leal hacedor de poesía sabe que todo es tanteo, adivinación casi a ciegas. No se le escapa que únicamente los sentidos, en estado de alerta, proporcionan alguna certeza: sólo ellos modulan la sinfonía vital, el canto contra la muerte que se nutre del licor de Eros. Por tal motivo, y poco menos que rozando la levedad de un haiku, Saldivia puede afirmar (a pesar de tantas y tan angustiadas dudas íntimas): 'Sólo en tu cuerpo/ el mundo no me parece/ un supennercado.' El Tiempo, Cronos, cobija ese transcurrir del amor y de su recuerdo, al punto de que el reloj puede ostentar 'las piernas abiertas', recordando la imagen de la mujer amada.

Y vuelven 'mi padre/ en su nicotina mortal', y un niño que extrae al mar 'los últimos mariscos del siglo', ambos entremezclándose con otros giros y versos en los que bullen a veces, a modo de homenaje, tintineantes reminiscencias lorquianas.

Pero acaso sea en “Notas”, el capítulo que cierra este volumen, donde Saldivia alcanza el máximo de expresión con el mínimo de material. Es capaz de interrogarse: '¿Antes del mar/ Alguien estuvo?', como de jactarse: 'Las gaviotas son mías'. El mar va y viene, rumoroso, como la vida misma, propinando sus bofetadas a las piedras que a veces quizá se perfilen duras como el miedo, ese miedo que llega tan a menudo 'con sus razones perfectas'. El último texto sugiere: 'Finalmente/ una cajita/ llena de aire/ será/ Todo.' Por fortuna, antes de ese hamletiano cierre de todo discurso y de todo esfuerzo, queda la clara palabra de la poesía. Quedan un gesto, un sonido, unos Papeles, para salvar un río espiritual que jamás dejará de correr.

Buenos Aires, Junio 2001

Papeles. Poemario de Enrique Saldivia

 

Son heridas:                      la lluvia los camin's. Rasguños:                     todo lo demás.

Grabados de Ester Fierro