Una noche de insomnio, minuciosa.

Thera es un título que llegó justo a tiempo para la impresión. Saltó en el último minuto sobre la tapa del libro, con el auxilio de un modesto lápiz de pasta. Me gusta pensar que la fuerza de las coincidencias, que llevó a Kurt a cambiar el nombre de su poemario a pocos días de ser publicado, tal como le ocurrió a Vallejo con Trilce, hará de éste un libro de relectura permanente. Se trata de un conjunto de poemas por los que siento un cariño especial, fui testigo de su proceso de escritura y, por lo mismo, la lectura que hago de él está mediatizada por las emociones que me provocaron esos asomos preliminares. Hace un par de semanas Kurt me pidió que le dijera de qué se trataba este libro. Yo le respondí que del amor y del desamor. La respuesta era bastante cursi, pero, sobre todo, inexacta, justamente porque me resultaba difícil separar la obra de su proceso. Pensaba mas bien en las lentas horas de vigilia nocturna en las que suelen superponerse las imágenes coleccionadas sobre el telón de un presente más que necesario, ineludible. Esas horas, de las que son justo reflejo estos poemas, se me aparecen ahora como una larga y minuciosa noche de insomnio, en la que los lugares comunes terminaran por mostrar su exacta relevancia. En muchos sentidos, Thera es un conjunto de situaciones inscritas dentro de atmósferas construidas con retazos de paisajes y de escenografías privadas, y  también con abstracciones, con alegorías, con la oscuridad que late dentro de la boca llena de luz que profiere palabras, instrumentos de tortura que siempre llegan a destiempo, palabras que aparecen truncadas por la memoria, pues en ella el pasado se escribe sólo en la medida de sus deformaciones. Kurt lo señala con precisión el poema “Rumor de Remos”: “Deshacer la trama // de un oscuro canto / entre los árboles. La miel / (amarga) del ojo. La  luz / que todo lo oxida // -el paisaje y los hechos-. // Y con voz de elegía eyacular / lo ruinoso: ternura de los amantes, / rumor de remos en la noche. // Cosas así // en la penumbra de un cuerpo sediento de sal”.

A lo largo de sus páginas el libro desarrolla un tejido que no sólo hilvana imágenes que se crean y recrean una y otra vez –la arena, el polvo, la luz, la sal-, sino que indaga insistentemente en los devaneos de la escritura, en sus cómo, en sus para qué, y en la condición irremediable de quien escribe con la ciega disciplina de un juez que termina por comparecer ante sí mismo, en medio de un paisaje para nada ambiguo: “Canta la boca llena de / luz hundida en la noche / de quienes no damos fruto / ni benigno ni ponzoñoso, sino / charlatanería: palabras. El monólogo / del erial”.

En lo formal, esta conciencia se despliega a través de múltiples fracturas, de espacios, de abruptos cortes de versos, de encabalgamientos repentinos, de discursos acotacionales muchas veces cifrados por la ironía, por la sequedad que recompone una tela con retacería o recoge las migas de algo disperso. Esta forma de escritura brinda muy pocas concesiones, con excepción de algunos versos, que constituyen verdaderos remansos en un cauce plagado de quiebres. Debido a esto, el libro impone un método que se va descubriendo paulatinamente en la lectura y que es necesario encontrar para desentrañar la relación que existe entre lo aparente y las cosas dichas de perfil, entre el oleaje y el silencio, por ejemplo, o entre la tinta y la ceniza, o en la tierra y la sal. Pienso en este libro como un espacio en el que la escritura se muestra por medio de sus evidencias, pero también a través de la génesis de los versos, unas veces expresada de un modo explícito, como cuando señala: “...leemos con los dedos la luz / y escribimos con cuidado / como quien se hunde en la hoja // de un cuchillo, / o una espada // al amanecer” o menos aparente, como cuando expresa: “...es el relave / de un dialecto de erratas: / ansiedad que florece como un / cascabel de lamentos templados / bajo la luna que toca tu sangre.” En síntesis, veo en Thera la exposición de un detallado y conmovedor epílogo que la escritura rinde a los hechos vividos, un epílogo que se abre y cierra con un paréntesis: “...el dolor / un buen punto de partida / para las palabras / que hablan de nosotros.” “Dejo aquí el polvo / de todo cuanto hubo. // Cuento la ganancia.” Me parece bien que así sea, que el rigor haya intervenido para señalar claramente los puntos de partida y de llegada, que la “charlatanería” con la que se refiere el oficio, tenga un espacio amplio pero definido dentro de las dos tapas del libro.

7-12-02

Un dialecto de erratas. (presentaciĆ³n a Thera, de Kurt Folch)

Me empeño en que los papeles no se desordenen sobre el escritorio para que los poemas de Thera conserven la apariencia que finalmente, ahora mismo, puestos así, prensados en la superstición del libro, constituyen la segunda publicación de Kurt Folch (en adelante Kurt), autor, antes y todavía de Viaje nocturno y, además, de una notable obra dispersa o inédita de la que la amistad y mi inmoderado interés en su poesía me han convertido en lector privilegiado. De manera que no sólo se me confunden los papeles de Thera sino que también aparecen otros papeles entremedio, papeles perdidos que, de pronto, también quieren salir en la foto, en especial dos momentos, dos fragmentos que, a pesar de que no cuento con una memoria prodigiosa, ahora, imprevista, felizmente, recuerdo de memoria. El primero proviene de la prosa impune de Egmont, logrado experimento, sonoro vistazo de Kurt al Black Book, de Lawrence Durrel:

Existe también un hombre que habla todo el tiempo a un grupo de mujeres decoradas y rellenas de carne molida y sintética, cubiertas de pelusa y semillas de flores antediluvianas. En fin, el tipo habla que habla sobre no sé qué país en donde está su amor de amores, su “más lindo y tierno amor”, de quien acaba de recibir una carta que lo ha dejado en un estado tan extraño, digamos melancólico. Las mujeres en ronda suspiran languideciendo, desangrándose, como lagartos, sonriendo satisfechas ante aquella confesión. Es asqueroso, pero divertido, no lo niego.

Y el segundo, un breve poema, rara y bellamente apolíneo:   Te pareces a alguien que no recuerdo bien pero fue hace mucho en una vieja ciudad de barcos y llovizna. Ven, háblame del bosque que viste quemarse Pronto todas las estaciones pasarán sobre nosotros Sé mi dama por un momento Bebamos té.

Creo que las notables diferencias entre ambos textos aparecen, ahora, en Thera, conciliadas. Hay, aquí, un sarcasmo lírico o una poesía del ripio, un dialecto de erratas, que corresponde, acaso, al montaje de unas líneas encima de las otras, hasta hacer un solo ruido sordo y melancólico, vago y muy preciso, a un tiempo:

 La voz de alguien que te advierte sobre el musgo que sigue creciendo y cubre las puertas como dice un poema de este libro, o todos los poemas de este libro, que todavía se me desordenan, se me confunden en un trazo repasado a lápiz, tensa, largamente: negro sobre negro sobre negro sobre negro, o una imagen por el estilo en un libro de Blaise Cendrars. La saturación de la imagen. Y, sobre todo, la extraña claridad que de ella resulta.   Thera es el monólogo de una voz quebrada, trabajosa, voluntariamente suspendida en un momento intermedio de la respiración. Cada poema reproduce en mayor o menor medida una negación del presente que es una especie de gesto estoico, necesario, para cumplir con la simple observación de los hechos, o para registrar, como decía Álvaro Mutis, como ha dicho Verónica Jiménez y como ahora dice Kurt Folch, la inocente mutación de la basura: el cadáver de la belleza o, mejor, la belleza del cadáver de la belleza: cómo se resiste largos períodos sin aire, cómo nada se construye ni se destruye, cómo dura sin detenerse la lentísima transformación de lo uno en lo mismo. No hay muerte sino una persistente corrosión, mutaciones de la basura en basura, de la belleza en belleza, hasta llegar a ese extremo en que nos gusta mucho, demasiado, insanamente, ese objeto corrompido, esa belleza, esa basura.

La mirada insiste, obsesivamente, en el pasado, aunque creo que en Thera el pasado no es exactamente una pérdida: no se regresa a la infancia para idealizar nada, sino, simplemente, porque es el tiempo y el espacio de la angustia y el sinsentido, del juego con los intrumentos de tortura, vastamente proyectado hasta el día de ayer, hasta el minuto inmediatamente anterior a este minuto. De ahí esa rara mezcla, ese humor seco, que no es propiamente ironía sino una especie de cinismo falso o sentimental o necrofílico.

Por otra parte, tengo la impresión de que el sujeto que, en Viaje nocturno, cruzaba y confundía las calles de una ciudad mítica o un pueblo fantasma, ése que fundamentalmente huía y deseaba que alguien borrara del mapa toda noción de realidad, aquí ya propiamente ha suspendido los puntos de referencia o los ha subsumido en la materia líquida de la memoria, un refugio de dudosa calaña, demás está decirlo, pero el único refugio, o la única elegancia o nobleza posibles. Aunque quizás la cosa sea mucho más simple: con este libro Kurt termina de afianzar un proyecto arbitrario, orgullosamente personal, rara y tremendamente valioso para la actual poesía chilena. Eso es lo que hay que celebrar.

Leo, no sé si a propósito, algunos fragmentos, algunos momentos de este monólogo:

Después de ti sólo hay un mundo que no quiero ver.

Con lo que resta levanto una pirámide en la noche. Traigo fuego para cremar la forma de un cuerpo negro sobre la arena; trozos de piel arrancada, costras, uñas, pelo depositado entre los pliegues de las sábanas.

**

Como todos los idiotas he rezado

para que un día,

sentada a la mesa de las putas me recuerdes como un dolor terrible que rompe los huesos.

***

Unidos a la sombra de un muro en mitad del verano

interminable. Después vino el silencio

primero a la boca, luego a los oídos. Así día tras día

bajo un cielo sin mácula sin

una gota de viento.

****

Tarde en el sueño llega el mensaje: dos

o tres

virutas de sal amargas alivian la boca

del (antiguo) aliento a légamo

negra miga del sol

de quien vuelve sediento del claro vino

del otoño derramado al aire en una solitaria y lenta ceremonia

en lo más alto de un árido paisaje materno y azul.

¿Qué más? Mucho más. Thera es un libro rabioso y delicado que, sospecho, proviene de y se dirige hacia el impecable desorden, hacia el despeñadero de la poesía, y que, como tal objeto noble y extravagante, vamos a leer y releer en total impunidad, en un lugar como este, cuando nadie interrumpe a gritos, o justamente en medio, en el centro de la fiesta, de esta fiesta, sin ir más lejos.

7.12.2002.

Thera

 

ALEGORÍA DE LA NOMINACIÓN

Un perro negro tiene la forma del hombre               que ofreció su mano a punto de sangrar o florecer               a través de la lluvia, o al sol, un animal desgreñado               como el rostro de nuestra infancia            

            en días de celebración:

pan de anís, frituras de la abuela, postres               de leche, harina, especias desparramadas               sobre el alto mesón de la cocina; y la llegada               de primas y primos de pelo como seca maleza               lacia en los bordes de la calle donde era raspado               el vidrio para curar el hilo de las comisiones.

Sombras celebradas con serpentinas y velas             sobre el pastel de rigor inclinándose cada vez un poco más              con cada deseo hasta caer como un árbol sobre la arena.

Y con la oreja al suelo fue el paso de la luna,               el espeso reptar de las mareas, la efervescencia               de un trasvasije de aguas y semillas desordenadas por el viento               que desciende desde la copa de los árboles hasta tocar               los diegos de la noche, erizando la piel de mujeres (simples               turistas) que tiemblan de puna y frío a la espera de un fenómeno celeste

(inti enfermo).

O sentadas a la mesa de las putas invocan             la tibieza de los terneros que asciende             como el vaho lechoso que empaña el aire             de pastizales (cubiertos) de escarcha.

Entre ellas descubrí la perfecta cabeza             perlada de penumbra: un trofeo            que habla aún de inmensas ciudades doradas            y del rezumar de la luz en el mármol de los templos            de civilizadas hordas de rostros neutros y blancos como la sal.

O se alza

al reír con la claridad del relámpago sobre las aguas             de todas las espadas y el (leve) sonido             de un follaje de arcanas heridas rituales             acuñadas entre los cascabeles del baile             en el fondo de los pozos del desierto.

Opresión y vastedad: ese rostro

(hermoso, tan hermoso)

como el sol que desploma flores silvestres al bajar               a beber el veneno (puro y abundante) de la luna               en el dulce fluir de la noche entre los brazos de los amantes

            ocultos

en lo hondo de las espigas,

cuando las visitas se retiran con sus niños             dormidos sobre el hombro a lo largo de ruinosos salones.             Lugares frescos, sin embargo, donde oímos la música agridulce             de gente sencilla, tristeza familiar transformada en animal doméstico             o encarnada en una madre            

(enferma)

ofreciendo el corazón de los amantes (nosotros)             hecho trizas contra los muros de alguna habitación             que todavía guarda restos de (tu) pelo desparasitado             junto a la ventana llena de un largo crepúsculo.

Eso fue todo cuanto dijimos: que el mar no es agua sino             la inmensa oscuridad natal de un hermoso depredador             fatigado que se desliza y borra rastros de heridas y huidas

como la mano que barre migas de pan entre el desorden             de trapos que ondearon como banderas de plata             y pulieron (en horas de ocio) los instrumentos de tortura:

retacería de nuestra memoria, vendajes de momia, muslo herido,            rocío sobre ojos de muertos en esta tierra tiznada de             ratas donde el amor (sol, drama, adverbio) no sana, ni desciende             como lluvia sobre el campo que contemplamos al pasar en silencio.

Esa sombra que jaspeó tu frente:            un movimiento de niebla entre las ramas de los pinos            o simplemente un cuerpo            arrastrado por caudales            lentos y turbios            

inoculando

su dormida sustancia de crisálida             hacia el oleaje y el silencio que es             como la noche pero más hermoso,             más hermoso aún que la piel de los ahogados.

THERA

Tarde en el sueño llega el mensaje: dos

o tres

virutas de sal amargas alivian la boca

del (antiguo) aliento a légamo

negra miga del sol

de quien vuelve sediento del claro vino

del otoño derramado al aire en una solitaria y lenta ceremonia

en lo más alto

de un árido paisaje materno y azul.

THE SKELETON COAST

'Here you will find peace, they said'                                                            E. Jennings

La blanca herida del sol entre la bruma es el día             sobre el monótono paisaje que aparece             sin principio ni fin tras paredes limpias             de todo señuelo para la memoria.

Desde aquí se distinguen esas altas flores             sin nombre conocido que se alzan             sobre el nivel de la maleza: grietas             extendidas hacia el cielo de la tarde.

Y constante como el cansancio o el hastío sopla el viento             arrastrando oleaje de arena, cuerpos de insectos que giran

en el polvo. No hay caminos,

huellas que seguir o luces en la noche que señalen dirección alguna.                        

Da igual. El tiempo

y la soledad no consuelan, ni conceden sabiduría:             desconocemos lo que se extiende mas allá             de esos horizontes de sal. Llegamos             a esta tierra inservible como desterrados             (nos gusta pensar) de algún antiguo imperio                        

o peces

ocultos en los rincones de un barco hundido             con la única certeza de haber sido la mala sombra             que se abrió sobre la luz del cuerpo amado,

un poco de humo

entre las piedras de cada lugar que pisamos, cargando el fastidio             de un permanente bregar entre pequeñas virtudes y torpezas,

falta de claridad:

no haber callado a tiempo, agostar             la hierba tierna que creció a nuestro alrededor.

En fin, cosas:

trucos simples para malgastar el tiempo: el vino, los amigos:             muletillas de la lengua repetidas hasta el cansancio             en el ocio de la tarde o en un cuarto a oscuras.

Nosotros que amábamos los bosques y la lluvia,

esperamos

ahora, cada día para sentarnos al sol

como si la vejez y el miedo

nos marcaran la frente pensando en la aridez de los desiertos.

BOCA DE PENUMBRA

Arriba y abajo de habitación en habitación cantas bien

            junto al desastre. La boca

incrustada de penumbra derrama sobre la carne el mosto (su marca) amargo que dioses celosos de todo cuanto has perdido

                              -la alegría de viajes inútiles, un par de lenguajes extraños; la delgada sombra azul de los árboles deshojados en grandes praderas de nieve-

depositaron

tras los huesos: es el relave de un dialecto de erratas: ansiedad que florece como un cascabel de lamentos templados bajo la luna que toca tu sangre.

Cantas bien junto al cero

de un rostro. Entreabres

la boca, murmuras algo irreparable, dices fastidio, nombras adoración.

DOS TUNDRAS

Residuos desgajados sin gracia uno sobre el otro: estepas que se trenzan y entreabren                                         -una vez

siete veces (siete

hachas) seguidas- al silencio: desovan claridad que talla salmos en nuestra lengua muerta

(calmo templo del dolor)

a la oscura orina de las oquedades que nutrió una luna

trizada

a orillas del agua lodosa.

BAJO UN CIELO INCRUSTADO

Bajo un cielo incrustado de nubes bogamos tragando oscuridad:

mudo follaje (bemoles) que fermenta en sangres distintas. Yo juego

con instrumentos de tortura. Yo juego, hablo, golpeo la cabeza contra los muros

de una ciudad extraña. En vano blanquear paredes. En vano

las oraciones en el erial. Tú pides limosna, quemas la hojarasca

y entibias tus manos bajo el cielo incrustado de nubes haraposas.

Yo templo los instrumentos de tortura. Tú haces la limosna

ofreciendo tajadas del corazón más triste de la comarca

oscurecido igual que un espejo cuando cesa la luz.

SAN JUAN

Te digo lo que sé, aquí la tradición es diferente:                        

un viento

poblado de fantasmas asola el aire con sus hojas                         y azota los postigos. Un aroma

a flores descompuestas

separa a los amantes. La luna entre las nubes             corta la leche en la misma ubre. Sombras             anidan en las ventanas. Insectos brotan             dentro de los muebles. Los gatos dejan de dormir

y tensan las orejas. Para espantar

el miedo o la mala suerte de una noche como esta de nada sirven,             por ejemplo, los disfraces, las viejas películas de terror                                                o música del trópico.

Para eso

debes beber hasta caer o quemar un ramo de espigas bendecidas y aguantar con los ojos fijos en el fuego

y los oídos

hundidos en la letanía del matriarcado de la casa             al repasar las cuentas del rosario (misterios

gozosos) entre los dedos

atentas al hervor de una tisana y a los cascos             del caballo negro que recorre los caminos

en busca de su dueño. Bajo la higuera,

entérate, el demonio enseña guitarra, lee las manos (verlo requiere salir a media noche con una vela y un espejo)

aunque si lo intentas te prevengo,

los árboles crujen como             las desvencijadas puertas de un caserón abandonado             y desde el fondo de todos los patios los perros sacuden sus cadenas                        

y gruñen

como si fueras un desconocido,             algo malo que deambula antes del alba.

VICTOR OTTO MAASS

La tierra, no el cielo, oscurece.

            Mi madre entierra a su padre: el rostro huesudo: mejillas de piel y pulpa de blanco higo reblandecido. (No

quiero verlo, pero lo veo tieso en una sala lateral de la parroquia con su mejor camisa y sin placa).

Asistido

por sus cuatro hijos (dos hombres, dos mujeres mal avenidos) y nietos bajará a tierra.

                 Mi madre lamenta la pobreza de los oficios, la lejanía del campo santo (no tener un auto) y la constante odiosidad de los hermanos en medio del crudo frío (onda polar) en que fue

a morir don Victor Otto Maass

-se acabó la claridad de ese silencio, el pan de miel, la sombra del parrón y la gata.-

                        Mi madre es un muñón de pena sola

que mira la tierra (no el cielo) oscurecida ya por los cuatro costados.

BABOSAS

Miraste,

despuntó el sol (amargo dedal de oro) del estercolero;

hizo árido lo hondamente derramado:

                                   mí sangre (desperdiciada

                        según la ley

de Dios) sobre ti:

                        hermoso rastro de babosas.

Soy entonces un durmiente, descanso sobre el dolor

del hombro; maleza

                        (soy)

                                   sobre las tumbas                                   

o a flor de agua

un cadáver en paz.

MAJUELO

En ti también se desprendió lo tallado

en la punta del corazón:

un bosque de trigo, señas copulares a la intemperie

en tiempo claro

y remoto: una sombra entre los ojos

y el sol.

TEBAIDA

Después de ti sólo hay un mundo que no quiero ver.

Con lo que resta levanto una pirámide en la noche. Traigo fuego para cremar la forma de un cuerpo negro sobre la arena: trozos de piel arrancada, costras, uñas, pelo depositado entre los pliegues de las sábanas; tu letra: símbolos opacos, palotes- punzadas que se hunden como piedras en los ojos hablando de un mito superado por la simple observación de los hechos.

El fuego dejará al sol la ceniza:

lo que no descansa en paz.

ALIENTO DE SUEÑO

Después de todo arrojo puñados de arena sobre la arena.

Soplo el aliento amargo del sueño entre los pinos.

Dejo aquí el polvo de todo cuanto hubo.

Cuento la ganancia.