Presentación de El libro de los Valles, poemario de Verónica Zondek

 

II Encuentro Iberoamericano de Creación Literaria, 1998 Especial de Escritoras. Cyberhumanitatis Nº16, primavera 2000

No sé por qué me detuve en tanto recodo, ni por qué seguí al caminante.  Sólo sé que una vez que lo hube visto sobre la sinuosa espalda de ese monte, con su ojo clavado en las heridas del paisaje, entonando la melancolía entera con sus labios, no pude detenerme.  Caminé tras su sombra hasta borrar mi propia huella, entendiendo que el ocaso de un día es eso exactamente: un negro manto de silencio derramándose hasta cubrir todo antecedente.  Y al quedar sin habla, seguí sus pasos, para ver mis propios paisajes en sus ojos y  erosionar la tierra con mis lágrimas de él.  Vi con horror, lo peor de una ciudad y en contento la belleza de algunas gentes.  Me estremecí en los bordes del  acantilado, y medí con angustia lo inevitable. Vi mi propia medida en todos los zapatos que encontré en el camino y supe que no me sería posible eludir el imán poderoso del andariego. 

El parecía no torturarse en las bifurcaciones, ni sufrir  ante la falta de respuestas.  Aparentaba traspasar incorpóreo todo conflicto, como si su andar fuese el acto de dar vuelta las  páginas  de un libro áureo.  Lo vi observar inalterado la belleza y el horror, mientras mis ojos se cubrían con olas hirvientes una y otra vez.  Entonces quise grabar lo recorrido en una página, al modo de la lluvia que graba la tierra.  A veces, tibia y dulce.  Otras, salada como la transpiración que brota del ardor y del esfuerzo.  Y otras,  como el hielo de los viajes tan lentos del témpano.  Todo ello como variadas aristas en el tiempo de un sendero por recorrer. 

Y luego la mudez de la ausencia de un cuerpo que ya no es.

Ilusión Avanza en el espejismo del contento. Busca su cuerpo en la ilusión de un sueño. Encuentra una versión completa de sí en un espéculo concertado. Camina entonces y toca su inercia. El hálito suyo es habido en insectos luminiscentes. Su ojo traspasa el poder de la vista. Su cuerpo levita. Su palabra absorbe el eco imposible. Alcanza una caricia. Su mano apresa un derrame de letanía. Nada impide la frontera de su ojo. El momento exacto es de aparición. Profundo y abierto percibe un ángel.

Profundo  en el mapa

Hay valles en el mapa que se acogen a ley de amnistía y tallan con humo su memoria ósea y no dejan rastro. Hay valles en el mapa que construyen un nombre y sobre el nombre erigen una importancia y sobre ésta se visten de gala y se inclinan con sed. Hay valles en el mapa como el suyo que no son de luz ni olvido y arrastran su ilusión hasta alguna cima sólo para resbalar por la cota contraria y volver a saborear el gusto a barro original. En su valle y ahora se sufre leve de mareo matutino y todo está pronto a parirse en algún lecho tibio. Hay en la cantera más profunda del valle un cartel cegado que reza: mi vida por dos cuencas que sepan ver. 

Mapocho

El río atrae una bandada de pájaros. Los pájaros visten negro traje y camisa blanca. Los pájaros son cerdos voladores y pastan el gris de la ciudad. El sólo observa. Inclina aterido el cuerpo sobre un borde en el Puente Pedro de Valdivia. Observa cómo sus trajes se tornan marrón. Escucha caer un lamento en los cielos del olvido. Santiago, el Valle de Gaviotas, es triste. Es de tumulto tan grande que el graznido feroz se desarma y el ojo insiste en recordar cuerpos a la deriva: carroña carroña entrañable para cerdos sin vuelo. Entre pluma tibia y tanta la memoria encuentra asilo. Es azul el horizonte y extensa el ala posible.

Hombre supremo

Valle Concreto es  entero un conquistado. Al entrar ve el brillo dactilar del constructor y ve al miembro de cepa y la seña suya en  pétrea ramificación. Valle Concreto está ordenado. No hay aliento inscrito en las aristas. Valle Concreto rechaza con determinación al helecho y evita  bordado el  pensamiento. Sus ojos acarician el acontecer del orden. El valle acoge conquistas de hombre supremo. Un tenue abrazo  pasea su primavera por las calles y  clamor no dice alguno. Ahora un cheque en blanco y la muerte del deseo.

Registro de Santiago

Merodea. Ronda el ojo en Valle Santiago. Siente la tibieza casera. Bajo una nube y sobre la nieve gravita un fantasma. Su palabra no resta cielo donde apelar. En este valle la preñez es  una circunstancia. La vida es inusitada y se prolonga en estadísticas. La muerte se esconde tras  paredes gruesas en bolsa negra y desechable. Los números funcionan. El progreso mata todo intento de recuerdo y sepulta hondo el grito de pertenencia. La memoria no es deseo. Crecen los parques domesticados. Aletea un tren por un valle subterráneo. Se puebla el campo con casas de cartón reciclado. Se desafía la lógica. Se talan los bosques de las riberas. Se siembran hormonas. Se muestra. Se alardea. Se encumbra alta la seguridad. Se prevee el avance del desastre. Se vota la impunidad. Se estimula el consenso. Se fumiga con mal de ojo al contaminado al que no viste de gris o azul marino al que mira para otro lado. Se encierra al animal por salvaje. Se entona alto la canción nacional.

En valle de oro (I)

                                    a Mauricio Redolés

Entra a Valle de Oro y aligera su ansiedad. Saluda. Brinda. Busca un maná que le sea sustancioso. Escarba con ira la oscuridad. La vida apenas alumbra. Aurea y dentro del valle brilla la posesión de  miserias. En Valle de Oro una jaula se balancea en las ramadas en flor de un jacarandá. 

y dijo:   en la misma materia nos regocijamos

Vuelve y es el campo minado de sueños. La vida crece y nuevamente produce sombra. La sombra se proyecta negra como un ataúd. En el ataúd cabe indudablemente toda una vida. Su vida completa cabe en un ataúd. Él dice: no importa todo florece. En un instante semillas por millones oscurecen el aire y montan vuelo en gigante mariposa terminal. La falta de luz es algo concreto. Tanto bicho junto dice él es opacar la visión. Evoca así en Valle Inmenso el pequeño hueco de un ser y sabe que es idéntico desliz al temblor oculto de un picaflor.

Retrato de Elqui

Sube y baja. Entra. Entra y abre sus ojos en asombro. Perdura. Aguanta paso y triste. Busca por credo lo que la conciencia manda. Escarba por un milenio en vida. Besa por cristalina la tierra. Bebe de voz el eco de gritos perdidos. Ama ensimismado. Valle Elqui se le entrega verde. Enamorado sigue el sendero. Deja sus versos y se le presta impuro. Piensa en la dicha salvación. Ve su rostro en el azul divino. Piensa: no resisto la transparencia no la ira que desciende con fulgor no los pavimentos ni el hormigueo constante de los cuerpos. Olvida  rostro y rastro. Olvida ese río que no devuelve su imagen. Se ofrenda entero.

Cuando el hombre cuando el silencio cuando en el valle de la luna (I)

Errante fabrica una mirada y ausculta el latir de la piedra. En el Valle de la Luna una sombra abulta el camino y las almas no penan. La piedra es hogar inviolable. Mano dura no hay para trizar el tiempo. Un gran terral sostiene la eternidad. Yacen aquí vidas sin muerte. Las muertes son inconmensurables y tibias. El ojo suyo no lo conmueve. El ojo suyo reflecta el silencio mío. Devuelve el calor. El se detiene. Su ojo asume el dolor del guijarro. Su ojo no viola la memoria. Los pasos resuenan pétreos a pesar de la sordina. Pesa la existencia. Pesan las rocas. Pesa la arena. Aquí se conserva la sangre de cuerpos sacrificados. La palabra sobra cuando la piedra abunda.

En valle muerto (II)

Abre el ojo. Recae sobre el cuerpo. Acaricia la carne expuesta. Puro es suave y ronroneo. Queja en atraso hueso  dislocado en el cauce calor que fluye redondez que atrae. Carne  atrapado en roqueríos de intemperie mundo y vuelta indiferente vista alejada desde el alto. No mezcla. No succión. No burla. Escamotea  poco. Llueve el deseo propietario el de ser enterrado el de tener nicho y elegir. Entonces  cubre su desnudez con tierra como diciendo hermana sólo arenisca y viento y dulzura de nada.

En valle olvido (I)

Camina leve hasta el hondo mismo del pliegue. Observa la distancia de su sombra. Sabe en profundo el por qué de sus pies. Desea sepultar aquí al triste hombre de su ojo. Desea lamer la carne con tierra en abundancia. Desea  en verde narrar su historia: Hubo un reino una vez y fue del olvido. El reino era habitado por un jardinero. El jardinero era ducho en flores de dispersa memoria y ducho en el llanto de los idos. El jardinero cementaba carreteras para despejar el paso. Y jardinero fue por siempre y náufrago triste de recuerdos en barbecho. Camina leve y abre el deseo en la de hierro y se hace al ruido y escucha en otros lo que dicen. Sí dice. Dicen que dice. Está visto que nada saben.

Subo. Respiro profundo el azul.  Trago el viento.  Suspendo el ojo en el fondo mismo del acantilado.  Posa él su cuerpo sobre la arena.  El valle lo rodea  sabedor bajo la niebla que no sube.  Cree sentir el peso de su divagar.  Cree gustar la saliva que le entorpece la lengua.  Más allá del habla, sólo flota transportado quién sabe a dónde, a cuándo.  No puede engarzar su mirada en la mía.  No puedo besar sus labios levemente entreabiertos.  No toco sus dedos en la huella delatora.  Yace en la arena poco tibia.  Separado está de mí por la náusea.  Entregado a esta muerte de gotas húmedas en el descenso.  Sin lujo que lo cubra.  Cuerpo y ombligo borrados de un plumazo. 

Tranquila.  Veo un águila allá arriba apostada.  Sé que me busca un resto de temblor.  Nada le daré.  Dejaré su aletear desesperado sobre mi alma repentina.  Dejaré que vuele.  Me quedo.  Envuelta en aire, me quedo.

Juzgan y esconden la cara

Decidido camina sin fuerza ni razón. En Valle del Colgado nadie saluda. Sólo hay ojos  e implacables murmullos y tumbas que en muertas o vivas se erigen  al acecho para castigar el error. Y qué si no es nada si el acierto nos lleva al mismo lugar si lo que importa es ese calor que acompaña aunque oscile entre norte y sur y demore siglos y recorra toda la bondad en paños punzantes porque aquí en el valle sólo permanece el cuerpo que vacila tan parecido a un engaño casi como nada.

Lejos del habla que lo dice

Desde un profundo en  Valle Encandilado observa con fascinación su propia ausencia. Vaga el paseante envuelto en su piel. Niega la sombra enhiesta huidiza hasta el hartazgo. Expuesto frente al sol no puede no quiere ser quien es. En este valle oculto a la mirada de pedro, juan y diego pretende dominar su sombra y mostrar inteligencia entre las piedras. Mas el astro rey a las doce en punto del mediodía le resta toda  seña toda realidad proyectable y lo deja de frente y entero ante la gran extensión para que sepa con la exactitud del tiempo implacable dónde cómo extravió su  cara tan pulcra y lisa tan bellamente tallada tan lejos del  habla que lo dice. Ahora camina horario continuo.  No se detiene. Entre las piernas le cuelga el cansancio de no saber.  Desea la detención en cuenca alguna, mas no reconoce rastro personal, aunque toda hendidura le recuerda algo:          una tierra entretejida              finos bordados                    hilos llantosos bajo cada piedra             zurcido perfecto de memorias, que   constituyen el susurro desvanecido, el eco casi sordo de un ayer.  Su deseo no es más que un hueco en la tierra o en el cielo donde quiere echar su hueso destetado, descarnado en el tiempo.  El tiempo, incrustado ahí, en ese pasar de noches, de estaciones, para tenerlo expectante, en busca de la sombra que lo encuentre, que lo atesore, lo acune en el tiempo por venir.  Por eso la sangre que baña estos cerros es negra, aunque no coagule, no salve a nadie, sino que impertérrita, sea ella la vida que nunca muere.

En el vacío no hay cerca ni lejos donde depositar los ojos.

En el vacío ha visto  como un mar entero se desborda a otro más vacío aún, más lejano, hasta que sus ojos sólo quieren, aúllan,  crispan el párpado por un pedazo mullido, por una carnecita, una canción de cuna  y ... descansar.

Perfección y muerte

En Valle Intacto una perfección se detiene en el tiempo. El ojo es triste más no rebalsa. La piedra crece en el corazón. Un viento exangüe fallece repentino el cabello de la niña. En Valle Intacto palpa la nada de esos cuerpos vírgenes. Huele huele el perfume artificial de unas flores plásticas y escucha escucha con pasmo los naderíos de bocas izadas. Un transcurso le trae recuerdos de esquina. Observa un plato de cristal sobre un mantel bordado. Sobre el plato brilla un trozo de muerte. Una señora delicada y bien dispuesta prepara dos lentos dedos enguantados y engulle con extrema elegancia el mejor guiso de este fin de milenio.

Por la herida ...

El camina en pausa el pastizal que resta. Recoge un trébol se infusiona el alma y así al arderse el ojo en el herido valle no ve la baba ni el contagio de la abulia inserta ya para siempre ardiente de feca en la grieta golondrinas todas entre palomas con uña y buril a los pies del mismísimo cañón.

Paisaje de sí mismo (II)

Así arde su deseo en el paisaje todo. Así es como enciende la sed en el pliegue caliente del valle. Clausura el ojo. Clausura el aliento mientras sermón arriba por el camino sube serpentea la ladera observa desde el pico la llanura extendida muerde el lóbulo pendiente de la sombra entristece el aire el azabache pulmón inflado y resopla y expele con insistencia hasta negar toda huella todo esfuerzo del delirio y mira como en blanco la savia dulce de la lis.

Éxito

Ya fuera del espejo desciende desde el alto y sabe de los cuerpos habitantes y de los doblados en dos en agradecimiento al cielo y al Señor y a lo tenido todo por natura. Ve cómo plácense del cuerpo carnoso y de lo que de ahí cuelga y de lo que les mulle el sentar y de aquello que llena sus bocas. Ve cómo sin pudor agradecen la máquina y el lirio el perro chaperón y el gato venido de dónde. Ve orden. Ve placer de orden y deseo de aplacar a quien desafíe al Señor. Mira su carne perdida. En aquí en La Merced es preciso descansar. El valle mira el harapo desgano sin asco y atraviésale el ojo acuoso y melancólico. Esto en aquí, dicen no debemos agradecer. Es un aspecto que indudable perturba. Perturba el brillo y el camino también de la huella y todo aquello que posibilita erguirse y cerrar el párpado ante tan tamaña degeneración....

Hervor de animalada 

En esta ladera sinuosa encuentra la medida. quí el paso ha de ser correcto. Una orden suprema impone la elevación de la rodilla y la puesta en tierra del completo talón. El avance sólo en lo necesario para no sufrir la cabeza. El pálpito debe escapar. Despejada  queda la arena. El discurso está por empezar. Sabio observa Valle Medido con suma atención. Sopesa el ardor de cada trozo. Sopesa la leve inclinación de la calvicie ante el ritmo desaforado. Teme por la vida. Teme por los suyos. Teme olvidar lo que sabe. Ve cómo entre la expuesta ruina de la carne asoma una voz a plena luz. Ve cómo el delirio del ave desafía todo traje. Cómo la dirección es hacia el hervor de la animalada ahí asomando bajo las hojas desechables y en cúmulo previo trámite de embolsamiento para en adecuo re-usar.

La promesa siempre latente, crece en esas aguas en apariencia  cristalinas y también en las  laderas frondosas.  Pero basta una caída incrustándose en el bajo, para saber que la vida ahí se corrompe hasta la muerte en todo lo que es carne y todo lo que es verde y porque así lo han signado los dioses.  El tiempo que se extiende infinito, más allá de la vida, talla el roquerío y los pedruscos hasta el polvo mismo e irremediable.  Créase el supenso de la esperanza en los ojos del invicto observador que no ha de hacerse del conocimiento hasta el inicio mismo del descenso.  Es entonces esta huella, horadada ya por otros, la que tomándolo de la mano lo induce, lo introduce, lo lleva en su pasmo de inocencia hacia el valle, incrustándole el ojo en el destino.  Aguanta el camino haciendo caso omiso al corrupto paulatino y omiso caso del espejo que lo devuelve trizado, fatal en conciencia sin escape.

Ocio

Ha llegado a Valle Hondo. Sobre un piso de mimbre observa los colores del cielo. Observa los colores cambiantes del monte hasta que el manto se torna morado. Se niega  al  negro y al fantasma que lo rodea inmenso. Ahora es suspenso  y se hunde. Piensa: sólo debo adentrarme. No tiene la certeza necesaria. Busca la llave sobre el púrpura del velo. Desea ser ave de corral un instante. Fiel perro ahora de su amo. Por la  tarde nota que los científicos aseguran el movimiento de los astros. Vislumbra la posibilidad de cortar el alambrado. Todo en mirando al sol sobre un piso de mimbre raído.

Morir es entero el olvido

Suspira  en alivio. La oscuridad se le ofrece como el ansia de dos cuerpos. La luz expone lo que a nadie importa. Un cuerpo debe encontrar a otro en un lecho de hojas. Un cuerpo no debe saber nada de lo que circunda a la sombra. En Valle Oscuro no existe el derecho. En Valle Oscuro está vedado el camino. En Valle Oscuro el río no se puede cruzar. M’hijo sufre prolongado su asfixia y toca con la entera yema dáctil el flanco carnoso y abierto al deseo. M’hijo muere porque morir es entero el olvido.

Está de pie.  El ojo intenso clavado en el paisaje hendido que transita como incrustado en el monte.  La hendidura cava, socava, se abre camino, ensancha un plano, soporta el sinuoso de un agua, se verdea, se abre como para mostrarle que también esta dura tierra de roca cerrada, es nada ante el bosque del tiempo.  Está de pie.  Mira.  Observa cómo el valle  se hace, se devora y se devuelve, y  ya no más, ahí mismo se deshace, se desmonta y ya, fluye la conciencia, como río que moja sus barbas. Fluye y talla, fluye y reduce, fluye y marca, valle tras valle tras valle, hasta deletrear la tierra y mostrar la vocal del eterno gemido.

Visión del oscuro

Acalorado y semi-desnudo piensa Valle Incierto en su máxima expresión. Mira el sol y no come. Es un modo de estar satisfecho. Presiente el latido. Un oscuro lo posee. Sus ojos sienten el calor y ven. Si Valle Incierto es copia de su costilla ¿qué hará con tanta certidumbre fuera del jardín?  No sé por qué después de tanto recorrido miré extendiendo mi vista hasta el infinito ni por qué me detuve en la cima escarpada en el preciso momento en que la extensión estaba clara y sus dedos alcanzaban ya al pacífico mar mientras las traseras piernas de la tierra quedaban incrustadas en el hueso vertebral de la gran cordillera costina donde también yo miraba con el paseante haciéndome de sombra el regadero de cabezas en los más diversos estados de frescor, cortadas recién y con carne o a medio descomponer o lisa y llanamente blancales ahuecados sin ojos de mirar ni boca para degustar ni oídos en busca de trinos ni nariz para oler.  Así las cosas presentí mi cabezón allá abajo en el valle y alegrome esa ligereza sobre los hombros y la espalda, que ahora exenta de dolor se erguía orgullosa sobre el pico montañoso como desafiando  a esos necios tan pensantes y densos que su peso los enterraba y enredaba hasta el hastío de sí.

Entonces  deleitome  el tibio sol sobre la cadera y la blandura del barro sobre mis pies y el estremecimiento del agua fría del mar endureciendo mi pezón y el roce del viento sobre mi espalda y la arena tibia de la playa cosquilletéandome la pantorrilla y la cálida mano del paseante en la mía, enmudecida en el sin decir pero contenta, libre al fin de tanto ojo escrutador y tanta oreja en el desborde de la queja y el llanto, liviana de eso que tanto atormenta y heme ahí, entregada a la ternura del dejar ser,  en el inmenso.

Y supe que era bueno lo que la tierra ofrecía, y que oponerse a esa entrega era vano esfuerzo de orgullo y que podría descansar libre de toda cabeza sobre cualquier valle y que la acogida sería buena y que sólo entonces, el cuerpo sería descanso y que así es la alegría.  Entonces agradecí tanto vagar, tanta indagación y tanto dolor, y agradecí también lo visto y lo tocado, lo deglutido y lo aborrecido y todo lo que osciló entre el deseo y el miedo.  Y supe que todo era preámbulo e introducción y que el placer consistía en ese fin sin demanda y en la entrega de un cuerpo cansado a lo tibio en la tierra. 

     1993-2002

Verónica Zondek, El libro de los valles. Santiago: Lom,2003.