Presentación de Isla del Rey de Clemente Riedeman

(Feria del Libro de Valdivia, 2003)

Clemente Riedemann es uno de los escritores contemporáneos fundamentales en el espacios geográfico poético del sur de Chile, así como también uno de los poetas nacionales más interesantes e innovadores desde el punto de vista del lenguaje. Valdiviano de nacimiento y de corazón -y que se me perdone la cursilería- el poeta Clemente Riedemann es un personaje conocido para todos nosotros. Nace el año 1953. Es graduado en Antropología y Profesor de Historia. Además, miembro fundador del grupo cultural Matra y permanente colaborador del Grupo Índice. Ha publicado principalmente poesía. No obstante, sus inicios en las prácticas creativas estuvieron, curiosamente, en la escritura de textos dramáticos como La hija de Lot y La Hamaca. Asimismo, parte de su trabajo creativo, principalmente durante la década de los `80, estuvo dedicado a la creación de letras para el conocido dúo Schwencke & Nilo.

Muchas de las publicaciones de Riedemann guardan cierto espíritu de continuidad entre ellas, hecho que queda evidenciado en la incorporación recurrente de poemas antiguos del autor en sus libros nuevos; gesto que apela, tal vez, a la fe del poeta en cierta capacidad asociativa y referencial que toda literatura debiera manifestar.

Karra Mawn`n ha sido uno de sus libros que más atención crítica y lectora ha suscitado. Se trata de un poema extenso en el que el hablante, a la manera de un cronista-observador, da cuenta del proceso de conquista y colonización de nuestro territorio; reivindicando una versión de la historia que incluye a las etnias originales y nociones como la de mestizaje e interculturalidad. El lenguaje empleado para ello nos remite a las crónicas historiográficas, a la antropología y a la poesía; en una forma expresiva híbrida y poco convencional que muchos han insistido en llamar 'antropología poética'. Uno de los grandes aportes y originalidades de este libro es constituir un conjunto de textos que asume una 'zona oscura de la historia de Chile', para 'resolverla a través de una escritura novedosa', citando a Óscar Galindo y David Miralles en su estupendo trabajo antológico y compilatorio 'Poetas Actuales del Sur de Chile'; Paginadura Ediciones, Valdivia, 1993.

Ha publicado Karra Maw`n (1984), Primer Arqueo (1990), Karra Maw`n y otros poemas (1995), Gente en la carretera (2001). Entre otros premios, ha recibido el Premio Pablo Neruda 1990. Pese a que hoy reside en Puerto Montt -y es allí en donde desarrolla la mayor parte de su trabajo profesional y creativo- Valdivia es un tema y un espacio recurrente en su poesía, chauvinismos aparte. Ella queda demostrado en el libro que hoy presentamos: Isla del Rey.

A propósito de Isla del Rey

El espacio protagonista es, nuevamente, el del sur de Chile. Sin embargo, ahora se trata de un lugar preciso: Isla del Rey. Pero, ¿qué clase de lugar puede ser éste sino mitológico al que nos invita un nombre tan curioso como exótico? Poseemos claves como la infancia y su imaginario en un niño valdiviano hace ya cuarenta años.

Tal como nos adelanta Floridor Pérez en su 'Invitación' al libro, Isla del Rey tiene algo de ese lenguaje de las 'Fábulas' clásicas, cuyos personajes son casi siempre animales; y cuyos argumentos aspiran dejar en los lectores una lección o 'moraleja'. Al igual que la fábula clásica, aquí es también la prosa el soporte escritural. Sin embargo, se trata de una prosa poética; y su bestiario a uno local: gallina, zorra, caballo bayo, vaca, etc. Correspondientemente, sus moralejas son sutilmente irónicas y subversivas: en una muestra de ingenio y espíritu de sobrevivenvia los animales, como los hombres, también engañan y se toman venganza. Véase a modo de ejemplo 'El Cuento de la Zorra'.

El punto de vista es ciertamente el de un niño. Pero se trata de un niño visto desde la perspectiva del transcurso de toda una vida: es decir, de un niño-viejo. En coherencia con el universo infantil, en 'Isla del Rey' el mundo es también fantástico: la violencia de la que son víctimas los animales, por ejemplo, es vengada de manera inverosímil y tragicómica. Como la escena a la que asistimos en el poema 'El secreto tiempo de las cosas'.

Y es que, efectivamente, la violencia es un tema recurrente en el poemario: la violencia propia de una época y de una cultura en la que fueron formados aquellos hombres hoy ya maduros. Una violencia incomprensible para las 'ecológicamente educadas y correctas mentalidades' actuales. Cierta atmósfera de crudeza y crueldad vista desde una perspectiva infantil que recuerda a la tradición cuentística alemana de un Wilhem Busch (1832-1908) y sus historias de los traviesos y excesivos 'Max und Moritz'. No es casual consignar aquí esta referencia, ya que uno de los componentes o sustratos culturales del sur de Chile y personales biográficos de Riedemann es la cultura colona alemana. En particular la decimonónica que se ha conservado 'aislada' y hasta casi intacta, en muchos casos, en espacios como el nuestro. Un mundo en que el pollo no llega a la mesa del niño desangrado y envuelto en un limpio y ascético envoltorio transparente. Al contrario, asistimos y comprendemos la violencia en la que fue criado, hijo de su tiempo: los ojos infantiles son testigos -por ejemplo- de cómo se mata la gallina, se cazan las aves, se 'abre' el pescado, se adoba la cabeza de un cerdo. Para el niño, es la pérdida de la inocencia, aunque no del todo, ya que no logra captar y aceptar completamente la lección en que se fusionan todas las dimensiones del mundo que, aparentemente, se oponen: violencia / ternura; muerte / vida, etc. En el universo descrito conviven sanamente polos aparentemente opuestos:

'Todos quedan satisfechos y hasta a la cocinera se le ve contenta. Sólo tú has perdido el apetito, porque aún no has separado el corazón de la cabeza. No has aprendido a matar la gallina, lección de ternura y espíritu práctico (...)'

Una última dimensión del libro a la que quisiera hacer referencia. 'Isla del Rey' es sin lugar a dudas un conjunto de textos más intimista que aquellos a los que nos tenía acostumbrados Riedemann en libros anteriores. La literatura es, ciertamente, y de manera frecuente autobiográfica. Pero en este libro Riedemann despliega de manera consciente y evidente su imaginario personal e íntimo. Ello, a través de instantáneas, breves chispazos y detalles que ha capturado la memoria. Y, pecando de psicoanalíticos, reparemos en los escenarios más recurrentes de 'Isla del Rey': la cocina, el lecho y el calor de sus sábanas. Pequeños e íntimos espacios de la vida cotidiana y su ocio.

En todos estos ámbitos personalísimos el hablante se configura como un observador profesional, rasgo ya presente en libro anteriores. Un observador atento que es capaz de descifrar aquellos misterios y escuchar aquellos susurros que cotidianamente ignoramos. Por ejemplo, el secreto que nos revela la naturaleza:

'¿A quién llaman con esos bramidos desgarradores? Hace como cuarenta años que me persiguen los mugidos de las vacas al atardecer y aún no reconozco lo que quieren expresarme con su tonalidad desconcertante (...)'.

Si aceptamos la estructura de lectura que nos propone el libro, el niño-viejo ha emprendido una travesía que irá desde 'El Malecón' (Parte I); pasando por el 'Sueño de una niña que duerme en una lancha' (Parte II), hasta el 'Bestiario Isleño' (Parte III): o la isla final. Un cambio habrá operado durante el viaje, como corresponde a toda gran aventura. Desde allí, el niño regresará transformado en otro; y tal como el hablante nos sugiere:

'(...) Y tornó a casa el niño con un remolino de imágenes en el alma'.

Indice

 

EL MALECÓN La casa junto al río En los muelles Hacia la isla Calientes reposan las cadenas Toro Bayo Esplendor de ruinas sumergidas Los ríos de la vida La otra orilla Capitanías de puerto Guacamayo Boyas Alguien grita desde la ribera La viajera SUEÑO DE LA NIÑA QUE DUERME EN LA PROA DE UNA LANCHA En los páramos Spleen y realidad A bordo Revisión de los escombros La espera Loca pero aún atada al universo Por ríos navegaste que no supiste amar Comunicaciones interrumpidas La llanura iluminada Como una castaña abierta entre las manos Flota corazón, sobre mi cabeza El rey Observaciones infantiles Rouge Corazón de lata La noche Tu alma Aquí podemos florecer Sueño de la niña que duerme en la proa de una lancha Cerezo en flor   BESTIARIO ISLEÑO Los hombres barbados Vida de las abejas Cuento de la zorra Para matar la gallina La paciencia Galope en la niebla El secreto tiempo de las cosas Mugidos de vacas al atardecer La tijera Los buitres Ví pájaros en el cielo infinito Tristeza de congrio Balada del degollado Las nubes El Tornagaleones Totoras

Selección de poemas

 

 

Isla de Rey (Selección)

Flor azul que murmura quedamente

entre piedras amarillas.

 

Georg Trakl.

 

 

I

 

 

El Malecón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CASA JUNTO AL RÍO

Sueñas con una casa junto al río, donde en el verde y el azul fluye la sangre que antes fuiste, el semen que un día te puso en circulación. Sueñas con un desfile de totoras que ponen coto al exabrupto de la ingle, allí donde tienes la certeza que, al pisar en tierra, vuelas. Sueñas con la sombra de unas hojas que se mecen en la página en que escribes. El verano expande las estrellas sobre el almácigo en que reposan tus padres.

Desabrochando la blusa, dejas ir tu corazón hacia los campos. Un horizonte de mont de la vida. El río murmura la canción que le enseñaron los dioses. Lo que se mantiene en la levedad no ha de ser corrupto.

Y aunque sus habitaciones estén vacías, la turbina desmantelada por extraños o la zarza, aún ardiendo, no te dé clarividencia, sólo en esa casa junto al río te es permitido hallar el cofre que contiene el sustento de tus días.

 

EN LOS MUELLES

Allí, donde el pelícano perdió su dignidad para ser - en la feria - menos que un mendigo, emergen los cimientos de los antiguos hangares. Escamas muertas se levantan con el polvo que el viento trae hasta tus ojos. De ese modo ves como se enrosca la lámina del día y -por la expuesta cavidad que le sucede- te es permitido acceder a dimensiones vanas.

A merced de las corrientes, sobreactúas. Arrastran, ellas, tus palabras río abajo. Entonces, descansando en la comisura de los muelles, contemplas el agua con afecto, advirtiendo que en tus pechos un momentáneo vacío les desborda.

Abandonados, la obtusa claridad de antaño; el dolor de complacer sin paga; tu ternura de desalmada. Aún en el cepo pudiste amar las nubes que te concedieron su voluble resplandor : el don de practicar la profecía a posteriori, la adivinación sobre seguro. Como el pelícano que se desvanece en cada batir de alas, así buscan tus palabras un atajo entre cabeza y corazón.

 

TORO BAYO

Todas esas gentes que cruzan el río con su roquín bajo la manga y la expectativa de pasar un día grato, ¿habrán traicionado ya sus ideales?

Querrán, ellos, contemplar sus propias sombras extendiéndose sobre los techos de la otra orilla, mientras resuenan ecos de ladridos en los callejones.

Querrán -por qué no- ajustarse el cinturón después de revolcarse en los pastizales, cuando los pequeños hijos han dado cuenta del bizcocho o merodean solitarios junto al abismo de la ribera.

Pobres gentes. Desaparecerán de todos modos sin saber qué es lo que les ha traído a este paisaje. ¿Habrán ya hipotecado sus memorias o negociado a tiempo su tajada de porvenir?

El río esconde los restos de los antiguos carnavales, cuando ser feliz no representaba ningún peligro. Ahora es el padre quien corre a los brazos del hijo y es de ese modo como se recobra el valor perdido.

 

ESPLENDOR DE RUINAS SUMERGIDAS

Miradas a la distancia, sus espaldas en el muelle parecían intactas en su viril cuadratura. Pero al acercarte, ya bien encima de su cuello, no pudiste reconocerle. Algo de él se había ido lejos y no estaba triste o alegre. Era sólo un hombre entregado a la contemplación del río.

No tenía esperanzas, ni estaba desesperado. Había aprendido a estar sereno sin ser querido. Vagabundeaba por la semana como si tuviese ésta un solo día. En la humedad de los bosques o al calor de las edificaciones brindaba igual por el porvenir.

Y cuando volvió la cabeza y te miró a los ojos, supiste que no eras tú el personaje que animaba el argumento de sus días. Y sentiste como una succión de médula o un temblor de cielo.

Ah, el esplendor de las ruinas sumergidas. La belleza de lo que fue y no puede ser restituido. El cuerpo del otro como una casa vacía. Fue bello y ya no lo es. Más, sigue siendo bello cuanto fue.

'Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra' Vicente Huidobro.

GUACAMAYO

El viento triza los espejos grisáceos. Un caballo se hunde en las quebradas del horizonte. Lejos de los arrecifes, tu alma desafina. Inútil es el canto para el corazón endurecido.

Gentilezas de corsario en el galeón invicto. Frente a la rígida alineación de hierros y almenares arde, todavía, el pabilo tributario de Sevilla. Fundar el mito: luego, cobrar peaje a los turistas.

Querrías, de momento, acudir al mar, del que te seducen sus pájaros de alas azules. Pero el corazón tienes sumergido en la intimidad de los círculos que las piedras expanden en el agua.

Por el sureste tornan las barcazas que trajeron el idioma hasta tu mesa. Densidad de las totoras que protegen las ruinosas fortificaciones.

Bajo el musgo que crece en las herrumbres se oyen los gruñidos de los que murieron sin pedir perdón.

 

ALGUIEN GRITA DESDE LA RIBERA

Los sueños nocturnos encuentran en el día la ocasión para extraviarse. Los dioses, puestos en mármol o madera, escurren por los pantalones hacia el fondo de la tierra. Las palabras, un lastre que, arrojado por la borda, devuelve un eco de dudosas significaciones. Como si alguien gritara desde la ribera en un idioma que ya nadie comprende o como una palabra en espera de otros oídos para ser atendida.

 

LA VIAJERA

Al levantar los párpados, pensaste: 'Es como si resucitara'. Bajo la ducha, brotó el orín como un oro indeseable y cantaste algunas líneas con gesto automático. Olvidada de ti, contemplaste tu rostro en el espejo : vago y aterido, pero todavía radiante. Oíste, entonces, hervir el agua en la tetera.

Esparciste la mermelada sobre el pan y -entre los sorbos al té- anudaste una cinta alrededor de tu cuello. Todo estaba hecho y echado a perder: 'No dejaré de luchar, sólo que he de hacerlo en otra parte'.

Acomodaste la mochila sobre tus espaldas y echaste la triste mirada que se da a los objetos entre los cuales se ha padecido y que sin embargo enternecen.

Ya en la cumbre de la colina, en un vértice de la silenciosa vastedad, miraste a las gallinas escarbando en la tierra oscura; los perros echados junto a la puerta de la casa; los niños correteando en torno del castaño; el hombre picando leña con un hacha; la anciana pelando ajos en pie junto a la mesa: 'Otra cosa, otra cosa buscamos'.

Estudiando la densidad y la propulsión de la neblina, descendiste -al fin- hacia los muelles. Junto a los escaños, pitó una lancha cuatro veces: 'Esta es la música que más duele'. Chapoteó la tagua entre las totoras de la orilla. Partió la nave y al cabo se internó en la masa gris del río. 'Bien, aquí vamos y a quién le importa'. En el andén -demasiado tarde- la mano de un hombre haciéndote señas.

 

II

Sueño de una Niña que Duerme en la Proa de una Lancha

SPLEEN Y REALIDAD

Algún día las puertas se marcharán lejos. Remotos vestones batirán sus goznes. Cuencas vacías las ventanas por donde el búho espiará tus merodeos. No habrá nada que, en su interior, mantenga a raya a los fantasmas, quienes te invitarán a entrar, pues algo suyo reconocerán en tu mirada. O en la piedra que solía instalarse en tu sonrisa. O en el ala del sombrero que no arrojaste al entretecho. Cuando precoz, triste es la sabiduría.

 

LOCA PERO AÚN ATADA AL UNIVERSO

Loca, pero atada aún al universo, procuras regresar desde el pantano, de tronco en tronco, con la mirada fija en los rododendros de la orilla. Todo es río en tu memoria y añoras escribir palabras nuevas o palabras dichas por otros; pero, siempre, oportunas palabras de amor.

Como ríos secos fueron tus noches en las pulperías. Obligada a mentir para obtener de la vida un gajo amable. Pero ahora, el vacío -como el amor de otrora- te protege de la necesidad de fingimiento.

 

POR RÍOS NAVEGASTE QUE NO SUPISTE AMAR

Vives para ser feliz, para dar un giro a la rueda de la desgracia. La soledad es ahora tu camarada, tu cómplice en la boga nocturna hacia el amanecer. Amando todo cuanto se deja amar, no sabes qué hacer con los que temen o se encapsulan o calculan para no entregar su corazón.

Y pensar que tú fuiste uno de ésos. Tú también te protegiste con el codo para no sentir de cerca el aliento de la vida. Y, seguramente, alguien habrá que no te eche en falta, feliz sin ti, lejos de ti, sin saber que aún le escribes.

COMUNICACIONES INTERRUMPIDAS

Se oyen gemidos, como de gente que se ahoga o copulara en los establos bajo el resplandor de los celajes. Se ven visiones previas a la letra y la sangre : como en un cine -mudo- los brazos de las tías apretándote. Jirones de una luz de cualquier modo desfalleciente. Ruidos, toses, pájaros muertos, lagartijas vueltas hacia las nubes. Se huelen ácidas las mujeres y más se las quiere. Se palpa una mano, un muslo, se besa un vientre. Una dulce conversación interrumpida por silencios aún más dulces.

LA LLANURA ILUMINADA

Me presento en tu cena como un cisne de cuello negro frente a los calamares y las copas vacías. Todo me resulta extraño, como un juego de runas ante el precipicio de la época.

Gira en el gramófono aquella melodía de cuando mis padres me llevaban a la isla. Entro, entonces, en una especie de nirvana. De hecho, ya estoy ebrio cuando veo balancearse el vino en el interior de las copas mencionada más arriba.

Mis ojos se detienen en un cuadro ubicado en el muro justo frente a mi puesto en la mesa. Veo una llanura iluminada que se extiende detrás de un cerco. Se ve próximo el mediodía, la hora en que la luz está indecisa entre seguir joven o comenzar a hundirse en las cunetas. Me veo corriendo por el pastizal, dejando a mis espaldas un sendero que el viento del verano se encarga pronto de clausurar para siempre. Y siento la infinita tristeza que sobreviene a la evocación de los días sagrados, cuando la vida era una llanura iluminada al otro lado de la verja.

Pero he aquí que una copa te sostiene, cuando la percepción de la fugacidad se te acurruca en el pecho. Y encuentras esperanza en la risa de quienes te acompañan en la mesa.

 

FLOTA, CORAZÓN, SOBRE MI CABEZA

Flota, corazón, sobre mi cabeza, que no pensó a través de ti sino para mirar los ojos de la venerada que me dio la luz y de las herederas de ese resplandor.

Aunque fue vulgar todo cuanto se presentó como nuevo y feliz, pude robar al verano una hora de belleza. Y en los ojos de los niños reconocí lo más puro que lo humano depositó sobre la tierra.

Ni el amor de hembra fue un mito inalcanzable, ni pudo el odio por mí, cortar la hebra que unió las cosas que viví y deseé.

Quizás algún rostro contempló en mi alma el estero que corre entre helechos y quilas. O el fulgor de las ciudades descubiertas desde los cielos.

Flota corazón sobre mi cabeza: fuiste corona, que no émbolo de todo cuánto anduve, de todo encuentro, de todo poema.

Ni mejor, ni peor, sino parte del todo. El sello, la guinda, la esmeralda: la corona. El sentido del afán, del sacrificio, de la fiesta: la corona.

 

EL REY

Tus ojos reúnen en la playa cuanto el mar disuelve en la memoria. Tu aliento hace que las hojas cambien de color antes de irse volando más allá del horizonte, donde otros cuerpos reciben el amor que tú sientes y no entregas.

De tus manos saltan peces rojos para que los niños puedan verles nadar entre las nubes. Cantan para ti los pájaros del bosque y aprendes de ellos la humildad de la belleza, que sabe tocar brevemente el corazón, pero para siempre.

De tus dedos surgen palabras modestas que apuntan a lo más querido que habita en el alma de la gente. Sólo entre los más sencillos descubres el secreto de la supervivencia.

Eres feliz entre estas casas, que se muestran amables aún en la pobreza.

Tras cada puerta aparece un rostro sereno donde puedes leer el sentido de la vida, pues te fue concedido el don de percibir el lado bueno de las cosas.

Y, como al pasar, das coraje al temeroso. Y a quien no sabiendo lo que es y lo que vale, se lo das a conocer, para que pueda sonreír al comienzo del día.

 

SUEÑO DE LA NIÑA QUE DUERME EN LA PROA DE UNA LANCHA

Hebras de castaño se arremolinan en tu rostro. Entre aljibes, guarnecida de los vientos del oeste, duermes, sorda a los apremios de perentorias instrucciones. Tus jeans están gastados. Les hiciste, adrede, cortes en las rodillas. Bajo la trama descuajada de la tela azul se advierte, lozana, la potencia transitoria de la carne.

Sin agredir ni defenderte, entre barricas de miel y sacos de papas, duermes. La violencia dispersó a tu gente, pero aún amas lo que este mundo consigue transfigurarse. Las camelias te saludan cuando abres la ventana al amanecer.

Te sueñas desnuda entre flores azules y rosadas: grandes naranjas te sonríen; las aves del trópico repliegan sus alas; las bestias -rodeadas de palmas- yerguen sus pescuezos por sobre el pastizal. Pasan y pasan las nubes por la pupila de un ojo alucinante.

Sueñas con una glorieta donde abunda el cedrón y se ven, a cierta distancia, las manzanas caer de los árboles. Allí pende todavía la que querías alcanzar, cuando los mayores te dejaban sola para ir por una cópula sobre un sillón ensangrentado.

Sueñas con el bruñido cañón del máuser adosado al muro junto a una novela de Cronin. El olor a humedad, el ocre contorno de esas páginas, su rotundo abandono bajo la sombra de los escaños, cobijaron en tu alma los primeros sentimientos de piedad.

Tu motivo fue ese para leer una mañana. Descubriste que, en tu mente, pasadizos secretos conectaban con grandes avenidas. Y que al cerrar las tapas del empaste, las palabras te decían cosas por su cuenta. Comprendiste por qué los mayores podían estarse quietos durante una hora.

Sueñas con altas casas de techos rojos en una ciudad donde tal vez no pudiste ser feliz. Demasiado orgullosa para perdonar, sus calles eran para ti canaletas por donde fluían al amanecer las cabezas de tus antiguos amantes.

Sueñas con una abeja sosteniéndose en el aire frente al espejo florido de las habas. Y con las púas de la alcachofa -sueñas- rasgándote la blusa, para delirio de los chercanes, de los tordos rasantes y de los falsos zorzales.

añas te guarnece del amor que en tu memoria cavó la juventud. Amor que te bendijo cuando aún no comprendías la lengua de la vida. El río murmura la canción que le enseñaron los dioses. Lo que se mantiene en la levedad no ha de ser corrupto.

Y aunque sus habitaciones estén vacías, la turbina desmantelada por extraños o la zarza, aún ardiendo, no te dé clarividencia, sólo en esa casa junto al río te es permitido hallar el cofre que contiene el sustento de tus días.

 

EN LOS MUELLES

Allí, donde el pelícano perdió su dignidad para ser - en la feria - menos que un mendigo, emergen los cimientos de los antiguos hangares. Escamas muertas se levantan con el polvo que el viento trae hasta tus ojos. De ese modo ves como se enrosca la lámina del día y -por la expuesta cavidad que le sucede- te es permitido acceder a dimensiones vanas.

A merced de las corrientes, sobreactúas. Arrastran, ellas, tus palabras río abajo. Entonces, descansando en la comisura de los muelles, contemplas el agua con afecto, advirtiendo que en tus pechos un momentáneo vacío les desborda.

Abandonados, la obtusa claridad de antaño; el dolor de complacer sin paga; tu ternura de desalmada. Aún en el cepo pudiste amar las nubes que te concedieron su voluble resplandor : el don de practicar la profecía a posteriori, la adivinación sobre seguro. Como el pelícano que se desvanece en cada batir de alas, así buscan tus palabras un atajo entre cabeza y corazón.

 

TORO BAYO

Todas esas gentes que cruzan el río con su roquín bajo la manga y la expectativa de pasar un día grato, ¿habrán traicionado ya sus ideales?

Querrán, ellos, contemplar sus propias sombras extendiéndose sobre los techos de la otra orilla, mientras resuenan ecos de ladridos en los callejones.

Querrán -por qué no- ajustarse el cinturón después de revolcarse en los pastizales, cuando los pequeños hijos han dado cuenta del bizcocho o merodean solitarios junto al abismo de la ribera.

Pobres gentes. Desaparecerán de todos modos sin saber qué es lo que les ha traído a este paisaje. ¿Habrán ya hipotecado sus memorias o negociado a tiempo su tajada de porvenir?

El río esconde los restos de los antiguos carnavales, cuando ser feliz no representaba ningún peligro. Ahora es el padre quien corre a los brazos del hijo y es de ese modo como se recobra el valor perdido.

 

ESPLENDOR DE RUINAS SUMERGIDAS

Miradas a la distancia, sus espaldas en el muelle parecían intactas en su viril cuadratura. Pero al acercarte, ya bien encima de su cuello, no pudiste reconocerle. Algo de él se había ido lejos y no estaba triste o alegre. Era sólo un hombre entregado a la contemplación del río.

No tenía esperanzas, ni estaba desesperado. Había aprendido a estar sereno sin ser querido. Vagabundeaba por la semana como si tuviese ésta un solo día. En la humedad de los bosques o al calor de las edificaciones brindaba igual por el porvenir.

Y cuando volvió la cabeza y te miró a los ojos, supiste que no eras tú el personaje que animaba el argumento de sus días. Y sentiste como una succión de médula o un temblor de cielo.

Ah, el esplendor de las ruinas sumergidas. La belleza de lo que fue y no puede ser restituido. El cuerpo del otro como una casa vacía. Fue bello y ya no lo es. Más, sigue siendo bello cuanto fue.

'Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra' Vicente Huidobro.

GUACAMAYO

El viento triza los espejos grisáceos. Un caballo se hunde en las quebradas del horizonte. Lejos de los arrecifes, tu alma desafina. Inútil es el canto para el corazón endurecido.

Gentilezas de corsario en el galeón invicto. Frente a la rígida alineación de hierros y almenares arde, todavía, el pabilo tributario de Sevilla. Fundar el mito: luego, cobrar peaje a los turistas.

Querrías, de momento, acudir al mar, del que te seducen sus pájaros de alas azules. Pero el corazón tienes sumergido en la intimidad de los círculos que las piedras expanden en el agua.

Por el sureste tornan las barcazas que trajeron el idioma hasta tu mesa. Densidad de las totoras que protegen las ruinosas fortificaciones.

Bajo el musgo que crece en las herrumbres se oyen los gruñidos de los que murieron sin pedir perdón.

 

ALGUIEN GRITA DESDE LA RIBERA

Los sueños nocturnos encuentran en el día la ocasión para extraviarse. Los dioses, puestos en mármol o madera, escurren por los pantalones hacia el fondo de la tierra. Las palabras, un lastre que, arrojado por la borda, devuelve un eco de dudosas significaciones. Como si alguien gritara desde la ribera en un idioma que ya nadie comprende o como una palabra en espera de otros oídos para ser atendida.

 

LA VIAJERA

Al levantar los párpados, pensaste: 'Es como si resucitara'. Bajo la ducha, brotó el orín como un oro indeseable y cantaste algunas líneas con gesto automático. Olvidada de ti, contemplaste tu rostro en el espejo : vago y aterido, pero todavía radiante. Oíste, entonces, hervir el agua en la tetera.

Esparciste la mermelada sobre el pan y -entre los sorbos al té- anudaste una cinta alrededor de tu cuello. Todo estaba hecho y echado a perder: 'No dejaré de luchar, sólo que he de hacerlo en otra parte'.

Acomodaste la mochila sobre tus espaldas y echaste la triste mirada que se da a los objetos entre los cuales se ha padecido y que sin embargo enternecen.

Ya en la cumbre de la colina, en un vértice de la silenciosa vastedad, miraste a las gallinas escarbando en la tierra oscura; los perros echados junto a la puerta de la casa; los niños correteando en torno del castaño; el hombre picando leña con un hacha; la anciana pelando ajos en pie junto a la mesa: 'Otra cosa, otra cosa buscamos'.

Estudiando la densidad y la propulsión de la neblina, descendiste -al fin- hacia los muelles. Junto a los escaños, pitó una lancha cuatro veces: 'Esta es la música que más duele'. Chapoteó la tagua entre las totoras de la orilla. Partió la nave y al cabo se internó en la masa gris del río. 'Bien, aquí vamos y a quién le importa'. En el andén -demasiado tarde- la mano de un hombre haciéndote señas.

 

II

Sueño de una Niña que Duerme en la Proa de una Lancha

SPLEEN Y REALIDAD

Algún día las puertas se marcharán lejos. Remotos vestones batirán sus goznes. Cuencas vacías las ventanas por donde el búho espiará tus merodeos. No habrá nada que, en su interior, mantenga a raya a los fantasmas, quienes te invitarán a entrar, pues algo suyo reconocerán en tu mirada. O en la piedra que solía instalarse en tu sonrisa. O en el ala del sombrero que no arrojaste al entretecho. Cuando precoz, triste es la sabiduría.

 

LOCA PERO AÚN ATADA AL UNIVERSO

Loca, pero atada aún al universo, procuras regresar desde el pantano, de tronco en tronco, con la mirada fija en los rododendros de la orilla. Todo es río en tu memoria y añoras escribir palabras nuevas o palabras dichas por otros; pero, siempre, oportunas palabras de amor.

Como ríos secos fueron tus noches en las pulperías. Obligada a mentir para obtener de la vida un gajo amable. Pero ahora, el vacío -como el amor de otrora- te protege de la necesidad de fingimiento.

 

POR RÍOS NAVEGASTE QUE NO SUPISTE AMAR

Vives para ser feliz, para dar un giro a la rueda de la desgracia. La soledad es ahora tu camarada, tu cómplice en la boga nocturna hacia el amanecer. Amando todo cuanto se deja amar, no sabes qué hacer con los que temen o se encapsulan o calculan para no entregar su corazón.

Y pensar que tú fuiste uno de ésos. Tú también te protegiste con el codo para no sentir de cerca el aliento de la vida. Y, seguramente, alguien habrá que no te eche en falta, feliz sin ti, lejos de ti, sin saber que aún le escribes.

COMUNICACIONES INTERRUMPIDAS

Se oyen gemidos, como de gente que se ahoga o copulara en los establos bajo el resplandor de los celajes. Se ven visiones previas a la letra y la sangre : como en un cine -mudo- los brazos de las tías apretándote. Jirones de una luz de cualquier modo desfalleciente. Ruidos, toses, pájaros muertos, lagartijas vueltas hacia las nubes. Se huelen ácidas las mujeres y más se las quiere. Se palpa una mano, un muslo, se besa un vientre. Una dulce conversación interrumpida por silencios aún más dulces.

LA LLANURA ILUMINADA

Me presento en tu cena como un cisne de cuello negro frente a los calamares y las copas vacías. Todo me resulta extraño, como un juego de runas ante el precipicio de la época.

Gira en el gramófono aquella melodía de cuando mis padres me llevaban a la isla. Entro, entonces, en una especie de nirvana. De hecho, ya estoy ebrio cuando veo balancearse el vino en el interior de las copas mencionada más arriba.

Mis ojos se detienen en un cuadro ubicado en el muro justo frente a mi puesto en la mesa. Veo una llanura iluminada que se extiende detrás de un cerco. Se ve próximo el mediodía, la hora en que la luz está indecisa entre seguir joven o comenzar a hundirse en las cunetas. Me veo corriendo por el pastizal, dejando a mis espaldas un sendero que el viento del verano se encarga pronto de clausurar para siempre. Y siento la infinita tristeza que sobreviene a la evocación de los días sagrados, cuando la vida era una llanura iluminada al otro lado de la verja.

Pero he aquí que una copa te sostiene, cuando la percepción de la fugacidad se te acurruca en el pecho. Y encuentras esperanza en la risa de quienes te acompañan en la mesa.

 

FLOTA, CORAZÓN, SOBRE MI CABEZA

Flota, corazón, sobre mi cabeza, que no pensó a través de ti sino para mirar los ojos de la venerada que me dio la luz y de las herederas de ese resplandor.

Aunque fue vulgar todo cuanto se presentó como nuevo y feliz, pude robar al verano una hora de belleza. Y en los ojos de los niños reconocí lo más puro que lo humano depositó sobre la tierra.

Ni el amor de hembra fue un mito inalcanzable, ni pudo el odio por mí, cortar la hebra que unió las cosas que viví y deseé.

Quizás algún rostro contempló en mi alma el estero que corre entre helechos y quilas. O el fulgor de las ciudades descubiertas desde los cielos.

Flota corazón sobre mi cabeza: fuiste corona, que no émbolo de todo cuánto anduve, de todo encuentro, de todo poema.

Ni mejor, ni peor, sino parte del todo. El sello, la guinda, la esmeralda: la corona. El sentido del afán, del sacrificio, de la fiesta: la corona.

 

EL REY

Tus ojos reúnen en la playa cuanto el mar disuelve en la memoria. Tu aliento hace que las hojas cambien de color antes de irse volando más allá del horizonte, donde otros cuerpos reciben el amor que tú sientes y no entregas.

De tus manos saltan peces rojos para que los niños puedan verles nadar entre las nubes. Cantan para ti los pájaros del bosque y aprendes de ellos la humildad de la belleza, que sabe tocar brevemente el corazón, pero para siempre.

De tus dedos surgen palabras modestas que apuntan a lo más querido que habita en el alma de la gente. Sólo entre los más sencillos descubres el secreto de la supervivencia.

Eres feliz entre estas casas, que se muestran amables aún en la pobreza.

Tras cada puerta aparece un rostro sereno donde puedes leer el sentido de la vida, pues te fue concedido el don de percibir el lado bueno de las cosas.

Y, como al pasar, das coraje al temeroso. Y a quien no sabiendo lo que es y lo que vale, se lo das a conocer, para que pueda sonreír al comienzo del día.

 

SUEÑO DE LA NIÑA QUE DUERME EN LA PROA DE UNA LANCHA

Hebras de castaño se arremolinan en tu rostro. Entre aljibes, guarnecida de los vientos del oeste, duermes, sorda a los apremios de perentorias instrucciones. Tus jeans están gastados. Les hiciste, adrede, cortes en las rodillas. Bajo la trama descuajada de la tela azul se advierte, lozana, la potencia transitoria de la carne.

Sin agredir ni defenderte, entre barricas de miel y sacos de papas, duermes. La violencia dispersó a tu gente, pero aún amas lo que este mundo consigue transfigurarse. Las camelias te saludan cuando abres la ventana al amanecer.

Te sueñas desnuda entre flores azules y rosadas: grandes naranjas te sonríen; las aves del trópico repliegan sus alas; las bestias -rodeadas de palmas- yerguen sus pescuezos por sobre el pastizal. Pasan y pasan las nubes por la pupila de un ojo alucinante.

Sueñas con una glorieta donde abunda el cedrón y se ven, a cierta distancia, las manzanas caer de los árboles. Allí pende todavía la que querías alcanzar, cuando los mayores te dejaban sola para ir por una cópula sobre un sillón ensangrentado.

Sueñas con el bruñido cañón del máuser adosado al muro junto a una novela de Cronin. El olor a humedad, el ocre contorno de esas páginas, su rotundo abandono bajo la sombra de los escaños, cobijaron en tu alma los primeros sentimientos de piedad.

Tu motivo fue ese para leer una mañana. Descubriste que, en tu mente, pasadizos secretos conectaban con grandes avenidas. Y que al cerrar las tapas del empaste, las palabras te decían cosas por su cuenta. Comprendiste por qué los mayores podían estarse quietos durante una hora.

Sueñas con altas casas de techos rojos en una ciudad donde tal vez no pudiste ser feliz. Demasiado orgullosa para perdonar, sus calles eran para ti canaletas por donde fluían al amanecer las cabezas de tus antiguos amantes.

Sueñas con una abeja sosteniéndose en el aire frente al espejo florido de las habas. Y con las púas de la alcachofa -sueñas- rasgándote la blusa, para delirio de los chercanes, de los tordos rasantes y de los falsos zorzales.