Carlos Henriskon, 'Blusero porteño'

Carlos Henrickson (Santiago, 1974) es un poeta poco conocido en el medio chileno, mas no por ello inactivo. Su palmarés, reproducido en una solapa donde además se incluye una poco favorable foto del autor, cuenta con no unos cuantos logros en el plano editorial, como libros y plaquettes propios, además de la preparación de una antología de poetas de Valparaíso (sin ir más lejos ocupó -u ocupa- el cargo de secretario del capítulo porteño de la SECH) y la traducción de poemas de Tristan Corbière.

Harto más acá del puerto, Ediciones del Temple lanza al ruedo 'An Old Blues Songbook', un conjunto de 53 poemas más que correctos, donde la palabra fluye con un ritmo poco acompasado, pero no sin una densidad que permita la 'licencia' de descuidar la cadencia. Sin caer en una prosa poética grandilocuente y hueca, el autor logra plasmar un lenguaje bien adornado, aunque por momentos tropieza ya sea por la falta de ritmo, o por cierta imprecisa colocación de algunos versos, o bien por una descuidada puntuación (exceso de comas, básicamente) en ciertos poemas, que atentan contra el denso discurso que Carlos Henrickson transmite.

Sin embargo, el autor nos entrega un conjunto de poemas donde la referencia musical del título, y las múltiples referencias a la poesía que hay en el texto son una suerte de excusa, un medio para graficar todo un desagarrado sentimiento que pareciera incubarse mientras se escucha el rasgueo contundente de una guitarra blusera. Lo señala claramente el propio autor '(..)no hay/ consideraciones estéticas, música ni poesía en esto'. La nostalgia, el desamparo citadino y el desgarro del hombre son el escenario en el que el blues es una adecuada música de fondo.

Con todo, hay que prestar atención a este libro, que a pesar de sus pifias, ilustra la voz potente de un autor que tiene todo un cancionero que verter sobre él mismo y sus circunstancias. Lo ha hecho acá, con un rasgueo llamativo, interesante, y a pesar de desafinar en algunas ocasiones, hay que estar al pendiente de la próxima tonada que nos regale el blusero porteño, Carlos Henrickson.

 

 

Carlos Henrickson

'An Old Blues Songbook'

Ediciones del Temple, Santiago, 2006, 63 págs.

Rodrigo Lira. Un poltergeist que nos viene a destapar los pies

Si Nicanor Parra y Enrique Lihn son actualmente los sumos pontífices de la poesía chilena actual, entonces Rodrigo Lira (1949-1981) debería ser situado como una versión alterna del Cristo de Elqui, un cura de Catapilco o un Rasputín de la poesía criolla. No está rodeado de un aura de santidad inmaculada, pero es una figura irresistible, llena de carisma, ventrilocuismo, parodias certeras, y una gran poesía. Nuevamente, si situamos hoy a Lihn y Parra en los pináculos de nuestro panteón poético (permítase el Parricidio anticipado), Lira sería definitivamente un espíritu chocarrero, un poltergeist que nos viene a destapar los pies en la noche, botar los libros de las repisas y a tumbar a los vates olímpicos.

Por años su poesía circuló mayormente de mano en mano, clandestina, fotocopiada, y sabrosa. Hasta que finalmente en el año 2003, Roberto Merino se puso las pilas y homenajeó a su compañero de andanzas al editar por fin ese infinitamente pirateado 'Proyecto de obras completas', haciendo un aporte macizo a la poesía joven actual, que tiene -y con toda razón-, a Lira entre sus estampitas sagradas. Encasillarlo como 'poeta maldito' (o como el esquizofrénico que participó en 'Cuánto vale el show') sería no solo tener la vista corta, sino derechamente faltarle el respeto y hasta caer en el mal gusto, pues con estas evidencias editoriales Lira dejó de ser leyenda urbana, payaso o caso clínico, y pasó a ser un autor de credenciales, uno de nuestros grandes poetas.

Hoy es el poeta y editor Adán Méndez quien echa felices luces sobre la trayectoria poética de Rodrigo Lira con el libro 'Declaración Jurada' (Ediciones UDP, 2006), otro gran aporte editorial para seguir armando y ordenando ese puzzle inorgánico y desperdigado que es la obra literaria de Rodrigo Gabriel Lira Canguilhem, obra inorgánica, pero que denota un factor común: a Lira como un angurriento de la palabra, con un deseo inextinguible de expresión, que queda palmariamente demostrado en este volumen, donde Lira reconvierte su currículum -texto soso por definición casi-, y realmente define su propio ser, escapando incluso a la caricatura que pudo significar el aspirar a un puesto de trabajo con semejantes papeles.

La gran proeza poética que logró Rodrigo Lira con su escritura fue poder continuar con la labor antipoética de Nicanor Parra -un fierro candente en sí mismo-, sin caer en lo que cayeron la cuasi totalidad de los seguidores del autor de 'Canciones rusas': el ser un mero copión. Lira verdaderamente prolonga la labor parriana, no por el simple hecho de escribir poesía 'coloquial' o 'humorística', sino que por utilizar, con singular genialidad, todo escrito pedestre y reconvertirlo en poesía o literatura, todo esto como consecuencia de su constante premura expresiva.

'Todo es poesía menos la poesía' reza un artefacto de Parra; pues bien, Rodrigo Lira coincidió al pie de la letra al menos con la primera parte de la sentencia. Y si a eso le agregamos que logra sazonar esto con unas gotas de Enrique Lihn, es suficiente como para situar a Rodrigo Lira -y su alarido que nos ha perseguido durante un cuarto de siglo tras su muerte-, en un lugar de privilegio.

 

 

 

Rodrigo Lira

'Declaración jurada'

Selección y edición de Adán Méndez

Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 97 págs.

Cristobal Joannon. Los siúticos innatos

Cristóbal Joannon es un nombre que circula por la poesía chilena, ya sea por versos así como por su trabajo de crítica literaria y la edición, donde lleva buen tiempo entregando interesantes y agudos puntos de vista sobre la actualidad poética. Sindicado en cierto grupo de poetas de la PUC, junto a David Preiss, Joannon recientemente ha sacado a la luz un libro de poemas, Tabula Rasa (Ed.Tácitas, 2005), el tercero en la producción de este periodista, que desde 1998 fue armando este sucinto, pero sustancioso volumen, editado por las siempre correctas Ediciones Tácitas.

El mismo Joannon señaló en una entrevista a LUN que no se sienta a escribir poesía, sino que esta le surge en ataques de 'descontrol verbal'. Ello, unido al radical título del poemario, podría llevar a pensar en una desbordada verborrea o cascada de imágenes, pero felizmente, sucede todo lo contrario. Joannon nos entrega en este libro una perspicacia franca y justa que en el ADN poético nacional estaría en los cromosomas Lihn, Parra, Bertoni e incluso Gonzalo Millán. Esto es un discurso directo, pleno de imágenes que dan en el clavo, y que unidas, arman un conjunto que fluye como una canción, o quizás como un rezo.

Una cosa es clara, Joannon tenía cosas que decir; ora punzantes, ora iracundas. Haga a quien haga referencia, Joannon logra anular un posible exceso de acritud con un imaginario bien descrito, con un genuino retrato de su entorno. Llama la atención el poema 'Musa', donde hasta el oficio poético no se pudo salvar de la franqueza de Joannon, donde de paso nos da a conocer su desconfianza, el 'no a este ejercicio' a la manera de Enrique Lihn, 'Confirmamos tus inútiles designios./ En esta ocupación de siúticos innatos,/ de patanes que expelen fluoxetina,/ es tan poco lo que uno puede hacer/ (...) Es verdaderamente increíble que uno insista/ durante tiempo con lo mismo.

Joannon nos entrega su fuerza sin maquillajes, no una poesía golpeadora, sino que es lo suficientemente potente para impactar, pero también para generar la reflexión, la vuelta a estas imágenes feroces, sin ambages y, por sobre todo, con poesía que no le rinde cuentas a nadie, pero que nos dice de qué van realmente algunos aspectos del mundo que nos rodea.

 

 

Cristóbal Joannon

'Tabula rasa'

Ediciones Tácitas, Ancud, 2005, 33 págs.

Hector Hernandez Montecinos, Título

Hace un tiempo, quien suscribe tuvo la oportunidad de comentar otro libro del singular poeta Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979), 'El barro lírico de los mundos interiores más oscuros que la luz' (Contrabando del bando en contra, 2003), y en esa ocasión se señalaron unas cuantas cosas que podrían servir al lector para armar un identikit del autor. Como la idea no es dejar en penumbras al lector, pero tampoco repetir al pie de la letra lo ya escrito, vayan unos highlights de la crítica previa. Leer a este poeta es una experiencia en sí misma, y estar desprovisto de algunos referentes no es lo más recomendable. Segundo, que su escritura es de una singularidad que la distingue del resto de la lírica joven chilena, y que, pasado el tiempo, hace que hoy unos cuantos jóvenes que hacen sus primeras armas en poesía sigan las formas de Hernández. Tercero, Hernández mantiene intactas tanto su capacidad literaria así como su sapiencia lingüística.

Vamos ahora a [Coma] (MANTRA editorial, 2006), libro que es parte de una saga que Hernández inició hace años con 'Este libro se llama como el que yo una vez escribí', prosiguió con 'El barro...' y supuestamente culmina con el presente volumen. Mencionemos primero algunas encomiables mejoras en la edición; uno: páginas numeradas (su ausencia era inexcusable) dos: una edición cuidada, con una tipografía y tipo de papel que hace de MANTRA el escalón superior a 'Contrabando...' tres: índice, lo que finalmente hace notar que las ediciones de Héctor Hernández al fin se pusieron pantalones largos, y le hacen un servicio a su propia poesía, antes que un autogol.

Luego, el texto. Un sello indeleble de que este libro se parece a los dos anteriores es la presencia copiosa de esa expresión desbocada, brutal e interior que plasma el autor en un gran porcentaje del volumen. Claramente Hernández es su propia escritura, y lo hace saber al lector. Y, hay que decirlo, tras leer cerca de mil (!) páginas de escritura parecida, ya cae algo pesada. Pero bien se ha dicho por ahí (de boca de Raúl Zurita, si la memoria no traiciona) que la obra de los poetas se salva por un puñado de poemas de gran calidad, lo que queda refrendado en este libro, específicamente en la sección 'La aparición del día'. Acá es posible ver a un Héctor Hernández que puede superar ese relato verborreico, desesperado y violento de su yo, su literatura y sus circunstancias (solapa de este libro incluida) y saca a la luz poesía de alto vuelo, invencible al tiempo, galvanizada de una pátina de suficiencia que es perfectamente capaz de llegar e impactar al 'gran público'. Esos versos de alto vuelo que asomaron en los volúmenes anteriores, hoy encuentran más espacio y un fulgor y calidad también mayores, en vez de rizar el rizo del discurso personal y delirante.

Lo anterior se suma a otra gran cualidad de esta poesía, y de la de muchos a los poetas que en la actualidad escriben o editan: la acuciosa revisión y reescritura de la poesía chilena del siglo XX. Hernández Montecinos tiene por delante un futuro escritural ajetreado, pues es una de las plumas más movidas, abundantes e inquietas de la poesía actual. Con él no nos quedaremos cortos de versos, y si se mantiene la tendencia, más pepitas de oro quedarán luego de lavar ese río interminable y caudaloso que es la poesía de Héctor Hernández Montecinos.

 

 

Héctor Hernández Montecinos

'[Coma]'

MANTRA Editorial, Santiago, 2006, 379 págs.

Gonzalo Millan, Un homenaje póstumo

El pasado sábado 14 de octubre, el poeta nacional Gonzalo Millán (1947-2006) sucumbió finalmente al cáncer que lo aquejó durante gran parte de su vida. Símbolo de la Generación del 60, y de la poesía chilena, el deceso de Millán sorprendió a todos, dejando un vacío grande en la literatura chilena.

Sin proponérselo, la editorial de la Universidad Diego Portales lanzó una reedición de Relación Personal, un libro de juventud de Millán, siendo el inicio de una senda poética, que remate con al uno de los libros fundamentales de la poesía chilena como 'La Ciudad' (1979). Hay que señalar que no solamente las trágicas circunstancias del deceso de Millán le dan relevancia a esta edición. Si Millán no hubiera fallecido, el libro tiene el gran valor intrínseco de reeditar uno de las obras más sorprendentes y golpeadoras de la poesía chilena de los años 60, y si más encima es una edición enriquecida. Se podría caer en el cliché de que Gonzalo Millán seguirá vivo en su poesía, pero caer en esta manida sentencia, es también una gran obviedad.

El germen de 'Relación Personal' fue una novela fallida, que fue rechazada por la editorial Zig-Zag por ser 'una historia ripiosa', como señala en el prólogo el escritor y docente Alejandro Zambra (también así se lo expresó a quien escribe en una entrevista publicada en este medio en mayo pasado). Ese lenguaje 'ripioso' se transformó en un libro de poemas, cuyas imágenes, representadas con un lenguaje poderoso, y exacto, donde no sobra nada, pero donde pareciera decirse todo.

No será la muerte lo que haga que la poesía de Gonzalo Millán perdure, será su calidad encomiable, desprovista de ruido y pirotecnia. Ni tampoco serán nuevos homenajes las reediciones por venir, sino muestras definitivas y perdurables, de por qué Gonzalo Millán fue uno de los mejores poetas chilenos del siglo XX.

 

 

Gonzalo Millán

'Relación Personal'

Ediciones U. Diego Portales, Santiago, 2006, 75 págs.

David Bustos, Rozándole la nariz a la poesía

David Bustos (Santiago,1972) no es una voz nueva en la poesía joven chilena. Desde hace un buen tiempo sus poemas han circulado en varias revistas, figurado en unas cuantas antologías, y principalmente, ha sacado a la luz dos libros de poemas, 'Nadie lee del otro lado' (2001) y 'Zen para peatones' (2004). Ahora ha llegado a las librerías el tercer volumen este poeta, becario de la Fundación Neruda y guionista de telenovelas, llamado 'Peces de colores' (LOM, 2006).

Hay unas cuantas cosas que se pueden desprender de la lectura de este libro. La primera de ellas es que se nota que este libro es una suerte de continuación de 'Zen para peatones', en el sentido de que aquí nuevamente nos habla una voz continuada, una voz singular que mantiene un tono que busca mantener una suerte de escepticismo, una suerte de juego introspectivo, que regala imágenes interesantes que sirven para retratar una agradable lucidez que reluce no pocas veces en estos versos. Bustos ya tiene un sello, una voz clara, una crónica que tiene cuerda para rato.

Otro aspecto interesante es que se nota que Bustos no hace oídos sordos a la tradición poética chilena (como la gran mayoría de los poetas jóvenes de la actualidad); así nos encontramos con guiños a Huidobro, Neruda y Lihn, pero también hay referencias a sus compañeros de generación, como Andrés Andwandter y sus 'Especies intencionales'. Más que apostillas y gestos oportunos, queda claro que David Bustos es un poeta que está atento a lo que sucede a su alrededor, y que tiene la habilidad para traducirlo en versos e imágenes, usando sus propios medios, sin recurrir a citas literatosas, ni echando en cara que es un lector atento. Eso siempre lo agradecerán quienes saben apreciar la buena poesía

Ya sea un pez que estrella su nariz contra su prisión de vidrio, babosas, o Jesucristo sangrante (imágenes que no tienen que relacionarse entre sí necesariamente), Bustos nos transmite acertadamente, entre otras cosas, una precariedad, una sentimiento que se retrata con un verso elocuente, 'Pero sólo logramos rozarle la nariz a la poesía', quizás un melancólico leitmotiv, que unido a la feliz habilidad de Bustos de articular este sentimiento (que existe a raudales en nuestra sociedad) con gracia y sagacidad, da como resultado un conjunto de retazos, consistentes y profundos. Una crónica de un hombre particular y su tiempo particular y circunstancias particulares, y, por fortuna, un buen libro de poemas.

 

David Bustos

'Peces de colores'

LOM, Santiago, 2006, 79 págs.

Claudio Gaete Briones, Un hombre que sabe situarse

Uno de los síntomas de que la poesía joven chilena 'goza de buena salud', como se suele decir en estos días, es que las actuales generaciones de poetas están leyendo, y especialmente hacia atrás, a las generaciones chilenas previas, aquellas que han jalonado con su poesía nuestra mejor fisonomía literaria. He ahí un rasgo saludable, dialogar e interpelar a los poetas de décadas pasadas, pero siempre con algo que decir.

Ese es el caso de Claudio Gaete Briones (Valdivia, 1978) un poeta que, a sus 28 años ha arrasado con cuanto premio y beca literaria se le ha puesto por delante (botones de muestra: el Premio Iberoamericano de Poesía Neruda 100 años, y el Juegos Florales Gabriela Mistral), y cuyo libro 'El cementerio de los disidentes' ha sido recientemente publicado por Ediciones del Temple.

La edición de 150 páginas nos entrega un conjunto denso y macizo, donde Gaete da cuenta de que ha tomado el testigo en la posta que empezó a correr Juan Luis Martínez con 'La Poesía Chilena', e interpela a la Mistral, y a Neruda, entre otros, no con la voz timorata, sino volviendo a poner tablas en los puentes cortados que dejaron, entre otras tormentas, la dictadura de Pinochet.

Pero también Gaete, que nos hace saber que es un buen lector, bucea en otros ámbitos, se interna en mundos tan actuales como los chat de internet, hace digresiones, como el mismo dijera, esparciendo sentencias e imágenes sólidamente dichas, como 'el lenguaje, Alexander, es ausencia en estado puro', o 'las verdad es una mala hierba en el jardín de nuestros juegos', guiños a la literatura recorrida, reflexión hacia las palabras, los muertos del cementerio de los disidentes de Valparaíso, entre otras cosas.

Más que nada, la impresión que nos deja encontrarnos con este consumado volumen, es el habernos topado felizmente con uno de los poetas más sólidos de las nuevas generaciones, un poeta que puede ofrecer una poesía densa, poblada de imágenes construidas con cuidado, mediante palabras dispuestas de forma oportuna, sin un mayor propósito que el que bien señala Gaete en un poema, que bien puede pasar como su arte poética, '(...) y para sanarme escribo:// poemas pensamientos/ metáforas, parábolas/ -según lo que me pidan.// Son muchas las voces que hablan/ pero sólo una mano la que escribe'.

Un gran comienzo de un poeta que, seguramente, continuará con la siempre ensalzable (pero no siempre conseguida) labor de entregarle al lector buenos libros de poesía.

Claudio Bertoni, Jesús es una pílsener

Si se permite la licencia, en estas líneas quedará más o menos claro que el libro de Claudio Bertoni 'En qué quedamos' es solamente una excusa para hablar de una nueva y feliz estación en la esforzada labor editorial poética chilena. Y es que este último libro del poeta desgreñado de Concón es editado por un sello debutante, Ediciones Bordura. Ya antes se han comentado y ensalzado con no poco entusiasmo las apariciones de nuevas editoriales, generalmente hechas a pulso y con esfuerzo tesonero por los idealistas que se meten en esa camisa de once varas que significa editar poesía en un país como Chile. Muchos -pasa lo mismo con las revistas-, caen a poco andar. Y si bien, Ediciones Bordura corre el mismo riesgo (roguemos que no), bien vale destacar un par de cosas.

Este libro es un ejemplo de lo que muchas editoriales con más 'credenciales' debieran tomar en cuenta a la hora de editar libros. Lo primero, un diseño agradable y limpio. Se nota que hay preocupación por la apariencia del libro, tarea que no todos cumplen, y menos lo hacen a un nivel tan satisfactorio. Lo segundo, el cuidado de la edición, que va mucho más allá de entregar un texto sin faltas. Hay un índice, lo que se agradece, hay una tipografía y un tipo de papel acogedores a vista y tacto. En definitiva hay trabajo, y las ganas de entregar un producto de calidad.

Pero como todo no puede ser perfecto, hay también algunos deslices, por ejemplo, el poema 'Algo' dice: '(...) en la esquina de Huérfanos y Banderas (...)', cuando el nombre correcto de la calle es Bandera. O bien algunos queísmos que vagan por algunas páginas. Esto puede parecer un detalle fútil, pero dado el alto estándar de calidad del producto, bien vale señalarlo. Ahora, yendo al texto mismo, la poesía de Bertoni es, hoy por hoy, sandía calada. Hay garantía de sabor, de picardía, de ingenio, de humor, de potos, de tetas y penes erectos aterrizados en el contexto de todos los días de todos (o casi todos) los chilenos. El lenguaje de la tribu, si se quiere.

Claudio Bertoni es una de las más ilustres caras de la herencia antipoética parriana, en su vertiente cachonda ('guachaca' dirían por ahí) y genial, con versos como estos: 'Una/ Pílsener/ En el desierto/ Es un regalo/ De Dios// Jesús/ Estuvo en/ El desierto// Y/ Como/ Jesús es/ Un regalo/ De Dios// Jesús/ Es una/ Pílsener.

En resumen, bien por Ediciones Bordura, partieron bien, pero como dice el propio Bertoni en este libro 'Mozart tuvo la típica partida del caballo inglés// Y la llegada del burro'. Ojalá que Ediciones Bordura no corra la misma suerte. En cuanto a Claudio Bertoni, esa es otra cosa, pues 'fue caballo inglés toda la vida', al menos mientras ha escrito poesía.

 

 

 

Claudio Bertoni

'En qué quedamos'

Ediciones Bordura, Santiago, 2007, 60 págs.