El señor Traba, por Liliana Pauluan

El señor Traba vivía en Pueblo, allí donde las nubes tocan la tierra y los niños juegan a atravesarlas o a escon­derse en ellas.

Su nombre se lo pusieron en Pueblo. El día en que murieron su padre, su madre y hermanos, se quedó sin habla, y nunca más se le escu­chó decir palabra; la gente, al comienzo, lo miraba boquia­bierta. No es que antes hubiera hablado mucho, pero solía decir alguna cosa. Luego se acostumbraron a traducir sus gestos, que tampoco eran muchos; movía la cabeza de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, y la giraba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Parecía decir sí y parecía decir no; y el no, era más frecuen­te, luego del entierro de su familia.

Tenía muchos amigos y otros parientes que vivían en las islas todos se creían herederos cuando se enteraron de las muertes; al llegar a Pueblo encon­traron al señor Traba instala­do en el cementerio y sin bienes. Había perdido todas sus posesiones, las de su familia y las de ellos. Al señor Traba, padres, amigos, parientes y hermanos le habían dado poder para firmar, resolver trámites, pues era difícil comunicarse, ya que las distancias eran grandes y no siempre había embarca­ciones disponibles, y no siempre el tiempo era propi­cio. Entre tanto, el señor Traba firmaba y firmaba, y todo lo perdió. Entonces, cuando llegaron los amigos, los otros parientes ya había perdido todo. Formaron una larga fila ante él y se acercaron uno a uno a saludarlo y le preguntaron qué había pasado. La cabeza del señor Traba giraba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, como diciendo , . Los amigos y parientes pensaron que todo se debía a la muerte de su familia, pues eran muy unidos, y era el único que se había quedado allí; para los otros, Pueblo era como una estación. Cuando a alguien se le ocurrió pasarle papel y lápiz, el señor Traba sólo trazaba su firma.

Antes de regresar a las islas uno de los amigos, insis­tió, y le preguntó nueva­mente cómo había muerto su familia, qué pasó con todos los bienes, y por qué los perdió. Y la cabeza giraba, giraba y giraba de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Y el amigo gritó, lloró, suplicó. Creyó ver que al señor Traba le brotaba una lágrima, y sólo se encontró con el silencio.

Sobre flores y tumbas, por Liliana Pauluan

La familia de Salicaria vivía desde hacía siglos en Pueblo, aldea costera rodeada de lagos, ríos, bosques, y montañas azules. El rumor del mar solía llegar con el viento. Desde hacía siglos se sucedían de padres a hijos en el oficio de enterrador. Salicaria estaba viejo y era el último, quería hijos que continuaran con el oficio de sus antepasados. Había formado pareja con Anemonia, después de los cincuenta años, y no tenían descendencia. En Pueblo, el enterrador era respetado; se le buscaba para su oficio, y participaba en las ceremonias junto al cura y al médico; pero nadie, excepto el cura, el médico y Anemonia compartían con él la mesa. Había supersticiones que pasaban de padres a hijos. La relación que establecían con el enterrador y su familia era exclusivamente en torno a las ceremonias fúnebres. Era parte de la tradición en Pueblo, evitar a los que tenían tan estrecha relación con los muertos y con la muerte. Salicaria y su mujer vivían el aislamiento propio de su profesión. Anemonia creía que su esterilidad era consecuencia de su relación con Salicaria. A veces, en su intimidad, pensaba: " Entre los muertos y la muerte, es difícil concebir la vida".

Salicaria y Anemonia decidieron encargar un hijo al cura Patella y al doctor Monodonta. Ambos, también antiguos habitantes de Pueblo, recorrían hasta los rincones más apartados del territorio y podrían encontrar el hijo que ellos esperaban tener. El cura Patella, entre sus feligreses; el doctor Monodonta, entre sus enfermos. A pesar de que ambos también tenían que ver con muertos, eran considerados más humanos por los habitantes del lugar, que Salicaria y Anemonia.

Salicaria habilitó para el esperado bebé, una de las habitaciones iluminada por las montañas azules. Anemonia preparó en el telar de la familia, el hilado y el tejido para el ajuar del bebé que ya le parecía sentir en su vientre.

La familia Salicaria vivía en una granja, aledaña al cementerio. Cuidaban las tumbas, mantenían el ornato, abrían las fosas, enterraban a los muertos.

La vivienda era de una construcción extraña, difícil de describir; tenía torres redondas y cuadradas, minaretes y cúpulas abovedadas; se veían diferentes estilos, materiales, formas; tenía paredes de adobe, de madera, de vidrio soplado; fogones, chimeneas, pasillos amplios y angostos, subterráneos con escalas estrechas y húmedas. En ella se unían diferentes épocas. Hubo Salicaria canteros, escultores, talladores, torneros; todos llevaron el nombre del padre y todos fueron también enterradores.

El cura Patella y el doctor Monodonta los visitaban a menudo. Tenían la costumbre de visitar a vivos y muertos. Para las familias de Pueblo era un rito necesario que el cura y el doctor los visitaran. El cura, el doctor y el enterrador formaban un trío imprescindible. Estaban presentes en las ceremonias del comienzo de la vida y del término de la vida. Por ese motivo, ser el último Salicaria era una responsabilidad. En Pueblo no había otra familia de enterradores; la familia Salicaria se había encargado siempre de las flores y de las tumbas. Se sabía que Monodonta y Patella tenían hijos por la comarca. A Salicaria las mujeres le tenían miedo por su contacto con los muertos. No se sabía que fuera infiel. Estaba muy orgulloso de su oficio, decía amar la tierra. Más hablaba de la tierra que de mujeres:

- No es llegar y tomar una pala - comentaba en voz alta a quien quisiera escucharle. - Abrir la tierra es abrir el vientre de la madre para que recoja al hijo.

Esas palabras eran siempre seguidas del comentario de Anemonia:

- Salicaria, no se debe nombrar a la madre y menos a la madre tierra.

Una tarde el doctor Monodonta llegó más temprano que lo habitual, y antes de pasar a visitar a los muertos, pasó donde Salicaria, que ya había dejado sus instrumentos de trabajo y preparaba con Anemonia los vasos para el vichnick, costumbre en memoria de un rabino, otro de los escasos amigos que los Salicaria tuvieron. El vaso de vichnik era sagrado en la ceremonia del saludo cotidiano con el cura y el doctor. Anemonia y Salicaria miraron al doctor con expresión interrogativa.

- ¡Son padres! - exclamó el doctor Monodonta, e inmediatamente se aprestó a seguir el camino habitual hacia el cementerio, y dejar para más tarde los detalles. Salicaria lo tomó de los hombros lo detuvo con firmeza y le dijo:

- No, amigo, esta vez tiene que cambiar sus hábitos; ¡usted continúa su camino como si nada!

Anemonia apretó con las manos su vientre que en ese momento se tornó curiosamente abultado y se desmayó sobre una poltrona de terciopelo rojo.

Salicaria se dirigió a Monodonta, asustado por el vientre súbitamente hinchado de Anemonia y por el desmayo.

- ¡Vamos! - dijo el doctor, y alzaron entre los dos a Anemonia para llevarla al hospital. La botella de vichnik y los vasos quedaron sobre la mesa de roble de la sala, atravesada por rayos de sol que expandían un color rosado por las paredes blancas y sobre los reflejos azules de las montañas.

- El espíritu del vichnik y de la montaña nos cubre con su sombra - dijo Salicaria antes de cerrar la puerta.

- Sombra benéfica le dejó el rabino - respondió el doctor que lamentaba perderse la ceremonia cotidiana, y trataba de mantener a Anemonia a la misma altura que Salicaria, que era más alto y más fuerte que él, y de brazos largos y firmes -. Pero ¡cuidado! No me toque con su sombra - agregó con una sonrisa.

- De mi sombra huyen los pueblinos, y antes de la de mi padre..., pero curas, rabinos y doctores están fuera de peligro - comentó Salicaria , tratando de esquivar su preocupación por Anemonia.

- Sabe que lo sé - señalo Monodonta -. De lo contrario no podría visitar su casa y menos cargar a su mujer.

En el camino se cruzaron con el cura Patella que también los acompañó. Salicaria y el doctor callaron. E l cura respetó el silencio.

Iban seriamente preocupados por Anemonia; no continuaron la conversación. Salicaria tampoco insistió en preguntar sobre el hijo que Monodonta les había anunciado. Llegaron al hospital y llevaron a Anemonia a la sala de operaciones. La examinó el doctor. Movió la cabeza de un lado para otro y dijo:

- Todo normal.

- ¿Y? - preguntó Salicaria, apesadumbrado, señalando el abultado abdomen.

- Sólo aire - respondió el doctor.

Llevaron a Anemonia a una sala de mujeres, al lado de las cuales había cunas con bebes recién nacidos; algunas los amamantaban y se sentía ese sonido rítmico que llenó de emoción a Salicaria. Otros bebes lloraban. Salicaria se cuidó de que su sombra no los tocara. Sabía, por su vida aislada y solitaria de los prejuicios sobre enterradores y sus familias.

- Por si acaso - se dijo en voz baja, evitando que los reflejos de su sombra cayeran sobre alguien.

Salicaria, miró al doctor sin entender por qué estaban en la sala de puérperas.

- Ahora no hay tiempo para explicaciones - dijo Monodonta -. Después vendrán las palabras.

Anemonia continuaba inconsciente. El doctor, seguido del cura y de Salicaria, entró a otra sala semioscura, se acercó a una de las cunas y dijo:

- Salicaria, aquí tienes a tu hijo.

- ¡Ay, ay, ay! - respondió Salicaria, apretó sus grandes manos, hizo sonar sus dedos, sin saber que hacer. La angustia y las emociones lo tenían confundido.

- Recíbelo, hombre - le dijo Patella -. ¡ Llévalo donde tu mujer !

En el rostro curtido y arrugado de Salicaria se deslizaron grandes lágrimas. Estaba tieso y mudo. Tomó en sus brazos al niño y lo llevó, seguido por el doctor y el cura a la sala de las madres. Depositó con cuidado el niño al lado de Anemonia. Se quedaron en silencio y esperaron. Anemonia respiraba con cierta dificultad y gemía. Abrió los ojos y al ver al niño a su lado lo abrazó y lloró: una ola de ternura los cubrió a ambos. Salicaria sintió en su cuerpo grande, y cansado, un golpe de amor hacia Anemonia y hacia el niño.

- Talitrus - dijo Anemonia dirigiéndose al niño amorosamente.

- Talitrus Salicaria - afirmó Salicaria emocionado. Pensando en el nombre de él y en el nombre de su padre.

- Talitrus para que tenga algo propio - dijo Anemonia -, y Salicaria para que lleve el nombre del padre - agregó con una sonrisa.

El cura los bendijo. Anemonia, se toco la barriga ahora deshinchada y dijo:

- Me quedé dormida; no sentí nada.

Salicaria iba a decir algo, pero el cura y el doctor se lo impidieron. Monodonta vio que la hinchazón del vientre de Anemonia había desaparecido. El cura los bendijo nuevamente.

- Es igual a ti - señaló Anemonia, dirigiéndose ora a Salicaria, ora a Talitrus.

Salicaria, recién entonces, se dio cuenta que Anemonia creía que ella había parido. De los pechos de Anemonia brotaron gotas blancas.

- ¿Leche? - preguntó Salicaria sin convencerse.

El doctor se llevó a Salicaria aparte, en tanto el cura continuaba sus bendiciones sobre el niño y sobre la madre.

- Talitrus es hijo de ustedes - afirmó el doctor -. Ella cree que fue concebido en su vientre por los dos y su cuerpo estaba preparado para ello.

- Me extraña su comentario, doctor - señaló Salicaria -. Hay supersticiones y creencias. Yo soy víctima de ellas, mi familia lo ha sido. Pero usted, doctor Monodonta, me sale con estas tonterías.

- Usted se cuida de su sombra, respeta los temores de los pueblinos a lo invisible, y no cree en lo que ve - dijo Monodonta con cierta ironía.

- ¿Y la madre? - preguntó Salicaria.

- Anemonia es la madre y tú el padre - afirmó el doctor.

Salicaria no le sacó una palabra más.

- Así se dieron las cosas - dijo Monodonta -, y así hay que recibirlas y mejor no haga más preguntas, porque puede salir enredado. El cura Patella sabe también de quien es el crío. Y verás tú mismo a quien se parece cuando crezca, y quedarás mudo.

Salicaria no atendió mucho a lo que dijo el doctor y comentó:

- Pero este niño tiene historia, y habría que guardársela para cuando él pueda preguntar.

- La historia de este niño - respondió Monodonta - comienza hoy.

- Pero... - insistió Salicaria.

- Los peros te pueden llevar a alguna parte oscura - interrumpió el doctor Monodonta -. La madre me dijo:

" Entrégale este hijo a su padre". He cumplido con esa petición. Ella se fue y no regresará. No dejó señas. Dijo: "La madre de este niño, será la mujer del padre".

Salicaria miró al cura Patella, que se acercó con su sotana negra y polvorienta por la tierra de los caminos; el cura le dio una palmada en la ancha espalda, empinándose para llegar a su altura, le dijo al oído:

- Hay pecadores que tienen recompensa.

Salicaria se sintió muy inquieto. El cura Patella le hizo un guiño de complicidad. Salicaria, dirigiéndose al doctor Monodonta y al cura Patella, dijo:

- La historia de Talitrus Salicaria comenzará hoy sobre flores y tumbas.

Mishkin o la ingenua Delia, por Liliana Pauluan

A veces se hacía llamar Mishkin, cuando parecía identi­ficarse con algún personaje de Dostoievsky; otras veces se hacía llamar Hölderlin, otras Rilke, según el perso­naje que escogía para la ocasión, lo que lo con­vertía en algo así como un actor versátil, adornado de fra­ses que tal vez una persona culta podría recono­cer. Y con ese equipaje solía, de vez en cuando, viajar a algunos lugares aislados y lejanos, donde pudiera desplegar su repertorio sin llamar mucho la atención.

Era larguirucho, páli­do, febril la mirada, sonrisa un poco forzada, tímido; los nudillos de las manos eran rojizos y los pies tenían una tonalidad similar. Evita­ba usar traje de baño aún en la playa; sin embargo, no admi­tía tener complejos. Una de sus carac­terísticas era la deshones­tidad frente a los demás; en eso, por lo menos, era transpa­rente. Tenía una barba algo escasa, que pocas veces afeitaba; no era lo que se dice un hombre de pelo en pecho; era más bien lampiño, torturada la expresión; tenía labios delgados, boca algo amplia, nariz ligera­mente aguileña, el cuerpo como de un adoles­cente avejentado.

En uno de esos viajes llegó a Pueblo.

Delia miraba un coihue quebrado en el camino: de lejos parecía expresar la fatiga de un anciano gigante; detrás del coihue asomó una cabeza despeinada, y ya delante de él apareció un hombre larguirucho que la saludó tímidamente con sonrisa algo forzada.

Como presen­tándose, Mishkin dijo:

- "¿Dónde está la pensión A y B ?

- ¿Ave? - dijo Delia.

Mishkin hizo un gesto afirmativo, y ella señaló un cerro. El comenzó a caminar en esa dirección. Se volvió a mirar a Delia, antes de continuar su camino, y dijo:

- El hombre habita poéticamente esta tie­rra.

A Delia le quedaron reso­nando esas palabras. Un día se encontró con él, frente a frente. Pareció reco­no­cerla, y le dijo:

- La invito a caminar.

Delia asin­tió, y entraron en la plaza de Pueblo. Mishkin mantuvo por un momento su sonrisa forzada, y caminaron debajo de los únicos árboles de hojas no perennes del lugar, traídos por algún repre­sentante del gobierno, en alguna de las escasas visitas que hacían cada cinco años. Eran los únicos árboles que sufrían el otoño. Mishkin señaló las hojas que caían, y dijo con voz aflautada:

- Die Blättern fa­llen, fallen wie von weit! - y agre­gó, mirando a los ojos de Delia-: pareces una princesa de corona dora­da.

Delia se sintió, primero, incómoda; luego encanta­da; tocó un par de hojas secas que con el viento habían caído sobre ella, y no se atrevió a retirarlas. Sintió entonces una sensación de frío y soledad que no com­pren­dió en ese momento. Caminaron por la plaza, y él contó un trozo de historia de su

vida torturada y triste. Delia habla­ba poco y escuchaba. El le tomó la mano y le dijo suavemen­te:

- Princesa.

Dieron varias vueltas por la plaza; se despi­dieron con un beso suave, como una hoja de otoño que rozara apenas la tierra. Acordaron encontrarse en el mismo lugar, al día siguiente; él traería un libro de poemas.

- Te ofrezco -le dijo a Delia- caminatas, lecturas, paisajes; no tengo plata, pero esto es mi tesoro, y quiero compartirlo contigo.

Le habló de la soledad, del silencio, del valor de la amistad, y especialmente de su compañía. Delia se sentía única. Hacía sólo un par de horas que se habían encontrado y ya parecía que ambos iniciaban un camino juntos por toda la vida, él y su princesa. En cada encuentro, un poema, una historia de su vida, una frase, que quedaban resonando en los oídos de Delia.

-- Cada día salgo para una búsqueda nueva --dijo Mishkin-. Ya exploré las sendas de esta tierra. Mi alma in­quieta vaga por montes y valles implorando un descan­so.

Delia no salía de cierta atmósfera de misterio y encantamiento; sin embargo, la sensación de soledad y frío continuaba. El discurso de Mishkin era interesan­te, original; pero, al pasar los días, Delia se quedaba con la sensación de algo no genuino, sin saber bien cómo definirlo. A pesar de ir de la mano, y de caminar por la plaza, por el bosque; a pesar

de excursiones a los cerros, de paseos en bote por el río: Delia empezó a observarlo a cierta distancia, porque sentía que no había la intimidad que pudo haber; y esto sonaba como una música extra­ña, como si el encantamien­to fuera de un cristal muy fino que se trizara.

Lo observó cómo escuchaba música: la oía con cara de concentración, siempre igual; los mismos múscu­los contraídos; los mismos gestos con los ojos; las manos rigurosamente en el mismo orden, la misma secuen­cia. Lo observó al detener­se a mirar un paisaje; lo escuchó decir más de una vez las mismas frases; decir, por ejemplo, al mirar los no­meol­vides en el campo: el amable azul florece. Frases que al comienzo encantaban a Delia.

Continuaron las camina­tas. Mishkin siguió contan­do historias de su vida, tragedias sentimentales, ocasio­nalmente humo­rísticas, temas sociales, periodís­ticos. Parecía haber vivido experiencias particu­lares que lo hacían interesante, misterio­so, especial, atrac­tivo.

Pero Delia empezó a sentir como conocidas algunas historias; y no porque él se las repitiera, empezó a sentir fami­liares algunas frases. Y un día cualquiera descubrió el misterio de esa sensación, al releer a Andreiev, en los cuentos trágicos, en los cuentos sentimentales, en los cuentos humorísticos; hasta en los folletines reconoció las expresiones, los persona­jes, las descripcio­nes detalladas de ellos, los temas sociales, periodísticos, de Mishkin.

Comprendió de pronto la sensación de soledad, de frío, de cristal roto en el encuentro cotidiano con persona­jes aprendi­dos de memoria, trozos calcados, cada deta­lle incluido en ellos. Delia guardó para ella su decepción y desilusión; él le había hecho creer que era un príncipe, el príncipe Mishkin.

Días después él dijo que se iba, y partió por el mismo camino que había llegado. En el potrero, detrás del coihue quebrado, una avioneta rojo-verde lo espe­ra­ba;

-- Te escribiré -y agregó antes de irse-: debe partir a tiempo aquel por quien habla el espíritu.

Delia sintió un dolorcillo burlón. "¡El príncipe mez­qui­no!", pensó, y la última ilusión se deshizo.

Tiempo después llegó la primera carta: "Querido corazón, ha llegado la noche; una gran luna llena, casi más fuerte que mi lámpara de luz verde, se abre paso a través de la ventana abierta del estudio. Antes podía pasarme las noches escri­bien­do; ahora la fatiga cae sobre mí sin que pueda ponerme a pensar".

Delia ya había conocido a Joseph, y se la mostró.

Joseph sin vacilar dijo:

--¡De Cartas a Benvenuta de Rilke!

En los oídos de Delia golpearon frases, eco que resonó por un tiempo en Pueblo.

Doña Eufrasia, por Liliana Pauluan

La llamaban doña Eufrasia porque durante su juven­tud realizó viajes por Europa, Africa y Asia. Los contaba con entusiasmo, una y otra vez, a quien quería escuchar­la. Hasta que se le agotó la memoria, y le quedaron sólo palabras sueltas, nombres, el recuerdo de alguna enfermedad, algún dolor. Las repetía en desorden las mezclaba como un tejido absurdo que incluyera elemen­tos tan diversos como clavos, alambres de púa, telas, latas, hilos, lanas cardadas y sin cardar. Cual­quier situación en la que ella se encontrara se transformaba, como por arte de magia, en un sueño.

Doña Eufrasia tenía la boca fina; los labios eran tan desmesuradamen­te largos que cuando cerraba la boca se le forma­ban pliegues como fuelles de acordeón que se entrea­brían; desde ellos salían sonidos que doña Eufrasia parecía contener. Eran palabras que se le esca­paban como burbujas.

Como era la madre de uno de los concejales de Pueblo, estaba en las listas de los invitados oficia­les para ceremo­nias, fiestas, misas solemnes, inaugu­raciones. Y a pesar de ser un personaje tan extraño, era claro que estaba asimilada a la vida de Pueblo y formaba parte de sus personajes.

Sólo de cuando en cuando algún extraño al lugar se sentía expoliado de la monotonía pueblina, al aparecer doña Eufrasia. Donde ella se situara desgajaba una interminable letanía,

mezcla de visiones de sus viajes; palabras que tenían cierta musicalidad. A veces, los niños que estaban cerca las repe-tían como se repiten las letanías; o jugaban a la ronda con ellas, pero como algo natural y cotidiano. Al afueri­no no dejaba de darle la sensación de entrar en un mundo irreal, como si una escena se desarrollara dentro de otra escena sobrepuesta sin que tuvieran relación alguna entre sí.

Cierta vez - eran las 12 horas - llegó la comi­tiva presidencial. Ningún representante del gobierno había visi-tado Pueblo antes, razón por la cual se esmera­ron en prepara­tivos, programas y atenciones. Como en la comitiva presiden­cial venía un asesor cultu­ral, que era pintor, la programación incluía una expo­sición pictórica de los artistas del lugar.

Doña Eufrasia estaba invitada, como para todas las inau-guraciones, y llegó sin llamar la atención de los habitan­tes de Pueblo que llenaron, junto con la comi­tiva, la sala de exposiciones, de tal manera que no se podían ver los cuadros. El asesor cultu­ral se acercó a doña Eufra­sia. Al parecer le interesaron el moño blanco y el sombrero negro con pluma de aves­truz. El murmullo que descolga­ba de su boca llamó su atención. Ella no miraba: estaba allí como concentrada en sí misma musitando palabras:

- Safari, zafiro, hueso, dolor, marfil, herido, rojo, sol.

Fuera, un grupo de niños jugaba a la ronda cerca de la

sala, y cantaba:

- Safari, zafiro, hueso, dolor, marfil, herida rojo, sol.

El asesor cultural escuchaba y miraba ora a doña Eufra­sia, ora a la ronda de niños. Los habitantes de Pueblo lo empezaron a ro­dear. El asesor cultural había roto algo así como el equilibrio ecológico del lugar. Al mismo tiempo se seguían escuchando las palabras de doña Eufrasia:

- Negro, leche, mar, uña trizada, cedro, palomar

Los niños repetían las palabras negro, leche, mar, uña trizada, cedro, palomar.

El asesor cultural pareció olvidar el proto­colo que requería la ocasión, y tomó nota de las pala­bras sin darse cuenta de que lo observaban. Y de doña Eufra­sia restallaban los pliegues, y se escuchaba:

- Túnica, fez, corona, reina, Gilbral­tar, toros, Ufici, Canarias, samovar.

La solemnidad se quebró cuando el asesor cultural y sus notas fueron empujados por los habitan­tes hacia el río.

Doña Eufrasia continuaba desgajando palabras:

- Olivo, luz, mezquita, luna, Greco, Veláz­quez Klee, aceitunas.

El asesor cultural no volvió a molestarla.